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Jueves, 05 de Mayo de 2011 - 00:00:00 | 5031 | |

Imágenes del Camagüey en Nicolás Guillén

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La ciudad de Camagüey constituye un motivo recurrente en la vida de Nicolás Guillén. Siempre sentía nostalgia cuando viajaba a su ciudad natal, cuenta Joaquín G. Santana, quien lo acompañaría desde principios del triunfo de la Revolución como asistente del elegido presidente de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba.
Bellos y punzantes textos dedicó como la desgarradora y singular crónica Camagüey, la ciudad enferma , relato construido a la usanza clásica, pues obedece el orden cronológico de los hechos.

El viaje a la ciudad motivó las sobrias reflexiones en torno al régimen capitalista y sus consecuencias mundiales, a partir de un ejemplo provinciano. La miseria, el desempleo, los mendigos… son comunes en cualquier lugar. No solo en las grandes potencias los obreros demandan “pan y trabajo”.

No expresa abiertamente una posición política -faltarán unos años para su ingreso al Partido Comunista en 1937-, mas debe recordarse su encuentro con literatura comunista a los 15 años. El mulato Varona, en su Camagüey, le habló muy bien de Lenin y le prestó el pequeño libro titulado Manifiesto comunista, de Marx y Engels .

La deplorable situación económico-social ha causado la pérdida del sentido original de los actores sociales. La gente gasta más palabras que bebidas y “los dependientes bromean, pero no despachan”. Son algunos síntomas de la enajenación. El inevitable desarrollo solo ha generado retroceso y estancamiento. El hambre se convierte en una constante de la crónica. Las personas figuran como personajes secundarios de un drama que fija como protagonistas: el tedio, el pasado y el polvo. De esa manera resume el sentido del texto en una de las expresiones que motivarán el título, pues “Camagüey es una ciudad enferma”.

En esa crónica de viaje de “forastero en mi propio pueblo” hace un “redescubrimiento de Camagüey”. Como si le arrancaran la voz, la propia narración va dejando una impresión de vacío y desilusión en el lector por la miseria de una ciudad de “ladrillos centenarios” avergonzada por su pasado, tan cercano y próspero.

La descripción devuelve cada ambiente con un color ocre. Provoca un sobresalto, inquietud, dolor, rechazo. Nicolás ilustra y convence con el empleo de un vocabulario abundante y preciso que permite asistir a aquel espectáculo desagradable y triste.

Aparecen otros ejemplos significativos, aunque debe aclararse que todo el material es un gran tropo: “el tren… defraudado por un paisaje ilusorio”, “bohíos rodeados de fango por todas partes, como mentirosas islas de guano”, esos bohíos del patrón indígena sobre los cuales se erigió la arquitectura cubana.

Aun cuando anda “pellizcando emociones” solo consigue demostrar la lejanía y el desconocimiento que le inspira su “propio pueblo”. Ha cambiado sus hábitos: antes caminaba y ahora depende de los carros para transportarse. Contrasta los atractivos de la agitada vida en la capital con la inactividad pueblerina donde solo encuentra espacio el aburrimiento. Sólo se aferra a sus recuerdos juveniles de tertulias literarias o prefiere soñar el sueño de la ciudad próspera, antaño... de un pasado que se “atropella en la memoria”, pues serán las mismas casas y calles, pero “no son los mismos tiempos”.

Identifica a Camagüey, o mejor dicho a “la vieja ciudad” por la arquitectura secular de las iglesias, las casas, las calles y sitios de obligada mención porque definen el perfil y los estratos sociales como el Ayuntamiento, la Casa del Pueblo, el café El Chorrito, la Plaza de las Mercedes y la acera de Correos. Pero esos escenarios quedan en simples menciones.

La verdadera caracterización de la ciudad radica en el énfasis acerca del “polvo” y el “fango”. Repite ambos términos con insistencia hasta transmitir la misma sensación de asfixia que le invade. Logra mantener el tono con una adaptación expresiva admirable. El polvo “representa una verdadera institución” capaz de crear “una alfombra frágil” que al ser aplastada por los pies, provoca un “ruido quebradizo” y reseca los labios.

Pero la ciudad nunca lucirá sana. Si en la sequía el polvo domina, con las lluvias se hunde en un fango que cubre “las extensas caries urbanas bajo una costra verde, espesa y arrugada, muy parecida a la piel horrible del leproso”. El lodo es capaz de apresar los fotingos y reina en las calles humildes de la “periferia”. En un mismo tiempo hay polvo y fango. Nadie escapa del estado agonizante.

Aparecen imágenes paradójicas: “Hombres blancos que están amarillos por las necesidades. Hombres negros, que casi están blancos de la privazón”. En ningún momento utiliza la palabra “hambre”, aunque se vale de otras maneras finísimas para describirla con su ironía: “¡Apetito! Debe haber mucho apetito en Camagüey.”

Enfatiza en el drástico cambio de la “ciudad rica” cuya holgura ganadera hacía correr el dinero “a manos llenas”, y el pueblo donde ahora hay “pobreza”, suciedad y escéptico habla al “soñar con un destino que no viene, que no vendrá nunca” si de los machadistas depende.

Desoladora imagen del árido Camagüey sin dote. Aunque Nicolás pertenece a la generación vanguardista que propone la renovación del verso, prefiere cincelar su estado anímico “al modo cursi” de Juan Clemente Zenea: “¡Yo estoy triste y tú estás muerta!”

Otra crónica, Camagüey , difiere de la anterior porque trata otra arista, la arquitectura y la espiritualidad de la verdadera ciudad. Humaniza el tema de la ciudad al situarla al nivel de una doncella. Es una comparación picaresca de “buen cubano” que habla de “caras”, “andurriales”, “vacunao”, “sanjuaneros”, de baños “en el aguacero”. Reconoce los términos del voseo popular sin caer en chabacanerías ni improperios.

El viaje a su ciudad natal vuelve a ser motivo de inspiración. Cada estancia le arranca reflexiones, le obliga a volver sobre un escenario distante y cercano en sí mismo. La anécdota de figurar como “cicerone”, sugiere el impacto del turismo en Cuba en la etapa neocolonial, fenómeno muy actual en la época.

Si en Pregones  se escuda en los vendedores y en Camagüey, la ciudad enferma (1932) la miseria pueblerina alcanza un dramatismo conmovedor, esta crónica de 1941 nace de alguien que ha madurado y valora el patrimonio intangible, propio de la idiosincrasia de un grupo humano. Las tres devienen crónicas negras de la miseria provinciana. Ahora no omite cuestiones objetivas como la situación económico-social aunque el tratamiento dista de la intensidad del ´32, ataca con sutileza a través de un lenguaje rico en signos, coloquial y cercano: “¡Qué queréis!”, “¡Bah!”

Guillén emplea con frecuencia la paradoja: “Camagüey empieza por donde acaba”. Llega a ser muy irónico, por ejemplo, al referirse a la manía del gobierno de dar a los turistas lo que “los ha aburrido”, en vez de “rumba”. Aunque la crítica lleve talle nacional, prefiere quedarse en provincia y argüir contra los “camagüeyanos modernistas”.

Describe con adjetivos que ni sobran ni faltan y donde se encuentran imágenes magníficas: “como un búho la silueta del convento, negro de tiempo, de lluvia y de polvo”.

Sin falsas expectativas descubre al “Camagüey verdadero”. Justifica su “perfil y sello” en los parajes extraviados de las “calles retorcidas, plazas abandonadas, quicios eminentes, aleros y guardapolvos seculares, gentes de pueblo”. Para él no es un misterio esa parte de la ciudad que nada envidia a la nueva “¡tan poco moderna!”, de mansiones y casas residenciales que precisa de “una tradición”, “una historia” y “otro nombre”.

El hecho de nombrar a la ciudad nueva y a la vieja ya es de por sí una comparación aguda. De nuevo siente nostalgia por el tiempo pasado con junio de carnavales “más ingenuos” que permitían “la diversión”. Esa alegría la apagan el polvo, el fango y el olvido. Ahora un hombre, que simboliza al pueblo, va de la mano con un niño “en silencio, como un condenado a muerte”, mas explica que en las casas de esas plazas abandonadas todavía la vida fluye con actividades rutinarias como “hacer la comida” o con el humilde trabajo de ganarse el pan “cosiendo o planchando”.

A Guillén le complace hablar de la calle de los Pobres, un nombre que “bien le cuadra”. Después de una exposición minuciosa de los rasgos del Camagüey que admira, con intencionado ardid conduce hacia la gente que defiende. En esa intimidad de “arquitectura caprichosa” por sus “dramáticos vericuetos brota el dolor de un pueblo en la miseria, hostigado por la injusticia, madre de la rebeldía”. Atrás quedaron los trovadores y el “romance de pueblo viejo”.

La aparente ligereza de los párrafos simula la densidad de un fenómeno de marcado interés social. Guillén se muestra vigilante de espacios y defensor de tradiciones ante la previsible pérdida de identidad nacional y arraigo a la “patria chica”. Así lo manifiesta en el final del texto. El Camagüey a secas del título se yergue monumental en un remate punzante:

“Si derribáis esos viejos muros, si aplastáis definitivamente esas viejas casas, podréis construir una nueva urbe, más limpia, más moderna, más civilizada, como esa que habéis hecho ya en la Vigía. Pero ponedle otro nombre, inventadle una historia, fabricadle —si podéis tanto— una tradición, porque de seguro habréis matado al verdadero Camagüey.”

Entre los textos relacionados con su ciudad natal figura como uno de los más reconocidos la crónica Mis queridas calles camagüeyanas .

Sintetiza una serie de impresiones acumuladas en Guillén, a partir de los viajes realizados a su ciudad natal. Recuerdos de las etapas infantiles y juveniles del autor se agolpan en un amasijo de imágenes. Con el pretexto de sus “andanzas” reconstruye su vida provinciana.

Escoge las calles como escenarios para caracterizar aquellos años a través de la exhaustiva descripción de su tránsito peatonal. Sugiere algunos rasgos de la división de clases, al hablar de la sociedad “Victoria” y la “Maceo”, “de gentes de color”; los espacios reservados para la política, la cultura, el comercio…y hasta para los bebedores con la “célebre `cantina´”.

El homenaje de Nicolás no es “al tesoro clásico de la arquitectura colonial”, sino “a aquellos parajes” que tuvieron que ver con su “infancia y primera juventud”. En el primer caso se limita a dar referencias en poco más de tres líneas. A las segundas reserva el cálido abrazo por revivir su pasado “cada vez que visito a mi pueblo, y lo recorro amorosamente”.

Cada lugar reserva un recuerdo: el ambiente alrededor de dos de sus hogares; la imprenta del padre y su posterior trabajo periodístico; los juegos infantiles; el amor por Beatriz. Este último caso reviste especial significación por la original manera en que describe la auténtica belleza de la joven, muy diferente a la diva de Dante. Su chica era una jabada, muy cubana y acorde a las aspiraciones de su raza de mulato.

Recurre a una narración psicológica para unir con su paso de caminante los fragmentos de historias que emanan de una fachada, una construcción, una calle… Es una crónica original por la manera de enfocar el tema. Emplea un lenguaje sencillo y claro aunque sobresalen los párrafos extensos. Ese texto comunicativo enlaza sentimientos y conocimientos. Nace de un cronista avezado que domina el estilo periodístico.
A ojos vista, son afectos guardados con recelo. Aunque fue un niño aventajado con inclinación hacia la lírica —se destaca como “orador” y unos versos suyos son musicalizados e interpretados por un artista extranjero—, y se define como intelectual — el trabajo periodístico—, todo parece indicar que no llegó a “ser profeta en su tierra”, cuestión que ha manifestado en otras ocasiones.

Mis queridas  calles camagüeyanas trasluce ese propósito instructivo de conducir al lector a sus raíces. Por esas razones relaciona a dos estratos sociales con la analogía de los señores —que habitaron las casas— y los esclavos “que las construyeron”. De esa forma también evoca su canto de los dos abuelos, el blanco y el negro. En la búsqueda de esos ancestros se encuentran esencias de la cubanidad.

Precisamente a múltiples personas se encargaría de perpetuar como a su abuelo Francisco Guillén, a quien dedica el poema Guitarra  o en el caso de espacios como su casa, no con la intención de enfatizar en el lugar habitable sino en la incidencia de su hogar en la formación ética, como sugiere en el poema Ácana: “Ay, ácana con ácana,/ con ácana;/ ay, ácana con ácana./ El horcón de mi casa.”

Sin embargo de las pruebas fehacientes de su agudeza y amor hay coincidencia entre la crónica Camagüey, la ciudad enferma y una de sus composiciones poéticas más populares de las dedicadas a su tierra natal, la Elegía camagüeyana , donde una avalancha de recuerdos lo estremecen. A esta pertenecen los famosos versos que identifican la región: “¡Oh Camagüey, oh suave/ comarca de pastores y sombreros”.

Inicialmente se llamó A Camagüey. En 1960 se escuchó por vez primera en su provincia aquel poema iniciado en La Habana a fines de 1952, y terminado en París en 1958, año en que apareció publicado en La paloma de vuelo popular.

La elegía funciona como un testimonio lírico de las estampas de su infancia y juventud inolvidables. Sus referencias a personajes, ambientes y contextos sirvieron como punto de partida para la reconstrucción de espacios inexistentes en la actualidad. No los dejó morir:

Gente de urgencia diaria,
voces, gargantas, uñas
de la calle, límpidas almas cotidianas,
héroes no, fondo de historia,
sabed que os hablo y sueño,
sabed que os busco en medio de la noche,
en medio de la noche,
sabed que os busco en medio de la noche,
la noche, este silencio,
en medio de la noche y la esperanza .
Luego en el libro Sol de domingo. Poemas por avulsión (1982) se conocerían otros versos transidos por la nostalgia, A Camagüey suelo ir :
A Camagüey suelo ir
por revivir
mis claros días de infancia.
Aspiro allá en su fragancia
Rosas que no volverán.
¡Oh nubes en la distancia
del porvenir,
que es ya morir,
mientras que naciendo están
los que mi sitio tendrán!

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