Jueves, 23 de Enero de 2020
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Martes, 03 de Febrero de 2009 - 16:02:32 | 13760 | |

Mi Martí de carne y hueso

En este artículo: Hijos Ilustres, José Martí, Guerra del 95, Moncada, Apóstol, Partido Revolucionario Cubano, destierro, América



Por José Raúl Gallego Ramos, estudiante de Periodismo.

José Martí. (Foto: Archivo).Decir José Martí para los cubanos, es nombrar un símbolo. El Apóstol de la independencia de Cuba, el artífice de la Guerra del 95, el autor intelectual del Moncada, el pensamiento más lúcido de su tiempo. Sin embargo, ese Martí es sólo una pequeña fracción de un todo indisoluble.

La grandeza de algunos hombres a veces es mal interpretada por otros, y con frecuencia se comete el ingenuo error de anquilosarlos, subirlos en un pedestal inalcanzable y convertirlos en mito, muy por encima de las personas.

Descubrir a Martí ha sido una de las experiencias más sorprendentes de mi vida. Durante años recité los Versos Sencillos, aprendí de memoria su cronología, sus aforismos -muy útiles para argumentar en las primeras clases de Historia o adornar las composiciones de Español-, sin embargo, no conocía a Martí. Sabía que había nacido en La Habana, que escribió mucho, que fundó el Partido Revolucionario Cubano, que luchó por la libertad del país, y algo más. Ese era el Martí de mi infancia, algo bien parecido a una estatua o a un dibujo en la pared de mi primera escuela. Entre tantas fechas, fragmentos de obras y bustos, había olvidado al hombre.

Martí era sólo eso, nada más. Sin saberlo, me estaba perdiendo lo mejor del más grande de los cubanos. Pero el tiempo fue poniendo en mi camino a personas que poco a poco me hicieron abrir los ojos. Y así, con las horas de lectura, el mármol frío que imaginaba en mi mente, fue tomando cuerpo cuando lo supe con diecisiete años en un presidio, con la cabeza rapada y una herida sangrante provocada por el grillete; cuando lo descubrí valiente, “guapo”, dándole el frente a los que lo tildaban de cobarde, con su corbata negra guardando luto por Cuba y su anillo de hierro con el nombre de su patria grabado; o caminando con la ropa gastada y el pelo largo, por las calles de los Estados Unidos, pensando qué daría de comer a su hijo, pero sin atreverse a tocar un centavo del dinero recogido para la causa revolucionaria.

Aquel hombre era algo nuevo, distinto, desconocido. Era un humano, como yo. Un estudiante lleno de ideas y amores, desandando las calles de Aragón, en España, donde “rompió su corola la poca flor de su vida”, lejos de su familia, de su madre querida y sin esperanzas de volver a ver sus palmas. Desterrado en tierra extranjera, pero con Cuba en el corazón. Vivió entre el desprecio de algunos y la incomprensión de otros que no aceptaban la dirección de aquel hombre fino de ciudad que nunca había cogido un machete en sus manos.

Con el hijo en brazos, escribió cartas a los generales de las contiendas anteriores y colaboró con varios diarios del continente para poder mantener a su familia. Y en las noches, esperaba a sus versos, eternos compañeros que lo seguían como fantasmas y lo obligaban a dejar el alma sobre el papel, a sufrir sus angustias, sus desamores, sus deseos oprimidos, a sentar sin saberlo, las bases de uno de los más grandes movimientos literarios de América: el Modernismo.

Ese el Martí que admiro. El que se equivocó con el arte de los pintores impresionistas, pero supo rectificar a tiempo. El que rebasó el deslumbramiento inicial por una sociedad que aparecía a los ojos del mundo como modelo de libertades, y miró más allá para descubrir sus odios y contradicciones. El que admiró a Lincoln y bajó la cabeza en honor a Marx. El de modales finos en los salones de baile, que gustaba del buen vino, pero que supo, cuando hizo falta, llevar el remo bajo el temporal y darle el pecho a los balas igual que el resto de sus compañeros. El hombre galante con las mujeres, que confesó en el poema Hierro que una vez los dientes le dolieron a causa de las “copas de carne”. El padre que supo sintetizar en los tremendos versos del Ismaelillo, las más tiernas imágenes de cariño. El que trastocó su pluma delicada en puñal vengador para vindicar a Cuba de las ofensas proferidas por el diario norteamericano The Manufacturer. Ese hombre de carne y hueso, que elaboró un proyecto ético a prueba del tiempo, basado en la dignidad, en el respeto al individuo, en el amor. Un programa que no caduca porque los ideales de justicia son imperecederos.

Y Martí se fue convirtiendo en mi Maestro. Me enseñó a pensar por mí mismo, me mostró la necesidad de luchar por lo que se cree, sin importar el precio que haya que pagar, me enseñó de política, de economía, de filosofía, de artes... Y también de la vida. De sus versos aprendí que “de mujer, puede ser que mueras de su mordida, pero no empeñes tu vida hablando mal de mujer” y que los hombres no se miden por las veces que se caen, sino por las que se levantan. Y aquel Martí, lejano en otros días, se volvió un ejemplo, una meta, un modelo a imitar.

Y es que la grandeza de algunos hombres radica en que fueron capaces de exigirse más a sí mismos, de sacrificarse y crecerse donde otros retrocedían. Nadie intenta imitar imposibles, pero los héroes están allí -como el Sol, con manchas y luces- a un lado del camino, diciéndonos que se puede, que llevamos dentro lo imprescindible. Y que por encima de doctrinas, de aislamientos, de fronteras ideológicas y materiales, está la voluntad humana, el amor que engendra la maravilla.

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