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Lunes, 04 de Junio de 2012 - 04:00:00 | 1044 | |

Che en la memoria (V)

En este artículo: El Che, Esteban Delfín Leyva Torres, Ernesto Guevara, Sierra Maestra, Cuba



Por Jorge Luis Betancourt Herrera / Fotos del archivo del autor

“Entre los ejercicios militares estaba el de enmascaramiento y emboscada. El Che se ocultaba en el monte, detrás de un árbol y grandes piedras, en un sitio que nadie podía imaginarse. A ese lugar le llamaba su «trinchera», y decía muy seguro: «¡Ahí no hay quien me atrape!», rememora el camagüeyano Esteban Delfín Leyva Torres, quien estuvo como recluta a las órdenes del comandante Ernesto Guevara, en la Sierra Maestra, macizo montañoso del oriente de Cuba.


“Se posesionaba allí con el M-1 y siempre capturaba desprevenidos a los reclutas a los que había orientado buscarle y encontrarle.”

Pero Esteban, de niño acostumbrado a jugar a los escondidos en el monte, decidió demostrarle lo contrario, y le dijo «¡Argentino, te voy a meter una bomba!» «Ya veremos», le contestó el jefe guerrillero.

Una de esas tardes, el joven recorrió el área de prácticas y la revisó bien, hasta encontrar el escondrijo. El sitio era muy seguro, resguardado detrás por un barranco, muy difícil de atravesar para llegar por la retaguardia. Había que dar un salto grande para llegar allí.

“El día que el Che ordenó realizar un ejercicio similar y marchó a emboscarse, me escabullí hasta el barranco sin que mis compañeros se dieran cuenta. Como la vez anterior en que lo atravesé, me agarré de un bejuco grueso que aguantó de nuevo mi poco peso -estaba muy flaco-, porque si se hubiera roto me hubiese matado o sufrido la fractura de un hueso, y brinqué al otro lado.

“Me arrastré silenciosamente hasta llegar por la parte de atrás a donde estaba el Che, seguro de que era difícil sorprenderlo, y le dije: «!Vaya, lo pillé! ¿Sí o no?» Asintió y pidió que me quedara junto a él. Estuvimos riéndonos y pasé bien esa tarde. Le manifesté, como en otras ocasiones, que no me gustaban ni las granadas ni las explosiones.

“Pero se mantuvo inflexible. Yo era el «granadero» de la tropa.”

Como habrá podido observarse, entre ambos se fue estableciendo cierto vínculo afectivo. El Che, que iba apreciando sus virtudes, su disposición a cumplir cualquier misión, iba «limando» su rebeldía y autosuficiencia de “guajiro revencú y sabichoso”, le dejaba pasar sus malacrianzas de niño grande, para irlo formando como futuro combatiente.

Y Esteban, tratando de no dejarse “domar”, sin darse cuenta iba asimilando esto poco a poco.  (Continuará)

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