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Viernes, 14 de Diciembre de 2012 - 06:00:00 | 4226 | |

De Camagüey, Ana Betancourt y la emancipación de la mujer

En este artículo: Carlos Manuel de Céspedes, La Demajagua, Las Clavellinas, Ana Betancourt Agramonte



Por Lucilo Tejera Díaz/ AIN.

En la noche del 3 de noviembre de 1868 un grupo de 74 patriotas camagüeyanos se aprestaban a incorporarse al día siguiente a la guerra por la independencia de Cuba, iniciada casi un mes antes por Carlos Manuel de Céspedes en el ingenio La Demajagua, en el oriente del país.

Los complotados fueron citados para Las Clavellinas, al norte de la ciudad de Puerto Príncipe y por tal razón, aquella noche fue de despedida en muchas casas de la villa.En una de ellas, el joven matrimonio se fundió en apasionadas palabras. Ella, Ana Betancourt Agramonte, y él, Ignacio Mora de la Pera.

Años después Ana relataría aquella despedida:

Llegó ya el momento de lanzarnos a la lucha; mañana nos pronunciamos 74 que estamos juramentados y vengo a despedirme de ti, le dijo Ignacio y agregó: Los acontecimientos que van a desenvolverse, pueden sernos fatales. Lo que tengo en perspectiva es, o una bala en el campo, o el patíbulo en la ciudad.

Ana le respondió:

Y muerto tú, ¿qué haría yo sola en el mundo? Enséñame a tu destino, empéñame en algo, pues como tú, deseo consagrarle mi vida a mi Patria. Por ti y por mi, lucha por la libertad.

Ignacio agradeció a su esposa esas palabras, se besaron y él partió decidido a reunirse con sus compañeros.

¿Quién era esta mujer, amantísima esposa y, como otras cubanas de aquellos tiempos, insuperable patriota?

Ana María de la Soledad Betancourt Agramonte nació en Puerto Príncipe el 14 de diciembre de 1832 y sus padres, de posición económica acaudalada, le propiciaron una educación en correspondencia con el rol de la mujer en esa época: música, bordados, tejidos, cocina y atenciones hogareñas.

Pero todo cambiaría cuando en 1854 se casó con el abogado Ignacio Mora, quien la impulsó a ampliar su cultura con el conocimiento de otros idiomas, literatura, gramática e historia, y como él se sumó al interés por la independencia del colonialismo español.

Cuando Camagüey se incorporó a la guerra, Ana se convirtió desde la ciudad en una figura importante de apoyo a quienes estaban  en el campo de batalla, hasta que el 4 de diciembre ella misma tuvo que irse a la manigua redentora porque su situación era insostenible.

En el poblado de Guáimaro, en abril de 1869, se proclamó la primera Constitución de la República en Armas por un nutrido grupo de patriotas. Ana fue testigo del acontecimiento, y en uno de los actos para celebrar aquella decisión de los cubanos expresó estas palabras que, al decir de algunos, se adelantaron a su época y pasaron a la posteridad.

Ciudadanos: La mujer cubana en el rincón oscuro y tranquilo del hogar esperaba paciente y resignada esta hora sublime, en que una Revolución justa rompe el yugo y le desata las alas.

Todo era esclavo en Cuba, la cuna, el color, el sexo. Vosotros queríais destruir la esclavitud de la cuna peleando hasta morir si es necesario. La esclavitud del color no existe ya.

Cuando llegue el momento de libertar a la mujer, el cubano, que ha echado abajo la esclavitud del color, consagrará también su alma generosa a la conquista de los derechos de la que es hoy en la guerra su hermana de caridad, abnegada, que mañana será, como fue ayer, su compañera ejemplar.   

Emocionado, Céspedes le exclamó al bajar de la tribuna: El historiador cubano al escribir sobre este día dirá cómo usted, adelantándose a su tiempo, pidió la emancipación de la mujer.

Años después, con su tacto inigualable y su poder para expresar, escribió José Martí:

(.) y en el noble tumulto, una mujer de oratoria vibrante, Ana Betancourt, anuncia que el fuego de la libertad y el ansia del martirio no calientan con más viveza el alma del hombre que la de la mujer cubana.

Azarosa fue desde entonces la vida de Ana. En 1871 fue sorprendida con su esposo, y, por una estratagema suya, Ignacio logró escapar, pero ella cayó en poder del enemigo quien le propuso le escribiera a su esposo pidiéndole la rendición.

La respuesta de la patriota fue como un latigazo: Prefiero ser la viuda de un hombre de honor a ser la esposa de un hombre sin dignidad y mancillado.

Después fue deportada y radicó en varios países. Conoció del fusilamiento de Ignacio y al recesar la guerra, volvió a Cuba, y más tarde, por invitación de una hermana, se radicó definitivamente en España donde continuó su labor patriótica.

Falleció en Madrid el 7 de febrero de 1901, y por gestiones directas de Celia Sánchez Manduley, sus restos fueron traídos a Cuba en 1968 y depositados en el panteón de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en la necrópolis Cristóbal Colón.

Desde el 10 de abril de 1982, aniversario 113 del inicio de la Asamblea Constituyente de Guáimaro,  Ana Betancourt de Mora descansa para siempre en un mausoleo erigido a su memoria en esa ciudad del este de Camagüey.

En su honor fue creada la Orden al Mérito Ana Betancourt, como premio estatal para reconocer a las mujeres que contribuyen de forma destacada a la defensa de los valores femeninos, revolucionarios, internacionalistas o laborales.

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