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Viernes, 16 de Agosto de 2013 - 12:11:05 | 2547 | |

Hay baile...

En este artículo: El invierno enfría la noche y el teatro Eden Musée en Nueva York está repleto. No hay butacas vacías desde que el primero de octubre de ese año de 1890 debutara allí aquel remolino hispano recibido con carruajes y atenciones de realeza



Por Enrique Milanés León

El invierno enfría la noche y el teatro Eden Musée en Nueva York está repleto. No hay butacas vacías desde que el primero de octubre de ese año de 1890 debutara allí aquel remolino hispano recibido con carruajes y atenciones de realeza. Frente a ella pareciera que los hombres olvidaran pestañear y que entre las mujeres, fueran artistas o no, le florecieran rivales. 

Un espectador, lleno de ganas de ver la presentación, está allí sin embargo por pura providencia: los empresarios a cargo de las funciones colocaban en cada velada una bandera gualda y roja, pero esa vez, por alguna razón desconocida, la arriaron, de manera que el hombre de saco y bigote negros que jamás aceptaba la cobija de aquel estandarte se animó a entrar. Así consiguió, al fin, que sus ojos taciturnos danzaran con la alegre bailarina. ¿Qué miraban sus pupilas, qué veía su alma trémula y sola?   

A Carolina Otero. El centro de gravedad del escenario se llamaba en realidad Agustina; el cambio de nombre por otro más musical fue uno entre los muchos trueques de su vida: no era andaluza, como se le promovía, sino gallega, no era condesa en parte alguna ni había nacido del vientre ilegítimo de una emperatriz sino del de una mendiga de pueblo coronada de pobreza.

Pero a más de un temperamento díscolo, la belleza tenía motivos para “retocar” su pasado: con solo diez años había sido brutalmente violada en Ponte de Valga, su aldea natal, lo que dispararía poco después un peregrinaje que la llevó a mil sitios, menos de vuelta a su tierra, y que incluyó la venta sostenida de su baile y su canto, de su cama y su cuerpo, así como un corazón inconmovible para con los hombres. Para hacerlo disponía de talento regular, rostro de rarísima hermosura, cuerpo que en 1.70 metros repartía 51 kilogramos a razón de 97-53-92 centímetros (busto, cintura y caderas), sensualidad inocultable y unos ojos cuyo brillo de seguro le costaría trabajo a la muerte apagar, muchos años después. De allí nació el mito carnalísimo de La Bella Otero.

En los días del Eden Musée la muchacha estaba por cumplir 22 años, mas su leyenda ya estaba asegurada. Ernest Jurgens, el empresario estadounidense que la encontró en un oscuro sitio de Marsella y le puso profesor de música y baile, le armó una compañía para que brillase y la hizo su amante, había promovido su carrera de hormonal bailaora. Arruinado y abandonado por la Otero, su “descubridor” inauguró una lista de voluntarias “bajas” de amor que se dice quedó al cabo en siete hombres.

En efecto, Carolina llegó a conocerse como La Sirena de los Suicidios. Además de Jurgens, se quitó la vida por ella el explorador Jacques Payen, que se pegó un tiro en el pabellón chino del Bois de Boulogne porque al ofrecerle 10 000 francos por una noche, La Bella le respondió que no recibía limosnas. Se cuenta también que un joven llamado Edmon se arrojó ante su carruaje diciéndole: “Te doy lo único que tengo: mi vida”.

Alguna vez declaró: “He sido esclava de mis pasiones, no de los hombres”. Y sus pasiones eran caras, muy caras: las joyas y el juego, lo cual explica los precios de sus tarifas. Cierta vez, un banquero le ofreció 25 000 francos por pasar media hora en su habitación y Carolina aceptó la propuesta. Tan alto se tasaba la Otero, una de las reinas de la Belle Époque, que solía repetir que cualquier hombre se prestigiaba si llevaba del brazo a una mujer bella y cara... como ella.

Así pensaron, al parecer, el millonario norteamericano William K. Vanderbilt, los reyes Leopoldo II de Bélgica y Alfonso XIII de España, el káiser Guillermo de Alemania, el barón de Ollstreder, el político Aristide Briand, Eduardo VII de Inglaterra, Alberto de Mónaco, el sha de Persia, Muzafar al-Din y el mismísimo Nicolás II, Zar de las Rusias, todos rendidos ante las caricias efímeras de la Otero. Los pintores Renoir y Toulouse-Lautrec la eternizaron en lienzos y el príncipe Nicolás de Montenegro llegó a enfrentar problemas de Estado por regalarle a Carolina una joya de la corona del país.

A inicios del siglo XX era la estrella del parisino espectáculo del Folies-Bergère y una sex symbol que llegó a lucir collares de la exemperatriz Eugenia, de la emperatriz de Austria y aun otro de diamantes que había adornado el cuello de María Antonieta. Agitó públicos y corazones en Rusia, Argentina, Uruguay, Brasil, Inglaterra, Austria, Hungría, Japón, Alemania, Bélgica... hasta que pasados sus 40 decidió retirarse.

La Bella terminó sus días en Niza en 1965, próxima a cumplir 97 años. Quien perdió millones jugando en los casinos se fue del mundo con apenas 609 francos que dejó a los pobres de Valga, la aldea natal que no volvería a ver y le inspirara postreras “morriñas”. 

Los que tuvieron el raro privilegio de ver aquella viejita resabiosa del segundo piso en el número 26 de la Rue D'Angleterre que comparaba pan duro “para las palomas” y no se dejaba fotografiar, asistieron quizás a su intento fallido de marchar inadvertida. Hermosa y polémica, víctima y victimaria, Agustina y Carolina, La Bella Otero ya había marcado con su baile las miradas del mundo. En la calle 23 de Nueva York, en un abarrotado Eden Musée, otro hombre grande la había observado un día, silencioso, y encontrado para ella las letras de la eternidad. 

Él, un galante rotundo, tuvo esa noche la visión que faltó a otros para describir más el baile que a la hembra apetecible. Él vio a la artista donde todos buscaban a la mujer. Él, vestido de negro, alumbró en la velada su alma trémula y sola con la luz más limpia de la Otero y nos mostró a todos la real grandeza de La Bailarina Española... mientras el público aplaudía frenéticamente y la noche neoyorkina oscurecía el invierno. (Tomado de http://pepitomarti.blogspot.com)

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