Radio Cadena Agramonte
Miércoles, 28 de Junio de 2017
Lunes, 12 de Junio de 2017 - 00:00:00 | 695 | |

El presente y el futuro en 140 palabras

En este artículo: Camagüey, Cuba, Fidel Castro, Concepto de Revolución



Por María Elena Álvarez/ Agencia Cubana de Noticias.

Leerlo puede hasta un niño si ya sabe; memorizarlo, cualquiera con algo de retentiva, pero el concepto de Revolución que nos legó Fidel vale y reclama infinitamente más que una simple lectura y una repetición mecánica, sobre todo de quienes, no por exaltación o para no desentonar, sino con plena conciencia, juramos cumplirlo.

Desmenuzar el todo, analizar las partes, desentrañar esencias… mucho hay por hacer. Famoso por sus largos discursos, el Comandante en Jefe fue en este caso brevísimo, aunque igual de inmenso. Todo está y cabe en esas 140 palabras, agrupadas cual soldados en aguerridas ideas, hijas de la experiencia en tantísimas batallas y colocadas cada una en el lugar exacto.

Todo está y cabe y, sin embargo —o quizá por eso—, nos llevará la vida entera estudiar, entender, aquilatar, aprehender y convertir en hechos el concepto y sus 12 enunciados. E igual deberá hacer, una tras otra, cada generación de revolucionarios y asumirlo con sentido del momento histórico en que les tocará vivir y luchar.

En esa suma de lo que es Revolución, importa tanto lo que está explícito, como lo que sugiere. Maestros como Fidel evitan dar todo “masticadito” a sus discípulos. Por el contrario, tratan de subirles el listón, hacerlos pensar, estimular sus neuronas, y para la próxima clase dejan siempre abierta una pregunta, un tema para razonar, un problema que resolver.

“Cambiar lo que deba ser cambiado”, por ejemplo, supone un montón de interrogantes y el esfuerzo para encontrar entre todos las respuestas sobre qué, cuándo, cómo y por qué otra cosa ha de cambiarse. Y está esa otra idea, incluso más profunda y enigmática, pero de la cual pocos se acuerdan y casi nadie menciona. Es la número seis y está emplazada en el centro mismo del concepto.

Revolución –asegura– “es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional”. ¿A quiénes y a qué se refería? Es otra de las tareas que nos dejó y que, sin él, aunque con su ayuda, hemos de resolver de verdad y de todas, todas, ni más ni menos porque en desafiarlas y vencerlas nos va la vida.

Pensemos. El sayo le queda que ni pintado al Imperio. Más de un siglo llevamos plantándole cara al poderío, la voracidad, la soberbia y las embestidas del monstruo, y el reto es mucho mayor ahora, que en un cambio de táctica en su terco afán de apoderarse de Cuba, le ha dado por “balancearnos” la dieta del garrote con raciones de zanahorias. Guerra económica, guerra cultural: todo incluido.

Hablo del vecino imperial, sí, y de sus aliados; la tiranía del capital  y las transnacionales, sus instrumentos de dominio, su maquinaria mediática y demás servidores, el neoliberalismo, las crisis globales.

Son descomunales fuerzas que ha tenido y tendrá que enfrentar la Revolución. No se andan con juegos en eso de aplastar el menor atisbo de resistencia, así que, qué no estarán dispuestas a urdir y hacer contra un símbolo como Cuba. Pero, tan cierto como eso, es lo dicho por Fidel, que, sin importar su poderío, ninguna existe en el universo, capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas.

El sayo les sirve, claro, y sin embargo… El primero de mayo de 2000, en la Plaza, el Comandante no estaba improvisando. Leyó, y bien sabemos de su minuciosidad al escribir. El concepto, por demás, parece bordado a mano; cada idea pensada, sopesada  y pulida. Entonces, ¿por qué ese “dentro y fuera del ámbito social y nacional”? y, sobre todo, ¿por qué primero “dentro” que “fuera”?

Decía Abdelaziz Bouteflika, presidente de la República Argelina Democrática y Popular, que Fidel iba al futuro y regresaba para contárnoslo. Si le hacemos caso, habrá que creer que aquel día había vuelto de uno de esos viajes; e igual el 17 de noviembre de 2005, cuando en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, dio a su atónito y joven auditorio y a la nación entera más tareas para después de clases, pero también pistas frescas e indicios muy claros del significado y alcance reales de sus palabras cinco años antes.

“¿Es que las revoluciones están llamadas a derrumbarse, o es que los hombres pueden hacer que las revoluciones se derrumben? ¿Pueden o no impedir los hombres, puede o no impedir la sociedad que las revoluciones se derrumben? (…) ¿Creen ustedes que este proceso revolucionario, socialista, puede o no derrumbarse?”

Preguntas como estas se hizo e hizo a los estudiantes aquella tarde, con la solicitud expresa de no olvidarlas jamás. Y fue más lejos en su clarinada, al alertarnos: “…esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra”.

Cuesta y duele admitirlo, pero así es, y si miramos en derredor e incluso más cerca, en nuestros hogares y hasta dentro de nosotros mismos, tendremos que reconocer que los errores, desviaciones, las ilegalidades y vicios que denunció, todas aquellas ya entonces pujantes fuerzas internas, no han hecho sino crecer, multiplicarse, echar raíces cual marabú; y se nos hará evidente que, tanto o más que a los de entonces, en la Plaza y en el Aula Magna nos estaba hablando a nosotros, los revolucionarios cubanos de hoy.

Nada más hay que verlas, poderosas, dominantes, diríase que hasta soberbias y avasalladoras, de tan impunes. Raúl también ha hecho inventario, incluso en aquella sesión del Parlamento, en julio de 2013, cuando nos pasó entera, sin cortes ni edición, la “película”: todo lo malo, feo, sucio y vulgar que ha ido colándose en casa, las más de las veces porque dejamos la puerta abierta.

La pregunta es ¿qué vamos a hacer? Porque, si contra todo esto seguimos cruzados de brazos; si convertimos el no coger lucha en modus vivendis y acabamos olvidando el real significado del verbo luchar -que no es abrirse camino a como dé lugar, en un egoísta “sálvese quien pueda”-; o si asumimos como fugaz escaramuza, una más entre tantas campañas, lo que ha de ser combate frontal y permanente, y solo cuando nos zarandean despertamos del letargo y tiramos algún que otro tiro, estamos, lo que se dice, fritos.

No soy de los que dicen —o no lo dicen, pero lo piensan—, “esto no hay quien lo arregle”. Sencillamente, la frase no me va, ni tampoco el pesimismo y la derrota. De lo que sí estoy segura es que nadie más que nosotros puede arreglarlo ni va a hacerlo.

Esto lo va a arreglar el pueblo, la Revolución, ¡y de qué manera!, afirmó Fidel aquel 17 de noviembre y al pueblo, y sobre todo a los jóvenes, convocó ese día, no solo a otra carga como la que pedía Rubén en su poema Mensaje lírico civil, sino a pensar y analizar, a generar y aportar ideas claras, a buscar nuevas vías, a cuestionar y replantárselo todo, a reinventarnos y hacer de nuevo la Revolución, si es preciso, pues definitivamente cómo construir el Socialismo es algo que hemos de descubrir sobre la marcha, en el día a día.

Un llamado similar ya había hecho Fidel a finales de la década de los 80 del siglo XX, pero la llegada del Período Especial y el cataclismo que supuso,  frenó en seco el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas, cuando apenas estaba despegando.

Le debemos, pues, la tercera. Se la debemos a Cuba, nos la debemos todos los que amamos la Revolución y ansiamos una sociedad infinitamente mejor, más justa, humana, democrática, solidaria, próspera, culta, libre y plena. 

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