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Domingo, 18 de Febrero de 2018
Martes, 23 de Enero de 2018 - 00:00:00 | 543 | |

Amalia Simoni: El Camagüey la honra eternamente (+ Fotos)

En este artículo: Camagüey, Amalia Simoni, Centenario del deceso, Historia de Cuba, Ignacio Agramonte



Por Mariela Peña Seguí/ Radio Cadena Agramonte.

“Mujer debe llamarse compensación”, escribió el Apóstol de la independencia de Cuba, José Martí, inspirado en alguna figura femenina que llamó su atención por la manera de compensar la actitud del hombre amado.

Más acá en el tiempo, muchos dicen: “Tras un gran hombre, hay siempre una gran mujer”. La Historia, en cambio, ha probado que las mujeres marchan al mismo paso, de la misma  forma, con la misma  fuerza que el hombre.

Así  nos ha premiado la Historia a quienes vivimos y amamos este terruño legendario, el Camagüey: con una mujer cuya grandeza la hizo humilde y necesaria, cuyo amor la volvió hermosa. Porque si se ha de medir la belleza de una mujer, su valentía, su desprendimiento, su fidelidad, su amor, de seguro harán a Amalia Simoni irresistiblemente bella.

Bella la mujer que abandonó la opulencia de su cómoda vida para acompañar al hombre, para marchar a su lado y ayudarle a cumplir con su deber.

Bella  la mujer que e esas condiciones dio a luz los dos hijos del Héroe.

Bella quien sostuvo con dignidad los pesares, las carencias y hasta incluso las provocaciones enemigas.

Bella quien soportó estoicamente la pena de saber que la vida de su amado terminaba.

Bella quien se dio a la Patria como continuado deber.

Bella quien vio pasar la vida aferrada no solo al recuerdo y la veneración, sino también a hacer valer la obra del esposo.

No debe haber mayor belleza de mujer, sobre todo si dos palabras la definen: dignidad y amor.

LA QUINTA DE LOS SIMONI

Cuando se adentra uno en el Patio de los Pavos Reales, sabe entonces que ha llegado a la Quinta Simoni.

Hace más de tres décadas era un viejo caserón dividido entre varias familias, y poco a poco olvidaba la Historia, que tras más de una centuria lo mantenía en pie.

En la década de los 80 del pasado siglo comenzó un amplio proceso de restauración, el cual incluyó profundos estudios para conocer a fondo los detalles estructurales, históricos y arquitectónicos que lo caracterizaban.

El 1ro de diciembre de 1991 abrió por fin sus puertas, como centro histórico cultural, lo que años después se convertiría en el Museo Quinta Simoni, Casa de la Mujer camagüeyana.

Declarada Monumento Nacional, la Quinta finalmente se había convertido en lo que merecía ser: un lugar donde la Historia y la memoria se dan la mano, y atraviesan juntas los patios y corredores de la vieja casona.

El pasado retomó su lugar en la Quinta Simoni, y se unió al presente para lograr, entre los dos, que no se pierda el recuerdo, y que Ignacio y Amalia sigan amándose para siempre allí, en el mismo sitio donde comenzó su amor.

“YO NO PIDO MAS AMOR, PORQUE NO SE PUEDE AMAR MAS”

Algunos juran que todavía se pueden sentir, sobre todo en las tardes, los pasos de Amalia atravesando los amplios corredores de la antigua casona.

Si se hace silencio, más o menos a las 6:00 p.m., cualquiera pudiera escuchar el murmullo de su conversación con Ignacio. Y es que todavía vuelan, como plumas al viento, las palabras de amor que se decían.

“… La ausencia tendrá un término y, entretanto, cada vez que te acuerdes de mí, puedes asegurar que mi pensamiento está fijo en ti, y cuando por las noches mires las estrellas, seguramente también yo las contemplo, figurándome que brillan más porque tú las miras…”

Muy de cerca he conocido yo esta historia. Muy de cerca aprendí a escuchar los pasos y las voces cuando todo es silencio en la otrora Quinta, propiedad de la familia de Amalia Simoni.

Para cada visitante al museo que es hoy, La Quinta guarda un asombro. La gente se detiene y descansa en el Patio de los Pavos Reales, en cuya glorieta, de seguro, Amalia escuchó las palabras de amor más dulces que nacieron de los labios de su adorado Ignacio.

“…No temas que yo dude nunca que me amas con delirio; no, no es posible dudar ya hoy, Amalia mía. Antes dejaría de creer en la evidencia y temería que me faltase la luz y el mundo entero, que dejar de pensar que me quieres con amor infinito. Yo no pido más amor,  porque no se puede amar más. El que tú me profesas es grande como tú, sublime y admirable como todos los sentimientos de tu corazón. Esa es mi dicha y no quiero más gloria…”

La Historia recoge la memoria de este gran amor. La Historia de Camagüey no podría escribirse sin aludir a esta pareja de amantes eternos que tanta gloria  le dieron.

Se conocieron en 1867, cuentan que en una de las fiestas de la Sociedad Filarmónica, y después de un año de te quiero en las cartas, de adioses y bienvenidas, de sufrida demora y de espera, el 1ro de agosto de 1868, finalmente unieron para siempre sus vidas en la parroquia de la Soledad.

Mas poco tiempo habría de durarles la tranquilidad. El 10 de octubre comienza la guerra y días después Ignacio marcha a encontrarse con lo que entendía, era su deber más inmediato. En la manigua vivieron. En la manigua nacieron sus hijos y se hizo fuerte su amor. Y cuando debieron alejarse, ya la suerte estaba echada. Estarían siempre juntos, sin que ni siquiera la muerte lograra separarlos.

 “…Cuídate más, amor mío, cuídate; yo quiero verte aún en esta vida… Que júbilo para mí, Ignacio mío, el día que vuelvas a mi lado y puedas abrazar a los dos ángeles. Dios querrá que ese día no esté muy lejos…”

Los amores así no pasan por la Historia sin dejar huellas. Su recuerdo inspira a jóvenes a casarse en igual fecha cada año. Y la Casa se hace  eco de los pasos de enamoradas parejas que cada 1ro de agosto renuevan la memoria y hacen de ese día una fiesta de recordación. Así es este amor: desafió al tiempo y lo convirtió en cómplice.

La Historia no deja lugar para las dudas. Sólo siéntese un día en el Patio de los Pavos Reales, cuando ya esté a punto de esconderse el Sol. Haga silencio y escuche los susurros de amor que llegan hasta sus oídos.

“…Recuerda que tu amor es mi bien y tu existencia indispensable a la mía, que quiero que vivas y espero que te esfuerces en complacer a tu esposa que te adora y delira incesantemente por ti.

“Adiós, mi bien más querido, quiera Dios que vuelva a verte,

                                                                                                      tu Amalia.”

”…No tengas cuidado por mí y siempre que pienses en mí ten la seguridad de que en esos momentos mismos mi pensamiento está fijo en ti, y que se desborda la pasión que me inspiras, en el corazón de tu

                                                      Ignacio.”

Con Amalia Simoni nos ha premiado la Historia. Es nuestro deber honrarla, en el centenario de su deceso —ocurrido el 23 de enero de 1918—, y siempre. (Fotos: Lázaro D. Najarro Pujol y Archivo)

Amalia con sus nietos. La foto es de 1909.

 Patio de los Pavos Reales.

Otra vista del patio.

Los jóvenes se casan hoy en esta casona, símbolo del amor eterno.

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