Domingo, 23 de Febrero de 2020
Radio Cadena Agramonte
Martes, 28 de Enero de 2020 - 12:13:23 | 717 | |

El Martí que vive en nosotros (+ Audios, fotos y video)

En este artículo: Camagüey, Cuba, José Martí



Por Elianis Cutiño López/ Radio Cadena Agramonte.

Este 28 de enero es un día especial, porque el más universal de los cubanos, José Martí, cumple un nuevo aniversario de nacido. Y sí, digo cumple, porque aunque sean 167 años, y físicamente hace ya mucho que pasó a la Historia, hoy lo sentimos más cercano, más presente, más grande.

Lamentables eventos recientes han desatado en todo el país una ola de amor; solo así puedo llamarle, porque los ilusos que intentaron manchar su figura no hicieron más que elevarla en las voces de miles de cubanos que lo respetamos y vemos en él a un hombre de carne y hueso que se entregó a su país.

Por ello, hoy damos una nueva mirada al héroe: lo vemos en los jóvenes, en los niños que aprecian sus obras, en la familia que lo vive a diario, y en el amor, ese sentimiento que es tan grande y tan puro como lo es José Martí.

Los jóvenes de hoy tenemos mucho de Martí

La historia contada sobre el Héroe Nacional de Cuba, acerca a su vida azarosa, desprendida y sacrificada, lo envuelve en una gama de misticismo, perfección y distorsionada realidad.  

Sin embargo, existen otras aristas menos conocidas del hombre de La Edad de Oro, que como persona, también  lo hacen grande y todos merecen conocer.

Hoy, nosotros, los retoños de aquellas semillas que sembró el llamado Apóstol de la independencia de Cuba, tomamos sus enseñanzas como bandera y escudo en la lucha que nos corresponde.

Porque él, con su propio ejemplo, demostró que ser joven no es impedimento para lograr grandes metas. Al contrario, la osadía y la obstinación, características inherentes de la edad, son elementos que nos dan ventaja.

Al igual que Martí, los jóvenes de estos tiempos también escribimos notas románticas a nuestros amores, defendemos a capa y espada nuestras opiniones, muchas veces incomprendidas, olvidamos  los dolores para perseguir los sueños e intentamos aprender de la entereza del que erró como cualquiera, pero rectificó como pocos.

El poder de la juventud es aplastante, característica que supo vislumbrar el más grande de los maestros: José Martí. Tan cubano, como tan universal, supo conceder a sus queridos pinos nuevos el compromiso de erigir un mundo mejor.

Con él aprendimos a ser multifacéticos, a no caer cuando las adversidades parecen prevalecer, a luchar por lo justo, aunque vaya en ello la vida, porque la existencia carece de sentido cuando se malgasta en banalidades, y a ser más veloces que el tiempo que nos toca vivir, para adelantarnos a una época y como él, perpetuarnos en la historia.

Desde la familia, también se aprende del Maestro

Ileana está emocionada; hoy es 28 de enero y por fin debe ponerse su traje azul para representar a su escuela con la banda rítmica. Estos días han sido ajetreados: matutinos, visitas, concursos; “siempre hay algo que hacer porque son los días para José Martí”, dice.

No hace más que hablar de todas las cosas lindas que hacen en su escuela. Los maestros vestidos como los personajes de Los zapaticos de Rosa, “ha sido de lo más gracioso que he visto”.

Anda de aquí para allá asegurándose de que sus zapatos estén limpios, su ropa planchada, su batuta en las mejores condiciones; nunca la he visto tan emocionada.

Casi hay que obligarla para que entre a bañarse; cuando por fin cierra la puerta un esperado silencio invade mi casa, pero no dura mucho tiempo. Por la ventana se escapa un sonido que todos reconocemos: Ileana está recitando un poema de Martí.

Con su creciente entonación va avanzando el verso. “está la playa muy linda… “pero de repente hace una pausa.

Envuelta en mis pensamientos espero que de un momento a otro siga el sonsonete; lo repito para mí, pero las palabras no salen de su boca. De momento escucho a mi tía: “todo el mundo está en la playa, lleva espejuelos el aya de a francesa Florinda”.

Ahora salta mi abuela, que aunque un dolor de muelas le hinchaba la mitad de la cara, no le ha impedido decir: “y está Alberto, el militar, que salió en la procesión, con tricornio y con bastón, echando un bote a la mar”.

No puedo contener mi reacción; por eso, cuatro voces al unísono juzgan a Magdalena, y de ahí en adelante se entrelazan para completar la composición, con algún que otro error gramatical.

“Tata, que bien lo haces”, me dice Ileana. “Recuerda que en mis tiempos yo hice de Pilar en las obras de la escuela”, digo para no perder protagonismo.

Y es que así es José Martí, surge en tu vida cuando menos te lo imaginas, se adapta al contexto, alegra las tardes, es contagioso.

Martí lo dijo y hoy ellos lo demuestran: Los niños son la esperanza del mundo

Más de un siglo de antigüedad tiene una de las obras más relevantes de José Martí, esa que lo unió por siempre a los niños, y en la que intentó inculcarles, a través de imaginativas historias, los más hermosos y necesarios valores humanos.

Haciendo frente al paso de los años, al avance de la tecnología, a la proliferación de contenido banal, todavía nuestros niños prefieren los cuentos que hagan volar su imaginación.

 

Basta apreciar el amor de los niños hacia el Maestro, para reafirmar que los torpes intentos de quienes pretendieron desacreditar su figura, mancharla, disminuirla, jamás lograrán su acometido.

En su voz va el reclamo de toda una generación, esa que aprendió que a los héroes y mártires se respeta, la misma que nunca cejará en la salvaguarda de nuestras conquistas.

Con los versos del Apóstol también se habla de amor

                                                        

La ciudad se vestía de colores pasteles. Lienzos de mujer inundaron la única galería del pueblo, y él descubría el amor de su vida. Estaba allí, en el salón de los pintores, como viviendo aquel poema de José Martí que sabía desde pequeño.

Le saltó el corazón, igual que en los versos, y no hizo más que admirarla, como la mejor pintura que desborda sentimientos inexplicables; a ella, le cuelga el manto a los lados, se arregla el pelo y el hombre solo piensa en la manera de atrapar su atención y recita para sus adentros:

Yo que vivo, aunque me he muerto,
Soy un gran descubridor,
Porque anoche he descubierto
La medicina de amor.

Meditó en un breve espacio de tiempo y de momento le pareció que en aquel soberbio salón ya no estaban los artistas, nadie ofrecía tragos finos, ni un curador explicaba la exposición para enseñarle cómo sentir el arte. Solo la veía a ella y como un retrato de esos que cobra vida, se apoderó de todos sus sentidos.

Una melodía de fondo lo trajo a la realidad; mientras la fémina tarareaba: (…) “¿cómo te arranco del verso dicho de memoria y te tatuó en las almas de todas las novias?”.

Y en esas letras encontró la respuesta. Sabía muchos poemas del Apóstol, conocía de su vida y obra desde niño, pero esa noche no sería solo un héroe más, no sería esa estatua o nombre de institución; esa noche, no. Hoy no valían consignan ni frases repetidas.

Ese 28 de enero, el Maestro sería amigo; cómplice de una relación que estaba por comenzar. Y así con la luz protectora y su pensada estrategia de conquista caminó hacia la dama y entre sus manos delicadas dejó caer una rosa y este poema:

Mucho, señora, daría
Por tender sobre tu espalda
Tu cabellera bravía,
Tu cabellera de gualda:
Despacio la tendería,
Callado la besaría.

Por sobre la oreja fina
Baja lujoso el cabello,
Lo mismo que una cortina
Que se levanta hacia el cuello.
La oreja es obra divina
De porcelana de China.

Mucho, señora, te diera
Por desenredar el nudo
De tu roja cabellera
Sobre tu cuello desnudo:
Muy despacio la esparciera,
Hilo por hilo la abriera.

(Fotos: Humberto Cid, Leandro Pérez y Archivo)

 

 

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