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El béisbol, la narración deportiva y yo
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Por Luis Enrique Perdomo Silva

El béisbol, la narración deportiva y yo.Fue el 12 de abril del año 2009 cuando me atreví a incursionar en la narración deportiva. Era la final del campeonato municipal de béisbol, primera categoría y se enfrentaban, en atractivo duelo de manigua, las novenas de Aguilar y Los Ángeles.

Nadie imagina las veces que entrené. En casa me miraban raro cuando me sentaba frente al TV, con el mute puesto y anotando las jugadas, hablando en voz baja, con temor a parecer ridículo.

Además de este ejercicio, recomendado por mis colegas de profesión, copié cuanto modelo de anotación apareciera en Internet y me llevé una labtop a la emisora municipal.

Todo parecía como si estuviéramos en una situación real. Allí eché a andar aquella versión de palo del juego de Hardball que tanto me gusta, mientras el realizador de sonido entrenaba en una habitación anexa, cristal de por medio.

Hasta que llegó el día. La Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (ETECSA) instaló un teléfono en la cabina del estadio municipal. Aquella mañana fueron conmigo Eliecer, estudiante de periodismo, Yanitza, corresponsal deportiva y Carlos Guerra Castañeda, anotador codificador.

El principio fue fatal. El radiecito hacía interferencia, no utilicé los audífonos, no había pizarrero y, por supuesto, estuve un poco nervioso.

Acordamos que iban a ser pases al estadio, y que yo iba a narrar solo fragmentos del juego. No quiero acordarme. “Pipo, hay muchos espacios en blanco”, sugirió cariñosamente la directora de CMHV, Radio Vertientes, la estación que tuvo el atrevimiento de dejarme narrar.

Familiares y amigos reportaron la sintonía, entre ellos mi hermano: “¿cómo es que el fly por tercera la cogió el jardinero derecho? Apretaste!” y ocho meses después tuve que aceptar que me dijeran “Te falta ritmo”, cuando me dieron un chance en el juego de Camagüey versus Cienfuegos, ¡en pleno campeonato nacional!.

Pero juro que no voy a desistir y cuando empiece la serie provincial volveré a intentarlo. Será mi escuela. Ya la vida, y la afición (a la cual me debo), dirán si debo cambiar el rumbo o perseverar en el intento. A fin de cuentas yo nunca me creí periodista, locutor, profesor, jugador de softbol, recitador de versos, bombero, chofer, mecanógrafo, telefonista, escritor-cillo y otros etcéteras que he tenido que asumir en mi vida real.

“Tú puedes, muchacho, tú puedes” me dice una voz interior. Aunque, a decir verdad, no dejo de reconocer cuán empecinado y emprendedor puedo ser.

Esta vez los oyentes, !y no el terreno!, dirán la última palabra.

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