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Miércoles, 22 de mayo de 2013

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Miércoles, 22 de diciembre de 2010

Ignacio Agramonte, legado de patriotismo y dignidad



Por Raysa Mestril Gutiérrez/ Radio Cadena Agramonte.
raysa@rcagramonte.icrt.cu

Ignacio Agramonte.Cuando el 23 de diciembre de 1841, en la casa marcada con el número 5 de la calle Soledad,  al  Lic. Ignacio Agramonte Sánchez Pereira -abogado como muchos de sus antecesores- y María Filomena Loynaz y Caballero les nació su hijo Ignacio, legaban al Camagüey valentía, intransigencia y dignidad.


Rápidamente, en aquel niño despertó uno de los sentimientos más hermosos en todo ser humano: el amor a su Patria. Apenas tenía 9 años cuando, durante el sepelio de Joaquín de Agüero y sus compañeros, trató infructuosamente de imitar la acción de un extranjero de frotar su pañuelo por el cadáver de aquellos mártires, como una manera de conservar esa sangre preciosa derramada por la libertad.

Con el tiempo, aquella devoción fue arraigándose cada vez más. Así, en 1867, se vincula a la logia Tínima, creada con fines conspirativos, y una vez iniciada la guerra por la independencia en Cuba, se incorpora al movimiento insurreccional, convirtiéndose de inmediato en un gran estratega militar.  

Sobre Ignacio Agramonte, la historia habla también de su marcada intransigencia. Quizás, el hecho más significativo al respecto sea su auténtica alocución en la reunión del Paradero de las Minas

Sería injusto pasar por alto su extrema sensibilidad y ternura, sobre todo, hacia quien fuese “su único delirio”: Amalia Simoni. En cada carta que escribiese Agramonte a su amada durante la estancia en la manigua, conjugaba ese amor infinito hacia ella, con las ansias eternas de la libertad de la Patria. “Pensando en ti, bien mío, paso mis horas mejores, y toda mi dicha futura la cifro en volver a tu lado después de libre Cuba”.

Sin dudas, aquel diamante con alma de beso, como lo llamase el Apóstol de la independencia de Cuba, José Martí, terminó siendo uno de los grandes símbolos de la historia de esta Isla, y un ejemplo imperecedero especialmente para los camagüeyanos, quienes orgullosos, y en señal de agradecimiento, se hacen llamar agramontinos.
-en la que se enfrenta enérgicamente a algunos camagüeyanos que proponían la sumisión de Cuba a la metrópoli española a cambio de supuestas reformas políticas-, asegurando que el único camino posible era la lucha armada.