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Jueves, 24 de febrero de 2011
En Cuba siempre ha brillado el ideal de la libertad
Por Rodolfo Medina Hechavarría/ Radio Camagüey.
El 24 de febrero de 1895 se reinició la guerra independentista en Cuba. Después de 27 años del Grito de La Demajagua, hecho que marcó el inicio de la lucha insurrecta en la Isla, el objetivo supremo del pueblo continuaba siendo la conquista plena de la libertad. Volvían a brillar los mismos ideales de entonces. José Martí, Máximo Gómez y Antonio Maceo, fieles herederos de Carlos Manuel de Céspedes e Ignacio Agramonte, fueron los encargados de preparar la nueva gesta, que encontró en los exiliados una fuerza indiscutible para su materialización.
El Partido Revolucionario Cubano -obra del Apóstol de la independencia de la isla-, debidamente estructurado, con claros objetivos y fines, debió, además de organizar la guerra, proyectar lo que vendría a lograrse después de la independencia: la República.
La contienda, asimismo, se fraguó bajo un marcado sentimiento antimperialista. Debía ser así porque Estados Unidos, cada vez más ambicioso, mejor conformado como nación, dueño de lo que consideraba su destino manifiesto, ya dejaba entrever el enorme peligro que significaba la “necesaria expansión” del capital norteamericano.
Las ideas revolucionarias maduradas y desarrolladas por Martí, al calor de los preparativos de la contienda, constituyeron fuente principal de inspiración para las generaciones siguientes, quienes asumieron la continuidad de la obra de los mambises.
La llamada Guerra Necesaria entrañó el culto de los cubanos a su dignidad plena; fue la continuidad histórica del proceso revolucionario iniciado por Céspedes en La Demajagua, el de la Protesta de Baraguá y la Guerra Chiquita, que contó con el respaldo amplio de las masas trabajadoras.
El acto supremo del 24 de febrero encierra un gran ejemplo de unidad y patriotismo, de voluntad y sacrificio. Al grito de Independencia o Muerte nuestro pueblo volvió a levantar la bandera de la insurrección.
En Cuba
siempre ha brillado el ideal de la libertad
Por Rodolfo
Medina Hechavarría/
Radio Camagüey.
El 24 de
febrero de 1895 se reinició la guerra independentista en Cuba. Después de 27
años del Grito de La
Demajagua, hecho que marcó el inicio de la lucha insurrecta
en la Isla, el
objetivo supremo del pueblo continuaba siendo la conquista plena de la
libertad. Volvían a brillar los mismos ideales de entonces.
José Martí,
Máximo Gómez y Antonio Maceo, fieles herederos de Carlos Manuel de Céspedes e
Ignacio Agramonte, fueron los encargados de preparar la nueva gesta, que
encontró en los exiliados una fuerza indiscutible para su materialización.
El Partido
Revolucionario Cubano -obra del Apóstol de la independencia de la isla-,
debidamente estructurado, con claros objetivos y fines, debió, además de
organizar la guerra, proyectar lo que vendría a lograrse después de la
independencia: la
República.
La
contienda, asimismo, se fraguó bajo un marcado sentimiento antimperialista.
Debía ser así porque Estados Unidos, cada vez más ambicioso, mejor conformado
como nación, dueño de lo que consideraba su destino manifiesto, ya dejaba
entrever el enorme peligro que significaba la “necesaria expansión” del capital
norteamericano.
Las ideas
revolucionarias maduradas y desarrolladas por Martí, al calor de los
preparativos de la contienda, constituyeron fuente principal de inspiración
para las generaciones siguientes, quienes asumieron la continuidad de la obra
de los mambises.
La llamada
Guerra Necesaria entrañó el culto de los cubanos a su dignidad plena; fue la
continuidad histórica del proceso revolucionario iniciado por Céspedes en La Demajagua, el de la Protesta de Baraguá y la Guerra Chiquita,
que contó con el respaldo amplio de las masas trabajadoras.
El acto
supremo del 24 de febrero encierra un gran ejemplo de unidad y patriotismo, de
voluntad y sacrificio. Al grito de Independencia o Muerte nuestro pueblo volvió
a levantar la bandera de la insurrección.
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