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Viernes, 19 de diciembre de 2008
El San Juan: tradición y cultura del Camagüey Legendario
Por Yolanda Ferrera Sosa/ Radio Cadena Agramonte.
Las crónicas lo recogen así: hacia finales del siglo XVI, en los albores del actual Camagüey -entonces Villa de Santa María del Puerto del Príncipe- los peones y trabajadores de la ganadería, principal rubro económico de la localidad, entraban en estampida al poblado en junio. Era el mes propicio para la compra y venta de los animales. Acostumbraban a llegar por una zona conocida después –justamente- como calle de Las Carreras o del San Juan, actual Avellaneda.
Al inicio era la simple competencia de habilidades la que ocupaba el tiempo de los recién venidos, en la espera del final de las transacciones. La concentración de negociantes cada junio, unida a la iniciativa de los residentes, fue diseñando –entre las celebraciones católicas de San Juan Bautista, el 24 de junio y de San Pedro, el 29- otras variantes en la recreación: se les incorporaron torneos, bailes, paseos y festejos.
Recién surgía un motivo carnavalesco sin émulos en el resto del país.
Primaveras principeñas
La época era idónea para la venta del ganado. También para el festejo, durante y después del feliz término de cada gestión.
Uno de los hijos más ilustres del Camagüey, Gaspar Betancourt Cisneros –al referirse a ello- escribió: “En el mes de junio es ya a mediados de la estación lluviosa. Entonces nuestra gente campesina anda mucho a caballo: es el tiempo oportuno de recoger ganados, pastorearlos, conducirlos a los corrales, contarlos y beneficiarlos: y se necesita engordar los caballos, correrlos, amaestrarlos para ese servicio de las fincas. Júntanse los montunos de las haciendas inmediatas, ayúdanse mutuamente a los trabajos del pastoreo(..). He aquí pues formada una trullada o pandilla que corren, vocean, cantan, se provocan, se desafían, se alientan a la carrera(...) y aquí el origen para mí del San Juan”.
Y prosigue Betancourt: “era todo un saltar de la cama, almorzar o no, ir al pesebre o patio, ensillar el caballo, salir a la calle a dar carreras, gritos desaforados, provocar a los mirones, invitarlos (...)”.
Así surgió esta manera local de expandir la alegría. Su fundamento fue netamente económico aunque, poco a poco, fue sumando otros atributos, como los paseos en volantas por las añejas calles adoquinadas de la Villa, de las muchachas más agraciadas, la elaboración de comidas auténticas de la región y otras modalidades heredadas de la colonia como el actualmente llamado “ajiaco”, el surgimiento de los “monos viejos” y “ensabanados”, que hacían de las suyas en estos paseos.
Una anécdota san juanera
Se recuerda el San Juan de 1817 por un hecho que acarrearía la suspensión de los festejos por un buen tiempo, según nos cuenta el doctor Roberto Méndez Martínez:
“Fue inolvidable aquel San Juan para doña Josefa Jáuregui, no porque hubiera sido una de las madrinas en los rústicos torneos organizados por los caballeros, ni por ser invitada a los exclusivos saraos realizados entonces. No: todo ello palidecía ante el recuerdo de aquel desdichado paseo de la Plaza de Armas –actual Parque Central Ignacio Agramonte-. No debió salir de su casa aquella tarde, porque aquella tarde un individuo –oculto bajo el disfraz como ensabanado- se acercó a su coche y a boca de jarro, le gritó un insulto, irrepetible por lo procaz”.
“Aquello no podía quedar impune –agrega el investigador- y bastó con que el esposo de la agraviada, el intendente de Ejército y Hacienda don José de Vildósola y Gardoquí escribiera al Capitán General don Juan Ruiz de Apodaca. Éste, harto de reprimir toda traza de liberalismo, no hizo esperar su respuesta: el 27 de agosto de ese mismo año estaba ya firmada la prohibición definitiva de celebrar el San Juan en Puerto Príncipe. Nunca más.”
Hartos los lugareños ya de esta suspensión, los vecinos de la región lograron que el Cabildo elevara en 1824 una solicitud al Tribunal de la Real Audiencia para remover la prohibición. Se apoyaban en la afirmación de que eran capaces de lograr el control durante el festejo. Fue denegada.
Al fin, el 24 de setiembre de 1835 los principeños –que no renunciaban a su jolgorio tradicional- lograron que se autorizara:
-“Aunque las autoridades insulares quisieron hacer resistencia –comenta el doctor Méndez Martínez- un documento que tenía el visto bueno de la Reina Gobernadora no era fácil de desconocer y el propio Capitán General Miguel Tacón, tuvo que ceder. La Real Orden fue publicada en la Isla el 4 de diciembre de 1835 para beneplácito de los habitantes del Camagüey, tan defensores de su patrimonio. Regresaba el San Juan para quedarse... ahora más moderado y sujeto al reglamento que las autoridades fijaran en los correspondientes Bandos.
El San Juan hoy
Ha pasado por diversas etapas desde aquel entonces hasta la fecha... pero el San Juan camagüeyano lleva en sí el alma lugareña. Actualmente, el gobierno municipal se enfrasca en la ardua tarea de seguirle sumando motivos tradicionales. La propia lectura del Bando el día inicial –24 de junio- donde se fijan las normativas a seguir por la ciudadanía, y el entierro de San Pedro el 29 –que señala su fin- son expresiones fehacientes de ello.
Como complejo sociocultural que es, su desarrollo pertenece a las raíces más queridas del acervo histórico de la otrora Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, ya cercana a su medio milenio de existencia.
Con la misma pasión con la que fue defendido por los locales durante la suspensión de aquellos años en el siglo XIX, actualmente se diseñan acciones para respetarle sus atributos y enriquecerle sus esencias.
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