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Miércoles, 22 de mayo de 2013

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Lunes, 11 de junio de 2012

Che en la memoria (VI)



Por Jorge Luis Betancourt Herrera/ Foto del archivo del autor

Che en los días de la Escuela de Reclutas.

“¡Quién se va!”

Cada día, al terminar el bombardeo y ametrallamiento de los aviones del dictador,  el Che se sentaba en una improvisada mesita y mandaba a formar a los desperdigados reclutas.

A su lado, Ribalta, quien con él dirigía la escuela, y los instructores Laferté, el norteamericano Herman, Luis Samé, que había sido capitán de la policía de Batista en Santiago de Cuba, y Maximino, un prisionero de guerra (no quiso irse cuando se realizó un canje de prisioneros con la dictadura).

El Che llamaba alto: “¡A ver, los “conejillos de Indias”, salgan!”  Los reclutas, incluidos los recién llegados, salían de las trincheras, o agujeros donde se protegían de la metralla, o de detrás de los inmensos árboles, de madera muy dura y gruesos troncos que  -según narra Esteban-  para abarcarlos se requerían tres hombres.

Al agruparse en la formación la tropa, el jefe guerrillero preguntaba:  “A ver, ¿quiénes son los que se van hoy?”

Y era raro que no hubiera siempre algunos que no pudieran resistir aquella situación cotidiana de ejercicios militares y largas caminatas, aguaceros, el fango, el fuerte calor diurno y el frío de las madrugadas, solo tapados con la ropa que traían puesta, al no tener frazadas, y dormir en hamacas o el suelo; ni el asedio de los mosquitos, el hambre, las bombas y la metralla.

Entonces, a riesgo de la vida, trataban de regresar a sus hogares, esconderse en casa de algún familiar de otro pueblo, o de un amigo cercano. Otros, por vergüenza, más débiles físicamente, acostumbrados a la vida en pueblos y ciudades, sin tantas penurias, desertaban y se escurrían por la noche.

Esa escuela de reclutas, por sus duras condiciones, era una fragua donde se forjaban combatientes más aptos, mental y físicamente, y con relativos conocimientos militares, para enfrentar al enemigo durante la cercana ofensiva, o en una lucha que podría durar años.

De paso evitaba que los aspirantes a guerrillero llegaran desarmados a los grupos rebeldes más fogueados, con escasos medios de combate y comida –lo que constituiría un serio impedimento- y limitaría su casi constante movimiento para evitar la detección por el enemigo y el riesgo del exterminio, como el trasladarse a largas distancias para realizar sus acciones.

Esos principios de la lucha guerrillera: Movilidad, vigilancia y desconfianza constante, eran prácticamente inviolables para la supervivencia de la guerrilla como el de “muerde y huye” (atacar, combatir y retirarse rápido).

El Che, no dudarlo, sigue «abriendo senderos» para los olvidados de la tierra, los humildes y hambreados del planeta, cada vez en mayor cuantía, y de esta manera –abriéndoles los ojo, es decir la mente-  podría ayudarles a avanzar en pos de su libertad e independencia económica, política y social en el futuro. 

A casi 84 años de su natalicio, el próximo día 14,  y a 54 de la creación de la Escuela
de Reclutas del Ejército Rebelde en Minas de Frío, Sierra Maestra, Cuba, el Guerrillero Heroico Ernesto Che Guevara, sigue  presente. (Continuará).

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Che en la memoria  (VI y final) 

Por Jorge Luis Betancourt Herrera.

Foto del archivo del autor

 

Con este trabajo concluye la publicación de un grupo de anécdotas y testimonios de Esteban Delfín Leyva Torres, doctor y especialista en Propedéutica Médica durante casi tres décadas en el hospital Manuel Ascunce Doménech, de Camagüey, quien con apenas 19 años de edad estuvo entre los alumnos de la Escuela de Reclutas del Ejército Rebelde en Minas de Frío, Sierra Maestra, creada por el Comandante Ernesto Che Guevara, en mayo de 1958.


“¡Quién se va!”


Cada día, al terminar el bombardeo y ametrallamiento de los aviones del dictador,  el Che se sentaba en una improvisada mesita y mandaba a formar a los desperdigados reclutas.


A su lado, Ribalta, quien con él dirigía la escuela, y los instructores Laferté, el norteamericano Herman, Luis Samé, que había sido capitán de la policía de Batista en Santiago de Cuba, y Maximino, un prisionero de guerra (no quiso irse cuando se realizó un canje de prisioneros con la dictadura).


El Che llamaba alto: “¡A ver, los “conejillos de Indias”, salgan!”  Los reclutas, incluidos los recién llegados, salían de las trincheras, o agujeros donde se protegían de la metralla, o de detrás de los inmensos árboles, de madera muy dura y gruesos troncos que  -según narra Esteban-  para abarcarlos se requerían tres hombres.


Al agruparse en la formación la tropa, el jefe guerrillero preguntaba:  “A ver, ¿quiénes son los que se van hoy?”


Y era raro que no hubiera siempre algunos que no pudieran resistir aquella situación cotidiana de ejercicios militares y largas caminatas, aguaceros, el fango, el fuerte calor diurno y el frío de las madrugadas, solo tapados con la ropa que traían puesta, al no tener frazadas, y dormir en hamacas o el suelo; ni el asedio de los mosquitos, el hambre, las bombas y la metralla.


Entonces, a riesgo de la vida, trataban de regresar a sus hogares, esconderse en casa de algún familiar de otro pueblo, o de un amigo cercano. Otros, por vergüenza, más débiles físicamente, acostumbrados a la vida en pueblos y ciudades, sin tantas penurias, desertaban y se escurrían por la noche.


Esa escuela de reclutas, por sus duras condiciones, era una fragua donde se forjaban combatientes más aptos, mental y físicamente, y con relativos conocimientos militares, para enfrentar al enemigo durante la cercana ofensiva, o en una lucha que podría durar años.


De paso evitaba que los aspirantes a guerrillero llegaran desarmados a los grupos rebeldes más fogueados, con escasos medios de combate y comida –lo que constituiría un serio impedimento- y limitaría su casi constante movimiento para evitar la detección por el enemigo y el riesgo del exterminio, como el trasladarse a largas distancias para realizar sus acciones.


Esos principios de la lucha guerrillera: Movilidad, vigilancia y desconfianza constante, eran prácticamente inviolables para la supervivencia de la guerrilla como el de “muerde y huye” (atacar, combatir y retirarse rápido).


El Che, no dudarlo, sigue «abriendo senderos» para los olvidados de la tierra, los humildes y hambreados del planeta, cada vez en mayor cuantía, y de esta manera –abriéndoles los ojo, es decir la mente-  podría ayudarles a avanzar en pos de su libertad e independencia económica, política y social en el futuro. 

 

A casi 84 años de su natalicio, el próximo día 14,  y a 54 de la creación de la Escuela

de Reclutas del Ejército Rebelde en Minas de Frío, Sierra Maestra, Cuba, el Guerrillero Heroico Ernesto Che Guevara, sigue  presente.