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Che en la memoria (VI
y final)
Por Jorge Luis Betancourt Herrera.
Foto del archivo del autor
Con este trabajo concluye la publicación de un grupo de
anécdotas y testimonios de Esteban Delfín Leyva Torres, doctor y especialista
en Propedéutica Médica durante casi tres décadas en el hospital Manuel Ascunce
Doménech, de Camagüey, quien con apenas 19 años de edad estuvo entre los
alumnos de la Escuela
de Reclutas del Ejército Rebelde en Minas de Frío, Sierra Maestra, creada por
el Comandante Ernesto Che Guevara, en mayo de 1958.
“¡Quién se va!”
Cada día, al terminar el bombardeo y ametrallamiento de los
aviones del dictador, el Che se sentaba
en una improvisada mesita y mandaba a formar a los desperdigados reclutas.
A su lado, Ribalta, quien con él dirigía la escuela, y los
instructores Laferté, el norteamericano Herman, Luis Samé, que había sido
capitán de la policía de Batista en Santiago de Cuba, y Maximino, un prisionero
de guerra (no quiso irse cuando se realizó un canje de prisioneros con la
dictadura).
El Che llamaba alto: “¡A ver, los “conejillos de Indias”,
salgan!” Los reclutas, incluidos los
recién llegados, salían de las trincheras, o agujeros donde se protegían de la
metralla, o de detrás de los inmensos árboles, de madera muy dura y gruesos
troncos que -según narra Esteban- para abarcarlos se requerían tres hombres.
Al agruparse en la formación la tropa, el jefe guerrillero
preguntaba: “A ver, ¿quiénes son los que
se van hoy?”
Y era raro que no hubiera siempre algunos que no pudieran
resistir aquella situación cotidiana de ejercicios militares y largas caminatas,
aguaceros, el fango, el fuerte calor diurno y el frío de las madrugadas, solo
tapados con la ropa que traían puesta, al no tener frazadas, y dormir en
hamacas o el suelo; ni el asedio de los mosquitos, el hambre, las bombas y la
metralla.
Entonces, a riesgo de la vida, trataban de regresar a sus
hogares, esconderse en casa de algún familiar de otro pueblo, o de un amigo
cercano. Otros, por vergüenza, más débiles físicamente, acostumbrados a la vida
en pueblos y ciudades, sin tantas penurias, desertaban y se escurrían por la
noche.
Esa escuela de reclutas, por sus duras condiciones, era una
fragua donde se forjaban combatientes más aptos, mental y físicamente, y con
relativos conocimientos militares, para enfrentar al enemigo durante la cercana
ofensiva, o en una lucha que podría durar años.
De paso evitaba que los aspirantes a guerrillero llegaran
desarmados a los grupos rebeldes más fogueados, con escasos medios de combate y
comida –lo que constituiría un serio impedimento- y limitaría su casi constante
movimiento para evitar la detección por el enemigo y el riesgo del exterminio,
como el trasladarse a largas distancias para realizar sus acciones.
Esos principios de la lucha guerrillera: Movilidad,
vigilancia y desconfianza constante, eran prácticamente inviolables para la
supervivencia de la guerrilla como el de “muerde y huye” (atacar, combatir y
retirarse rápido).
El Che, no dudarlo,
sigue «abriendo senderos» para los olvidados de la tierra, los humildes y
hambreados del planeta, cada vez en mayor cuantía, y de esta manera
–abriéndoles los ojo, es decir la mente-
podría ayudarles a avanzar en pos de su libertad e independencia
económica, política y social en el futuro.
A casi 84 años de su
natalicio, el próximo día 14, y a 54 de
la creación de la Escuela
de Reclutas del
Ejército Rebelde en Minas de Frío, Sierra Maestra, Cuba, el Guerrillero Heroico
Ernesto Che Guevara, sigue presente.