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Viernes, 27 de julio de 2012
Cuba y el duro, pero grato ejercicio de mover montañas
Claro que hay quienes dan lo que les sobra, pero en eso de compartir, incluso cuando se tiene muy poco, el average de Cuba es perfecto, y si del altruismo y generosidad de su pueblo tuviese que elegir entre miles una única evidencia, creo que esa sería el XIV Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes.
¿Por qué? Quienes, como yo, vienen del otro siglo y vivieron en él lo necesario para recordar nítidamente la cita juvenil, el dónde, cuándo y cómo, el ambiente, las circunstancias, aquella azarosa última década, lo acaecido entonces y qué significaron esos años ’90 para Cuba y el mundo, saben de qué estoy hablando.
Que en tiempos durísimos --ese “período especial” que en el verano de 1997 apenas si empezaba a remontar la fase crítica--, el pueblo cubano ofreciera, no ya el país, sino sus hogares, para acoger a jóvenes llegados de todos los confines del planeta, fue una demostración de amistad de las buenas y de hospitalidad como pocas, gesto supremo de generosidad colectiva y audaz y feliz idea que salvó la vida al movimiento de los festivales.
No pretendo hacer la historia del derrumbe del campo socialista y la desaparición de la URSS, las banderas arriadas, los traumas, descalabros, frustraciones y repliegues, las verdades y confianza traicionadas, las conquistas arrebatadas, la orgía reaccionaria y el frenesí neoliberal, sobre todo, porque esta es una historia de amor, solidaridad, hermandad, alegría, juventud y esperanza.
Una historia que comenzó a escribirse el seis de agosto de 1995, cuando en la clausura del “Cuba vive”, el Comandante en Jefe Fidel Castro puso la Isla a las órdenes de la juventud del orbe para organizar, no ya un festival internacional con mil 300 delegados de 66 países, sino uno mundial, con 10 mil o más.
Cuba, sí, la misma que en 1978 había dado a estos foros su primera sede fuera de Europa y en una nación tercermundista y de América, y que 19 años después repetiría -dejando atónitos y malparados a quienes presagiaban el fin de las ideologías y la historia- para ayudar a reorganizar las fuerzas, confrontar puntos de vista, definir estrategias, unir desde la diversidad, reanudar la marcha y preservar la continuidad de los festivales, justo media centuria después de aquella cita primera en Praga, en 1947.
Del 28 de julio al 5 de agosto de 1997 aconteció este encuentro en La Habana y Cuba entera -pues a todas partes fueron los delegados-, hecho con más voluntad que recursos, pero en el cual, lejos de echarse a ver algo en falta, mucho se hizo para asegurarle al último de los festivales del siglo XX todos los escenarios y oportunidades, lo mismo para el debate político, la denuncia y la acción comprometida, que para la alegría, el disfrute, el conocimiento de la realidad cubana y de su pueblo.
Desde la apertura, en la escalinata de la Universidad de La Habana, hasta el adiós en el Estadio Panamericano, con un vibrante “¡Hasta la victoria, siempre!”, fue esta cita una ofrenda de amor a Ernesto Che Guevara, a punto de cumplirse 30 años de su caída en Bolivia y recién llegados sus restos mortales a la Isla, y un homenaje, también, a Cuba, su dignidad, firmeza, lucha tenaz y heroica resistencia, ejemplo e inspiración para millones.
Recuerdo, como si fuera hoy -tal vez porque nunca antes los había oído hablar de su infancia y de su padre- aquella plática de tarde-noche con Aleidita y Camilo, dos de los hijos del Che. No olvido las veces que escribí el nombre de esta isla pequeñita, agigantada en la voz de tanta gente buena, como esas madres y abuelas de Plaza de Mayo, invitadas de honor al Festival, que a la Plaza de la Revolución José Martí llegaron una mañana para gritarle al mundo ¡Cuba sí, bloqueo no!
Pero, las primeras imágenes que acuden siempre a mi mente cuando se menciona el XIV Festival, son esas “fotos de familia”: el día del recibimiento en los barrios, cada quien esperando por un delegado aún sin rostro, su nombre escrito bien grande en un cartel, o, ya en el hogar, sentados todos a la mesa o en la sala, contándose vida y milagros, hasta por señas, o llegada la hora de despedirse, los abrazos, lágrimas, consejos, el “descuiden, que yo vuelvo”, un “escribe pronto”.
Convencida estoy de que igual le sucede a la mayoría -por no decir a todos y cada uno de los 12 mil 335 representantes de 132 países y más de dos mil organizaciones nacionales, regionales e internacionales- sobre lo trascendente del Festival, esa idea esencial de redención humana y el sueño posible de un mundo mejor, que nos reunió aquel verano en Cuba con la divisa “Por la solidaridad antimperialista, la paz y la amistad”.
Al cabo de 15 años, muchas cosas pueden haberse borrado o perdido color en la memoria, pero no ese ambiente familiar, esos detalles en apariencia pequeños, pero que hacen única a esta cita, fiesta de todo un pueblo que, animado por idénticos ideales, movió montañas para ofrecer a los jóvenes del mundo, más que una sede donde reunirse para seguir escribiendo la historia de los festivales, un hogar donde sentirse como en casa. Así de grande es Cuba. (María Elena Álvarez Ponce/AIN)
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