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Por Héctor Espinosa Sánchez/Radio Guáimaro

Hoy es un día especial para mí, y quisiera compartir con ustedes la historia de un hombre, que por su modestia, muchas cosas de su vida revolucionaria no se conocen, me refiero a Ismael Eduardo Espinosa Delgado, mi padre.

Comienza el año 1935, y en el mes de enero, nace este hombre, quien con solo 17 años comienza la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista; ya forma parte de la Juventud Socialista, brazo juvenil del Partido.

En Los Sitios, una finca situada en las cercanías del central Jaronú, actual municipio de Esmeralda, donde radicaba con su familia, se hacía revolución desde la época de la dictadura de Gerardo Machado; su hermano mayor, Diego Espinosa Delgado, integraba el Partido Comunista y en su casa desde pequeño participaba indirectamente en reuniones de la organización.

En 1948 fue designado para formar parte de la seguridad de Jesús Menéndez cuando visitó el central para reclamar las demandas de los trabajadores, y estaba planificado el asesinato del líder obrero, el cual no se pudo consumar por el accionar de estos jóvenes revolucionarios; formó parte del Movimiento 26 de Julio, y cumplió misiones de propaganda, sabotajes, venta de bonos, entre otras acciones, por las que fue perseguido y tuvo que pasar a la clandestinidad hasta el triunfo de la Revolución.

En enero de 1959, cursó la Escuela de Instructores Políticos Osvaldo Sánchez, de las nacientes Fuerzas Armadas Revolucionaria, allí se gradúa y pasa a Ciudad Libertad a ejercer el cargo en una compañía, donde lo sorprende el bombardeo aéreo mercenario, preludio de la invasión por Playa Girón.

Eran las cinco de la mañana del 15 de abril de 1961, y su compañía había sido seleccionada para descargar unas rastras de armamentos para fortalecer la capacidad defensiva de la Revolución; y uno de sus compañeros le comenta que aquellos aviones venían realizando giros y acrobacias complicadas, sin imaginarse que en segundos, la metralla y el odio del imperialismo caería sobre ellos.

Vio morir a muchos de sus compañeros, herido en un brazo y en la cabeza por la fragmentación de las bombas y la metralla; y al subir al dormitorio con otros encuentran el cuerpo sin vida de Eduardo García Delgado y el pedazo de la puerta donde el héroe había dejado escrito, con su sangre, el nombre de Fidel.

Fueron muchas las tareas que mi viejo cumplió, entregado en cuerpo y alma a la Revolución.

Recuerdo con cuánto orgullo nos contó de su participación el 3 de octubre de 1965 en el acto donde el Comandante en Jefe, Fidel Castro, solicitaba al auditorio cómo debía llamarse el Partido; mi padre fue uno de los que gritó, ¡Partido Comunista de Cuba!; ocasión, en la que el Jefe de la Revolución da a conocer la carta de despedida del Che.

Hoy mi vejo no está entre nosotros, pero su ejemplo sigue vivo en muchos jóvenes, que como él, lo dan todo por el Partido y la Revolución; está en los médicos que se baten contra la COVID-19, en los que se realizan tareas de la agricultura y en los principales frentes de combate del momento.

Gracias Papá, el sacrificio de los jóvenes de tú generación no ha sido en vano; la Revolución marcha adelante con la seguridad de que, ¡Patria o Muerte!, seguirá siendo el camino de la Cuba por la que luchaste. (Fotos del autor)



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