En este artículo: Liset y Acela, farmacéuticas camagüeyanas
Por Mónika de los Ángeles Escobedo Artola/Radio Cadena Agramonte
Las 4:30 de la madrugada, la alarma del teléfono móvil suena; es momento de levantarse, el cansancio intenta pegarse para convencerla de dormir más, pero Liset lo deja de lado porque sabe que su misión no puede esperar.
Un poco lejos de allí, pasa por la misma situación Acela, su compañera de trabajo. Ella sale de la cama directo a la cocina, prepara el café que la sacará de su estado somnoliento y la proveerá de energías para afrontar la jornada.
Liset Artola Gutiérrez y Acela Hernández Álvarez son las farmacéuticas que trabajan en el Policlínico Docente José Martí, en la capital agramontina, y aunque su trabajo siempre es importante, por estos días de intervención sanitaria con el candidato vacunal Abdala se torna imprescindible.
“El día de un farmacéutico durante este proceso empieza muy temprano porque somos responsables de garantizar la cadena de frío de los bulbos, lo que lleva un proceso largo antes de colocarlos en las neveras de transportación y salir a distribuirlas antes de las 8:00 a.m.
Por lo tanto, la hora de llegar para garantizar este proceso es a las 5:45 de la madrugada. Luego que concluye el proceso de preparación de las neveras, salimos sobre las 7:00 a.m. o antes, a repartirlas por todos los puntos de vacunación que tenemos asignados y deben estar antes de las 8:00 en cada uno para comenzar a esa hora la vacunación”, cuenta Liset.
“Tenemos conocimiento de la cantidad de frascos a distribuir en correspondencia con las dosis a aplicar en los vacunatorios, y se llevan a cada uno en unas neveras en condiciones preparadas con anterioridad.
Una vez que llegamos al punto de vacunación, hay otro proceso que realizan médicos y enfermeras capacitados, para mantener la cadena de frío. Ellos las reciben, se les cuentan, se les demuestra la calidad de la transportación y con el termómetro se confirman las temperaturas con que se entregan y continuamos distribuyendo”, explica Acela.
No solo deben llegar a los centros de vacunación, además tienen la responsabilidad de recibir los nuevos bulbos y velar cada detalle de este proceso.

“Cada dos días debemos hacer un pedido para garantizar todos los bulbos que vamos a distribuir a diario. Esos llegan en un camión con una temperatura determinada, la cual debemos registrar, al igual que la que llevan las neveras que los contienen.
En el momento de la recepción, hay que cerciorarse otra vez de la temperatura, se cuentan los recibidos y se almacenan en los refrigeradores, los que también tienen que registrar las temperaturas certificadas”, agrega Acela.
Al final del día, después de que todos los vacunatorios concluyen sus funciones, a estas dos trabajadoras les queda otra tarea que cumplir.
“Luego de una larga jornada debemos esperar a que los bulbos vacíos de todas la dosis puestas retornen y queden nuevamente bajo nuestra custodia. Los recibimos a la hora que finaliza la vacunación, por lo tanto, terminamos aproximadamente a las 7:00 p.m. para comenzar de nuevo temprano al día siguiente, de lunes a domingo”, añade Liset.
No se puede negar que ellas, al igual que todo el personal de la Salud, realizan grandes esfuerzos sumados al riesgo de contagio con la peligrosa enfermedad, pero al saber que así traerán un bien mayor, están convencidas de que cada sacrificio merece la pena.
“Es el inicio de todo y la garantía de que la vacuna llegue al pueblo con la calidad requerida. De no ser así, el sacrificio que ha hecho el país para darle esto a la población sería en vano, pues el fármaco quedaría inactivo sino se garantía que tenga la temperatura adecuada.
Es necesario parar pronto esta pandemia, sobre todo en nuestra provincia que está tan complicada en estos momentos con tantos casos. Es así que el sacrificio vale, pues hay que proteger la salud de las personas y salvarles la vida”, concluye Liset con su voz entrecortada de la emoción. (Fotos: de la autora)