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Camagüey, 11 jul.- Tras cumplir con su trabajo de apoyo en la Sala de Intermedia del Hospital Clínico Quirúrgico Amalia Simoni, Alberto Lezcano Olivera, estudiante de 6to año de Medicina, ingresó en un centro de aislamiento a la espera del PCR, como establece el protocolo.

Estaba feliz de haber ayudado en la noble causa; sin embargo, antes de que llegaran los resultados de la muestra ya presentó los síntomas de una enfermedad que identificaba.

“Yo me sentía muy cansado: estaba acostado y dormía más de 12 horas al día, y eso no era normal en mí. Tenía mucho decaimiento y malestar general. Al otro día llegó el resultado positivo y ya los síntomas habían empeorado. Enseguida me ingresaron en Amalia y me convertí en paciente en 72 horas nada más”.

Desde ese momento el miedo se asomó a los pensamientos de este joven de 24 años, pues sabía, por la experiencia recién concluida, lo peligroso de la situación.

“Al principio tuve mucho miedo, estaba muy nervioso. En la Sala de Terapia Intermedia vi a pacientes con los que se podía conversar y a la media hora ya podían estar grave, 15 minutos después con  ventilación artificial mediante una intubación y acoplados a un ventilador mecánico, y dos horas más tarde, incluso, fallecer.

“Otros aparentaban permanecer bien y cuando llegaba el Rayos X de tórax, casi todo el pulmón estaba inflamado. Ahí me sorprendía y pensaba: no puede ser que un paciente que se vea clínicamente tan estable tenga este resultado. Precisamente esa es una de las características de esta enfermedad.

“De 7 a 10 días después del inicio de los síntomas es que empiezan a aparecer las complicaciones, así que mientras más pasaba el tiempo más preocupado estaba”. 

Alberto conocía bien el significado de sus síntomas, pero a pesar del temor que lo afligía tenía un motivo que lo inspiraba a mostrar sus fuerzas, aún sin tener muchas.

“El segundo PCR volvió a salir positivo. Me aparecieron crepitantes, que son ruidos anormales del pulmón y me mandaron a hacer una placa, que reveló lesiones inflamatorias, pero por suerte no eran significativas.

“Por otro lado estaba mi familia. Yo nunca había estado ingresado y me tocó solo. Soy único hijo y mi mamá era lógico que se preocupara, así que cada vez que me comunicaba con ella trataba de ponerme fuerte, porque no resolvía nada si la dejaba llorando a ella del otro lado del teléfono”.

Luego de antibióticos y cuatro dosis de Interferón, con sus efectos secundarios incluidos, al fin el PCR dio negativo, por lo que era el momento de regresar a la casa, donde la familia y vecinos esperaban ansiosos a Albertico para darle una agradable sorpresa.

“Todos me hicieron un recibimiento, me aplaudieron. Yo lloré, mi mamá y otros vecinos también. Fue muy emocionante”.

Una vez en el hogar no se podían minimizar los cuidados. “Aquí en la casa el proceso de recuperación ha sido completamente aislado. Estuve 14 días apartado en un cuarto lejos de mis padres. “Teníamos unos deseos enormes de abrazarnos porque hacía más de un mes que no los veía, pero había que mantener las medidas. “Todavía no he recuperado el olfato del todo. El gusto sí, pero el olfato me falta. Me sofoco al subir las escaleras de mi cuarto, de vez en cuando siento una sensación de escozor en la garganta que se acompaña de tos seca. Aún no estoy con las energías de antes, no puedo hacer ejercicios como yo quiero”.

Alberto Lezcano Olivera vivió la COVID-19 desde la posición de médico, pero también como paciente, y con su experiencia brinda un sabio consejo:

“Quiero hacer un llamado a toda la población que no le ha tocado de cerca esta enfermedad. Mantengan las medidas, salgan de la casa lo menos posible y cuídense, porque de verdad que es una experiencia triste, desagradable y muy dolorosa”. (Mónika de los Ángeles Escobedo Artola/ Radio Cadena Agramonte) (Foto: cortesía del entrevistado)



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