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La Habana, 12 ago.- Hace varios años, a inicios del siglo XXI, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz aseguró que la historia tendría que hablar del deporte cubano y no por lo que había logrado hasta ese momento, sino por lo que haría en el futuro.

Ahora que relucen siete títulos, 15 medallas en total y el lugar 14 en la tabla por países de los Juegos de la XXXII Olimpiada, entendemos que Fidel probablemente se refería a sucesos como estos, cargados de brillo deportivo y sentido patriótico, pues los tiempos, la época, así lo han querido.

La delegación cubana creció (7-3-5) hasta superar lo alcanzado en Londres 2012 (5-3-7) y Río de Janeiro 2016 (5-2-4). También consiguió más coronas y un mejor escaño que en Beijing 2008, donde el botín fue amplísimo (30 preseas), pero no la efectividad en finales.

El propósito de mantenerse entre las 20 primeras potencias olímpicas se cumplió por mucho, poniendo fin a la tendencia decreciente experimentada desde la cita china en adelante, ya bien en cuanto a la cantidad de coronas o la cifra total de medallas.

Brasil y Canadá consiguieron igual cantidad de títulos que nuestra embajada atlética, y le adelantaron solamente en preseas de plata y bronce. No hay sorpresa alguna ahí, dada la superioridad que manifiestan en desarrollo, población y recursos. Lo novedoso está quizás en que la ventaja no fuera mayor sobre una nación por demás bloqueada y asediada por la gran potencia mundial que sigue siendo Estados Unidos.   

La cubana fue una delegación pequeña, de apenas 71 clasificados y 69 participantes en definitiva. Influyó mucho en ello la covid-19 y también la baja en los resultados de algunos deportes. No es secreto y se trata de un indicador a mejorar, pues expresa ante todo desarrollo e integralidad en el trabajo.

Pero también fue una delegación muy efectiva, y aunque las estadísticas al respecto suelen ser polémicas y divergentes, destacamos que de siete finales de dos contendientes se ganaron seis, para un escandaloso 86%.

En Tokio 2020 también se amplió el universo de nuestros premios respecto a Río de Janeiro 2016, pues canotaje, tiro y taekwondo pudieron abrirse paso al podio. Hace cinco años todo vino de los tradicionales boxeo, lucha, judo y atletismo. 

Nuevamente brillaron los pugilistas, haciendo valer su rango de buque insignia. Sus cuatro coronas decidieron la suerte de nuestra embajada atlética y dejaron como bicampeones a Roniel Iglesias, Julio César La Cruz y Arlen López.

Adicionalmente, Andy Cruz se erigió monarca por vez primera a este nivel, en una jornada final que será muy recordada por su tremenda demostración boxística, máxime en el decisivo tercer asalto ante el estadounidense Keyshawn Davis.

La lucha tampoco defraudó con los títulos de los grequistas Mijaín López y Luis Orta, más el bronce del librista Reineris Salas. La seguidilla dorada de este deporte, iniciada en Barcelona 1992, sumó otro eslabón impresionante.

La actuación de Mijaín merece el calificativo de extraordinaria, al  conseguir su cuarta medalla de oro consecutiva y siempre en condición de abanderado de nuestra delegación. Para la lucha a nivel global, en el sexo masculino, el pinareño dejó también un récord difícil de igualar y por supuesto de superar.

Se esperaba más del clásico Ismael Borrero, dorado hace cinco años a este nivel y vigente rey universal, y también del librista Alejandro Valdés, pero no pudieron sobrepasar sus combates iniciales. Quizás esos espacios vacíos fueron cubiertos por la brillantez de Orta, venido al estrellato desde un anonimato raro, pues ya había reinado en par de lides continentales.   

El otro deporte de gran protagonismo fue el canotaje, pues Serguey Torres y Fernando Dayán Jorge se fueron a lo más alto del podio en el C2-1 000 metros. Una competencia de “infarto” inscribió lo mejor de nuestra historia en esta disciplina, tras las preseas de plata logradas a inicios de siglo y una larga espera de 17 años.

La artemiseña Idalys Ortiz mantuvo al judo cubano en el medallero olímpico desde 1976 (salvo cuando no asistimos), con un metal plateado que la ubicó además como la figura cubana más premiada de este deporte en el Olimpo, con terna de 1-2-1.

Su actuación, con matices humanos y deportivos muy ricos, estremeció a nuestra afición, derribando escollos uno tras otro en el mismísimo Nippon Budokan, y llevando el combate final a regla de oro frente a la gran favorita Akira Sone, del país sede. 

El holguinero Leuris Pupo se convirtió en el primer doble medallista olímpico del tiro deportivo cubano, con la presea de plata en la pistola tiro rápido a 25 metros, la misma modalidad en que reinó en Londres 2012. Reverencias para el finalista de esa prueba que menos tiró y compitió en el último año y medio, sin duda. 

El atletismo creció y claramente, más allá de no reencontrarse con el ansiado título y que las lesiones afectaran el desempeño de varias figuras. Si en Río 2016 solo se consiguió el metal de Denia Caballero, ahora con apenas 17 exponentes se capturaron uno de plata, dos de bronce y siete ubicaciones entre los ocho primeros lugares. De ese modo se sostiene este deporte en nuestro medallero olímpico desde Montreal 1976.

Juan Miguel Echevarría estuvo cerca de dominar el salto largo, y junto a Maikel Massó protagonizaron el tercer “doblete” del deporte cubano en una misma prueba olímpica, con plata y bronce, respectivamente. Recordemos las proezas similares firmadas por Rodolfo Falcón y Neisser Bent en la natación de Atlanta 1996, y por las martillistas Yipsi Moreno y Yunaika Crawford en Atenas 2004.

La discóbola Yaimé Pérez sumó su metal de bronce en una competencia de elevado nivel, mostrando coherencia con su gran ciclo y enfrentada a rivales de mucha alcurnia. Para ponderar su labor pensemos solamente que la extraclase Sandra Perkovic quedó fuera del podio.

Otro punto a favor fue el avance mostrado por las mujeres en la pista, con finales para Roxana Gómez en los 400 metros y para la posta larga. Eso habla del notable trabajo realizado, así como que la mayoría de las participantes hicieran en la competencia sus mejores marcas del año. 

El taekwondoca Rafael Alba pasó del desconcierto y la tristeza a ser nuestro primer medallista en Tokio 2020. Un debut por la puerta estrecha estuvo cerca de derribarlo, pero la repesca le dio la oportunidad del bronce y de devolver su deporte al medallero estival, tras la nulidad de hace un quinquenio. 

Menciones especiales para las pesistas Ludia Montero (49 kg) y Marina Rodríguez (64 kg), capaces de colarse entre los ocho mejores de sus respectivas divisiones. También para la tiradora Eglys de la Cruz, nuestra única mujer medallista en el tiro deportivo (Beijing 2008), pues asistió a sus quintos juegos seguidos, igualando en la cima con la mítica judoca Driulis González, dentro del entorno cubano.

De otras figuras se esperaba más en la capital nipona, y ello establece el reto de analizar lo sucedido y trazar estrategias más audaces y atemperadas a los contextos actuales. Sin embargo, tengamos claro que esas situaciones son típicas de la alta competición, en que mínimos deslices cuestan demasiado caro.

Representantes de pentatlón, gimnasia artística, halterofilia, ciclismo, remo, voleibol y natación asistieron a Tokio 2020 sin la responsabilidad de aportar al medallero, a tenor de sus actuales niveles y en relación con los rivales. Aportaron matices a la actuación general, algunos positivos y otros que generaron insatisfacciones que deberán analizarse. A veces participar significa el techo, recordémoslo por más que ello nos disguste.

Tokio 2020 ratificó el valor del esfuerzo y demostró el trabajo certero de entrenadores, directivos, personal médico, investigadores y otros actores del sistema deportivo. Se trabajó allí donde estaba lo estratégico, maniobrando con lo justo en lo humano y lo material.

Tokio 2020 no debe calificarse como un espejismo. Nada de lo logrado provino de regalos o casualidades. Cada una de estas medallas cierra una estela, un camino, una etapa y hasta una época.

Significa que lo hicimos bien, por Cuba y su pueblo, y confirma que por esta vía, con más esfuerzo, profesionalidad y compromiso, pueden enfrentarse los grandes retos por venir.

En 2023 tendremos los juegos centrocaribeños y panamericanos con diferencia de apenas semanas. Ello implica compromisos tan o más grandes que este de Tokio 2020. Y el éxito de hoy no garantiza el crecimiento anhelado para dentro de dos años.

En poco tiempo, según las condiciones del país, habrá que emprender la preparación rumbo a San Salvador y Santiago de Chile. Allí habrá otras historias de gloria y patriotismo que escribir.

#CubaenTokio2020 demostró que se pueden concretar cuando se pone el corazón, y que la profecía de Fidel a inicios de siglo no eran palabras vacías. ¡Nuestros olímpicos acaban de hacerla realidad! (Texto y foto: JIT)  



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