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Por Reinier del Pino Cejas / UNEAC

Es legítimo pensar como uno quiere, como a uno le place y también expresarse conforme a ese pensamiento con total libertad. Esa es, digamos, la base de una sociedad democrática. Según los hombres y mujeres de fe, Dios nos otorgó libre albedrío y con ese gesto hizo a los seres humanos responsables de nuestros actos. Quizás por esa razón la misma Biblia aclara en uno de sus versículos que todo es lícito, pero no todo conviene.

Hay una gran diferencia entre pensar distinto y ser inconsecuente con la realidad. Una gran diferencia entre la asumir una postura crítica y blandir un argumento falso o manipulado a sabiendas de que se trata de una mentira.

Por estos días medito en las abundantes explicaciones en las redes sociales sobre la manipulación de personalidades del arte con intenciones políticas y las razones por las que  son utilizados como blanco en la guerra mediática contra Cuba. He leído historias de músicos presionados con las visas norteamericanas, con el cierre de contratos y con ser víctimas del odio de sus seguidores. Me pongo en el lugar de estos profesionales e imagino lo difícil que debe ser prestarse para un discurso en el que no creen y defender algo que no les surgió del alma, aunque les mantenga lleno el bolsillo.

He escuchado las voces de hombres y mujeres a los que admiro postularse por el consenso, por la tranquilidad, por la paz, por el entendimiento. Algunos con propuestas develadoras y revolucionarias, en todo sentido. Otros en posición más visceral y levantando voces que hasta ahora no se habían escuchado para el aporte, como si sumarse al coro lamentable de los embajadores del odio requiriera amplificar su negativa al diálogo. Hablan sobre nuestros errores y callan sobre el bloqueo. Hablan de nuestras deficiencias y no mencionan al principal causante. 

He constatado la timidez de algunos que se alarman por escenarios polarizados o radicalizados  donde las posiciones centristas parecen encerrar los mayores peligros. Volviendo a la ilustración religiosa hay de todo en la viña del señor. 

Siendo sincero, en esta guerra de símbolos solo concibo dos bandos: con el pueblo y contra él. No puedo comprender que un representante del arte, de la cultura, de la belleza, de la libertad creativa y sus muchas maneras de manifestarse no base sus intervenciones primero en el bloqueo. ¿Cómo puede un país desarrollarse, expandirse, fomentar el crecimiento espiritual de su gente mientras un cerco hostil le oprime el cuello? ¿No funciona acaso Stanivslasky para el gobierno en Cuba? ¿No habría que ponerse en la piel de ese gobierno para comprender lo conseguido hasta hoy, diferenciar lo orgánico de lo artificial? Aún con esa barrera mucho hemos hecho por nuestra gente en todos los ámbitos de la vida social. 

No creo en las ingenuidades. Creo en la responsabilidad que tienen los profesionales con su tiempo y con el futuro. En la necesidad de contar este país desde lo objetivo y sin segundas lecturas. No puede tipificarse al cubano como lo que no es. No puede permitirse la venta de un estereotipo desajustado de lo que somos, una caricatura burda de ese héroe increíble que es  el pueblo de Cuba. 

Quienes buscan la mejoría son revolucionarios. No hay otra forma para calificarlos porque el cambio es parte imprescindible del desarrollo. Pero en un cambio gestado en nuestra raíz cubana, rebelde, soberana, hay que reconocer lo bueno de esta obra imperfecta. Abrazar sus luces sin desconocer sus sombras, sin apologías, sin paternalismo, pero también sin odio y sin mentiras. No sería justo rendirse al culto del mercado y la pompa, devaluar el aplauso de los humildes, saltar ante la zanahoria de nuestros enemigos.

El arte en Cuba tiene que ser incuestionablemente popular, criollo, rural y participativo. Tiene que ser liberador y propositivo, enjundioso, capaz de transformar, señalar, educar. Cuando se levanta la espada contra la propia casa y no se tiene fuerza igual para denunciar al agresor se incurre en el delito de traición. Felizmente esta Revolución ha sembrado cultura a lo largo y ancho del archipiélago. No es privativo de una élite formarse un criterio. No se confunden el éxito y la fama, el talento y la celebridad, la actitud consecuente y la servil.  

Mucho artista valiente y comprometido sale a pelear en esta tierra. Con ellos me identifico sin dudarlo. A los ingenuos les regalo mi silencio. No hay censor más eficaz que la propia conciencia. 



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