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Por Dania Diaz Socarrás/ Radio Cadena Agramonte.

Mucho se oye acusar por estos días a Cuba de tener implantada una dictadura. Con mayor frecuencia de lo habitual, cuando tales acusaciones van y vienen sin encontrar más que algunos ignorantes oídos receptores en el mundo, la campaña de las últimas semanas ha vuelto a acentuar esa terrible imagen. Pero, ¿qué sucede en una verdadera dictadura?

Los libros de historia relatan apenas en parte las olas de muerte y hoy, hace justamente 111 años, nació uno de los cubanos que supo, como lo supo al perderlo su familia, lo que significa realmente ser víctima de un régimen dictatorial.

Rafael Trejo González, Felo, líder estudiantil, pasó de ser uno de los jóvenes que bajaba entre risas cada día la recién construida escalinata de la Universidad de La Habana, para convertirse en otro de los muertos que pretendió ocultar durante su gobierno Gerardo Machado.

Por esos días, el alegre joven acababa de cumplir los 20 años. La carrera de Derecho que no pudo terminar fue su modo de armarse para luchar por la justicia, en medio de todo lo injusto e inhumano que veía a su alrededor en la Cuba de la República Neocolonial, solo una década antes de que naciera la Constitución de 1940.

Sí, también esa Carta Magna la hemos visto mencionada en las redes sociales por estos días en que los vacíos de conocimientos de la historia de Cuba se han vuelto tendencia en algunos grupos y perfiles.

Se trata de la entonces avanzada Ley de Leyes a la que, obviando la historia, el contexto actual y hasta el sentido común, algunos nos proponen regresar, una Constitución democrático-burguesa que aunque hace 80 años trascendió por su superioridad en América, ahora no sería más que un retroceso, y mucho menos resolvería os problemas actuales de esta nación.

No es ahora el conflicto cubano los jóvenes universitarios muertos entonces por pensar diferente, mucho menos por un pensamiento de progreso; no son tiempos en que salimos con miedo a las calles por fuerzas represoras, en todo caso por alguna pedrada irracional, de las que para tranquilidad de todos, no han vuelto a ser escenario nuestras ciudades, aunque sigan corriendo como nuevas las imágenes del tan llevado y traído 11 de julio.

Pero Felo, ese muchacho ansioso de un mundo justo y equitativo, cometió el pecado de contagiar a otros con sus deseos de un mundo mejor, no por ambiciones o necesidades económicas propias, no por pertenecer a las clases más desprotegidas, sino porque supo que su misión era pensar en los demás más que en sí mismo y luchó pacíficamente por eso, apenas con su voz y con argumentos de temible solidez para una dictadura.

Trejo no alzó armas convencionales ni inventadas, no dañó a nada ni a nadie, no atacó. Solo levantó su voz, su voz que se escuchó hasta que dos disparos policiales, de los muchos que eran entonces el modo de enfrentar una manifestación estudiantil, lo arrancaron del Alma Mater. Ni siquiera ella pudo salvarlo de pasar a los tristes números negros como otro joven asesinado, otro universitario que pensó por Cuba y por eso molestó a los intereses proimperialistas, otra voz simplemente apagada en un régimen en el que sí se violaba hasta el más elemental de los derechos: el derecho a la vida. (Foto: Internet)



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