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Por Miguel Febles Hernández/ corresponsal de Granma en Camagüey.

Tenía 36 años recién cumplidos y una prometedora carrera como actriz profesional, cuando a Liliana Bacallao González el mundo se le vino encima. Los médicos detectaron que padecía celiaquía, dolencia generada por una reacción inmunológica ante el consumo de productos que contienen gluten.

“Nunca –recuerda– había escuchado hablar de ese padecimiento. Quizá desde antes ya estaba enferma, pero no lo sabía. Comía de todo. Siempre decía que tenía empacho, la comida me caía mal, vomitaba, sufría de constantes diarreas, sentía que me consumía, a tal punto que ya estaba en 39 kilogramos de peso”.

Al abusar tanto de alimentos con gluten (proteína presente en cereales como el trigo, la avena, la cebada y el centeno), el padecimiento se agudizó y la “explosión” se produjo en la adultez. Los especialistas no dudaron en afirmar: “Eres celíaca, alérgica al gluten y a la lactosa. Lo que te está matando es el pan y la leche”.

Liliana tuvo que olvidarse de las tablas, pues una prioridad marcó desde entonces su vida: ¿qué hacer para alimentarse sin poder comer pan, pizzas, espaguetis, cakes…? El momento fue traumático, sobre todo al principio, y solo pudo superarlo gracias al apoyo de su esposo Raidel Sanz Otero.

Camagüeyano él, tunera ella, decidieron de común acuerdo abandonar el ajetreo citadino y sus profesiones respectivas como tecnólogo y actriz, para adentrarse en un mundo desconocido en busca de nuevos horizontes que les permitieran mejorar la calidad de vida sobre la base del consumo de alimentos sanos.

En la tierra, la respuesta

Fue en la finca de sus compadres, a más de una decena de kilómetros de la ciudad cabecera provincial, donde se estrenaron como agricultores: juntos sembraron maíz, frijoles, frutabomba y otros cultivos necesarios para sumarse a la estricta dieta de Liliana, libre de cualquier tipo de químicos.

“Así –refiere Raidel– nos fuimos embullando y cerca de allí, en 2010, nos entregaron en usufructo 13,42 hectáreas de monte cerrado de marabú y malezas. ¿Por dónde empezamos?, nos preguntamos, asustados con la tarea. Pues nada: limpiamos un pedazo, sembramos maíz y dio unas mazorcas grandísimas”.

Aquella pequeña cosecha fue como un flechazo para asumir retos mayores. Fruto de tanto esfuerzo, los resultados no se hicieron esperar: hoy tienen unas 55 hectáreas, casi la totalidad limpias y en explotación, en la que constituye la finca La Liliana, de la cooperativa de créditos y servicios Camilo Cienfuegos.

“Si bien la producción de leche, de queso en específico, es nuestra principal fuente de ingresos –explica Raidel–, también criamos cerdos criollos, carneros, chivos, conejos, gallinas y guanajos, en cantidades que nos permiten satisfacer a plenitud las necesidades de nuestra familia durante todo el año”.

Cual tablero cuadriculado, aparecen igualmente sembradíos de yuca, plátano, maíz, calabaza, frijoles, arroz, malanga, ñame, hortalizas, ajo y cebolla, en armoniosa vecindad con plantas proteicas para la alimentación animal, y con un bosque natural que acoge especies endémicas de la flora y la fauna.

Agroecología a la orden

“Aquí todo lo que se utiliza –asegura Liliana– es 100 % agroecológico, pues, además del gluten y la lactosa, las sustancias químicas son una de las cosas que más afectan a los pacientes celíacos y a quienes padecen de problemas digestivos, trastornos intestinales u otras dolencias relacionadas”.

Una vez convertidos en guajiros, Raidel Sanz y Liliana Bacallao decidieron poner la ciencia y la técnica al servicio de la finca. En estrecha cooperación con la Universidad de Camagüey y otros centros de investigación estudian los suelos, aplican bioplaguicidas en los cultivos y elaboran abonos orgánicos.

“Con la tierra –expresa Raidel– mucha gente lo que hace es un simple trabajo de minería: se le saca y se le saca provecho, sin aportarle nada que le permita recuperarse y no perder su fertilidad. Eso aquí no ocurre, porque siempre estamos al tanto de rotar los cultivos o dejar reposar las parcelas más explotadas”.

Esas y otras muchas buenas prácticas se las transmiten al resto de los campesinos locales, máxime en los últimos tiempos en que, agobiados por la falta de plaguicidas y fertilizantes importados, han tenido que acudir obligatoriamente a los productos ecológicos para mejorar los rendimientos de las cosechas.

“Con bastante frecuencia –relata Liliana– alguien me llama cuando le ha caído una plaga y me pregunta ¿qué hago? Entonces le respondo: Coge anamú, olvídate del olor penetrante y desagradable, mételo en una vasija, déjalo reposar 15 días, luego aplícalo y verás que acaba con la mosca blanca”.

Sensibilidad ante el dilema de otros

Hasta ese momento, a Liliana Bacallao solo le había preocupado resolver “su” problema de salud: “Cierto día fui al hospital y encontré a varios niños con esta enfermedad, mientras las madres comentaban entre sí los avatares para poder alimentarlos. Ahí fue cuando, junto a mi esposo, decidí hacer algo por ellos”.

Sobre la base de la harina de yuca y de arroz, más otros ingredientes naturales, comenzaron a probar y a innovar hasta lograr una amplia variedad de platos (croquetas, frituras, cakes, empanadillas y mantecaditos, entre otros) que, en forma de pequeños módulos los donaron a algunas de esas familias.

“Sin embargo –precisa Liliana–, comprendimos que, además de la ayuda, lo importante era capacitar a los padres, por ejemplo, en las cosas que se pueden hacer con la maicena y en la búsqueda de la mayor cantidad de alternativas de ofertas, pues el paciente celíaco tiende a aburrirse de comer siempre lo mismo”.

La idea va más allá, como recuperar platos que las personas han olvidado o no disponen de los recursos para hacerlos, como boniatillo, pan patato, casabe, casquitos de guayaba, dulce de coco, frituras de ñame o flan de calabaza, todos los cuales pueden ser consumidos por quienes padecen la enfermedad.

“Los niños, sobre todo, sufren mucho, lo mismo en la escuela, en la casa, que en cualquier lugar al que asistan, porque les resulta prohibitivo ingerir alimentos que contengan gluten. Es por ello que, para paliar en algo esa dificultad, en sus cumpleaños les llevamos un buffet con dulces y golosinas libres de esa proteína”.

De sueños y obstáculos

Gracias a esos gestos e iniciativas, se conformó un grupo de amigos, unidos por el padecimiento, cuyo propósito es oficializar lo que ellos llaman la Asociación de Celíacos de Camagüey (Acecam), para encauzar acciones de capacitación, actividades culturales y encuentros de confraternización entre los pacientes.

“Fruto de esas primeras gestiones –subraya Liliana–, se logró establecer, los últimos viernes de cada mes, una consulta multidisciplinaria para diagnosticar y dar seguimiento a niños, jóvenes y adultos celíacos en el policlínico de especialidades del Hospital Pediátrico Eduardo Agramonte Piña”.

De esa manera, pretenden conocer con mayor exactitud la cantidad de personas enfermas que existen en la provincia, pues las cifras oficiales (82 niños) se refieren a los menores de 19 años que tiene registrados la Oficoda para la entrega de una dieta especial respaldada por el Estado.

“Una vez cumplida esa edad –comenta Liliana–, se les retira la dieta, pero siguen siendo celíacos. Considero que cada provincia debe buscarle solución al problema, porque resulta harto difícil viajar cientos de kilómetros para adquirir los módulos en las cuatro panaderías especializadas que hoy existen en el país”.

Mientras aparece una respuesta mucho más cercana a las posibilidades de los enfermos, Liliana Bacallao y Raidel Sanz tienen un proyecto que no quisieran demorar en concretar: el montaje de una minindustria en áreas de la finca, dedicada exclusivamente a elaborar productos libres de gluten y de lactosa.

“Con ello pretendemos demostrar, de forma modesta, que los campesinos podemos hacer una harina de calidad, basada en la yuca, el arroz, el sorgo, el mijo y la linaza, que puede sustituir la que se adquiere con ese fin a altos precios en el mercado internacional”. (Foto: Rodolfo Blanco Cué/ ACN)



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