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Por Gelsy Rodríguez Rivero/ Radio Cadena Agramonte.
Con apenas 22 años organizó Frank el alzamiento en Santiago de Cuba. Con tan corta edad, pero tan inmenso amor a la Patria, faltaba experiencia pero sobraba coraje y espíritu revolucionario para lanzarse a la lucha por la independencia.

Bien lo supo la ciudad heroica aquel viernes de 1956 cuando los jóvenes del Movimiento 26 de Julio, liderados por su Jefe de acción y sabotaje, asaltaron las antiguas estaciones de la Policía Nacional y Marítima para apoyar el desembarco del yate Granma.

No había otro camino posible que tomar las armas para derrocar a la tiranía batistiana, y aunque el imprevisto atraso por la caída al mar de un combatiente impidió que el levantamiento coincidiera con la llegada de los expedicionarios, sí demostró que desde dentro también se encendía la llama de la libertad.

Por ese ideal entregaron su vida aquella mañana del 30 de noviembre Pepito Tey, Tony Alomá y Otto Parellada, los muchachos que hasta el último aliento defendieron la causa en la que creían.

Aquel amanecer en Santiago fue una clarinada, un llamado al combate, una sentencia visionaria de que por Cuba, y con ella, ya no había vuelta atrás.

Quizás no es casual entonces que Frank lleve el apellido de País. El día del alzamiento se estrenó de verde olivo y todo el Oriente vio el color de la esperanza uniformada. Llevaba en el hombro el brazalete rojo y negro y en el pecho un corazón de hombre-Patria.

Se probaron no solo sus capacidades organizativas y sus dotes de estratega militar, también su condianza y lealtad a Fidel, quien tuvo en él un apoyo incondicional e imprescindible para cumplir la promesa de ser libres o mártires.

Los jóvenes que protagonizaron las acciones del 30 de noviembre de 1956 fueron ese fuego-luz que acompañó siempre a los rebeldes hasta el triunfo definitivo. Prendida estaba la llama de la Revolución. (Foto: Archivo/ Montaje del periódico Invasor)



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