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Camagüey creía ver por última vez a Fidel en la tarde noche lluviosa de aquel primero de diciembre de 2016, cuando el dolor asomaba por los ojos de miles de agramontinos que, pensaban, decían adiós al Comandante, y le agradecían por tanto.

La consternación por un hecho físico, material, propio de la vida en la Tierra, ocupaba las almas de cientos y cientos que en calles, carreteras y avenidas saludaron al Jefe mayor de la Revolución Cubana, y le acompañaron en su breve parada para que, al día siguiente, continuara rumbo al Oriente.

Sin embargo, marcaba ese momento en la historia patria el punto exacto en el que las ideas de un hombre dejaban de habitarlo para multiplicarse en millones, en la obra cotidiana de una nación que no dejaba morir a su Líder Histórico y que ante sus restos ratificaba: Yo soy Fidel.

Han pasado cinco años de aquella despedida que le abrió las puertas al profeta de la aurora a la inmortalidad, porque “la muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”, tal y como sentenciara el Maestro que guió a toda una generación a mover los cimientos de un país para edificarlo, con justicia y libertad, desde el primero de enero de 1959.

Diciembre abre para los camagüeyanos con las imágenes imborrables de aquel 2016 cuando, ante la inmensidad de un hombre que hace historia, le juramos lealtad eterna para vencer cualquier obstáculo, justo como solo él supo y sabe guiarnos. (Juan Mendoza Medina/Radio Cadena Agramonte) (Foto tomada del periódico Adelante)



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