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Viernes, 16 de Diciembre de 2011 - 06:00:00 | 2927 | |

René Cardona Fuentes, un testigo de puño y letra

En este artículo: René Cardona Fuentes, Romanillo, Morón, Ciego de Ávila, Conrado Benítez, Campaña de Alfabetización, El Escambray



Por Rolando Sarmiento Ricart/Colaborador de Radio Cadena Agramonte.
rcadigital@rcagramonte.icrt.cu

Medio siglo después, René, en la misma casa de Florida, Camagüey.Hace 50 años conocí  a René Cardona Fuentes, en Romanillo, comarca de Morón, actual provincia de Ciego de Ávila, donde, en apenas 12 bohíos dispersos, vivían pequeños agricultores y jornaleros de la caña de azúcar.

Él era el más chiquito de los cinco brigadistas “Conrado Benítez” llegados al lugar sin más equipaje en la mochilita de caqui que la cartilla, el manual Venceremos y el farol chino para alfabetizar a casi la mayoría del caserío rural.


“Cuando comenzó la Campaña de Alfabetización yo solo había aprobado el sexto grado y mi papá no quería que me enrolara. Insistí y salí de mi casa en Florida sin saber que me ubicarían muy lejos, en el bohío de Mercedes Borroto Muñoz, ‘Chea’, para darle clases a ocho analfabetos y compartir con ellos las duras faenas del campo”.

Romanillo era entonces un emporio donde los naranjales de los hermanos Troya Amador, los cultivos varios y los cañaverales se besaban en primavera por encima del estrecho e intransitable camino real, cuya entrada y salida o viceversa se hacía por el Mijial (ramal ferroviario entre Pina y Morón) o el Naranjo, más distante, zona que en  el año 1961 carecía de escuela, consultorio del médico de la familia, y no disponía de mínimos servicios sociales, a no ser una tienda del pueblo en el mismo corazón de la antigua colonia cañera, vía expedita para el tránsito de grupúsculos de alzados contrarrevolucionarios entre las lomas de Cunagua y El Escambray.

A la izquierda, René, detrás Radamés, maestro voluntario de La Habana; a su lado Cervantes, coordinador de la Campaña de Alfabetización en la zona y, con el farol,  Rolando, brigadistas “Conrado Benítez”.

“Recuerdo el paso de esos hombres por las noches, y cómo -para proteger a los vecinos y a nosotros los brigadistas-, los campesinos crearon las milicias armadas con escopetas de caza, uno que otro revolver y machetes.

“Sin embargo, varias veces para cobrar el estipendio de 10 pesos, fuimos a lomo de caballos prestados hasta El Naranjo, hoy una zona turística, pero hace medio siglo solo una tienda a la orilla de un río, a la cual se llegaba por un desolado sendero forrado de monte. Iba en una yegua que me tenía un odio tremendo, solo su dueño podía montarla y todo el camino trataba de virarse para morderme. Fíjate si me tenía odio, que pasados algunos años de la campaña de alfabetización, volví al lugar y la yegua, maltrecha porque le había caído un rayo, me reconoció e intentó caerme  a mordiscos.

“Mercedes ‘Chea’ me acogió en su pobre hogar como un niño. Compartí con esa familia los buenos momentos y la diaria cargadera de agua con cubos y vara entre platanales. Ella era la persona más obesa de esa zona: una vez vino de visita a mi casa en Florida y tuve que abrir de par en par las dos hojas de la puerta para que pudiera pasar.

“Enseñé a leer y escribir a ocho campesinos, y  di seguimiento a cinco muchachos antes de marchar para el acto nacional el 22 de diciembre de 1961, en La Habana, histórico día cuando Cuba se declaró territorio libre de analfabetismo”.

Y René, hoy jubilado del sector de la construcción en Camagüey, con una vida destacada en las obras de los grandes proyectos hidráulicos ideados también por Fidel, coincide con aquellos cuatro brigadistas de Romanillo, y con los más de cien mil de todo el país en que:

“No solo dejamos nuestros hogares en un contexto político-económico muy difícil para enseñar y educar; con el concurso de los propios campesinos construimos  excusados y escuelas rústicas, demostramos que la diarrea y los vómitos de los niños no eran mal de ojo,  fácilmente prevenible y curable si se hervía el agua, se cocinaban bien los alimentos, se iba primero al médico y no al santero, y todos -antes de tocar al ‘vejigo’- se lavaban bien las manos.

René, con Rolando, recuerda pasajes de la grandiosa proeza educacional cubana de 1961.

“Demostramos que la luz que rodeaba la casa del viejo Romero no era un muerto en pena, sino fuego fatuo; que cuando la gallina canta como gallo y grazna la lechuza no se muere alguien ni hay mala suerte, tampoco que hay que tapar los espejos durante la tormenta para evitar relámpagos y rayos…

“En fin, Nelson Mantilla, Francisco Alonso, Pablo Rodríguez (fallecido), Rolando y yo, los cinco brigadistas de Romanillo, aprendimos de la gente de la tierra la pureza e inocencia de sus sentimientos y las inagotables reservas de la naturaleza. Y llenamos de honrosas ampollas las manos de enseñar Revolución”. (Fotos: Manuel Cano Sarabia, fundador de TV Canal 11 de Camagüey, y Orlando Durán Hernández).

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