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Cumple, cumpliría… ¿En qué tiempo conjugar el verbo para recordar que hace 80 años, el 16 de julio de 1932, le nació a los Echeverría-Bianchi el primero de los hijos y a la Patria, uno de los más valientes, íntegros y amados?


“Cumpliría” lo supone muerto; “cumple”, octogenario, y a José Antonio -porque de José Antonio Echeverría se trata- solo puedo imaginarlo vivo y joven, por los siglos de los siglos, de seguro porque “era un hombre del mañana”, al decir de Carilda Oliver Labra, que le conoció "el oficio de eternidad" en la mirada.

Las luchas estudiantiles y, sobre todo, la hombradía del 13 de marzo de 1957, dejan poquísimo espacio en los libros a aquella otra tarde, la del parto feliz en la casona familiar en Cárdenas, 24 años, siete meses y 25 días antes.

El ruido ensordecedor de los disparos y la alocución por Radio Reloj, sacada del aire tras un “¡Cubanos que me escuchan…!” la cual dejó con el alma en vilo a la nación durante horas, tornan inaudible el llanto del recién nacido.

Es lógico. Esos cinco últimos años, desde el zarpazo militar del 10 de marzo de 1952 hasta aquel encontronazo final con la policía del tirano al costado de la Universidad de La Habana, los vivió el Gordo -como le llamaban sus amigos-  con la prisa de quien se sabe sin tiempo y con el mundo por hacer.

¡Y vaya si lo hizo! Creo que solo la de Julio -ese otro Antonio paradigmático de la juventud cubana- supera en intensidad la vida breve, pero extraordinariamente fecunda, de quien en tribunas, manifestaciones, la clandestinidad y el combate en plena calle, siempre a la vanguardia, se graduó con honores de arquitecto de la unidad inquebrantable del estudiantado con su Revolución.

Pero, cuidado, que el recuento agradecido de sus hazañas, la alabanza merecida de sus virtudes, la exaltación del líder estudiantil y revolucionario, no vayan restando color y nitidez a la figura humana, y el mito acabe devorando al hombre.

Tanto o más que del héroe, a los niños, adolescentes y jóvenes de hoy y de mañana, ha de hablárseles del niño, el adolescente y el joven que fue José Antonio; tanto más mientras más tiempo pase, para que no quede atrapado en mármoles y bronces, óleos y acuarelas, cintas de audio, libros, fotos e imágenes de archivo.

Porque, definitivamente, no nació héroe. Como cualquiera montó patines y bicicleta en el parque, hizo travesuras, se fajó, tiró “tacos” en el aula; le gustaban las fiestas, el baile, salir con la novia, bañarse en Varadero, compartir con los amigos, beber par de cervezas…

Del niño alegre, inquieto, rebelde y generoso que fue, hay y habrá que hablarles, igual que del hijo cariñoso, el hermano protector, el amigo leal, y de sus notas sobresalientes, su pasión por los libros, las matemáticas, los deportes, la música, la pintura y el dibujo; del asma crónica y severa que tocó a su puerta a los dos años, de la afición por la filatelia.

Hablarles del líder carismático, querido y respetado, dentro y fuera de la Universidad; del martiano apasionado, el patriota, el revolucionario, de sus ideales de justicia, dotes de orador, gran visión política, altruismo y temeridad, pero también del muchacho simpático, afable, dicharachero, bromista y siempre sonriente.

Solo así estará completo el retrato. A fin de cuentas, si el estudiantado le confió la dirección de la FEU y lo siguió tantas veces Colina abajo, fue porque podía reconocerse en José Antonio para nada al superhombre ni al Mesías, aunque sí con muchas cualidades, algunas innatas, otras forjadas en el hogar y la escuela, y todas acrisoladas en la lucha.

“Trato sencillamente de cumplir con mi deber”, escribió en su Testamento Político; “El libro de la Historia nos está esperando. Escribamos en sus páginas actos dignos de nuestros antecesores. Como representantes de la juventud cubana e hijos cubanos, tenemos sobre nuestros hombros una seria tarea que cumplir”, había expresado meses antes, en julio de 1956, al ser reelecto Presidente de la Federación Estudiantil Universitaria.

Generación tras generación, la juventud cubana no ha tenido tarea más seria, deber más sagrado ni página más gloriosa por escribir, que hacer Revolución. Entonces y después, ahora y siempre, esa fue, es y será su gran misión y compromiso mayor.

“Yo no te dejo solo”, le aseguró a Faure Chomón aquel 13 de marzo y nos cumplió a todos la promesa. A su querida Colina volvió ese día, ya para siempre joven, y desde entonces puede vérsele, multiplicado su rostro y sueños en la muchachada, condiscípulo y mentor, eterno Presidente de la FEU, arengando y combatiendo, imparable, porque, ¿quién podría detener el alba?

Celebremos, pues, los 80 de este joven formidable, con la certeza de que, porque de nosotros depende, hay Gordo para rato, o mejor aún, para siempre. (María Elena Álvarez Ponce, AIN)



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