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Managua, 6 feb.- Guardabarranco, un movimiento ambientalista en Nicaragua, gana seguidores entre los jóvenes por proyectos que buscan ensanchar horizontes culturales y responder a las urgencias de sitios como una cuenca hidrográfica en peligro de destrucción.

Ninguna tarea resulta baldía, eliminan desperdicios en lagos, playas y solares yermos, crean huertos para la agricultura urbana y ayudan a las familias a plantar árboles frutales y maderables en sus patios, pero quizás ninguna propuesta motive tanto interés como el viaje al sureño río San Juan.

Aunque la estancia allí resulta inhóspita es una experiencia formidable para aprender sobre las reacciones de la naturaleza agredida, relatan los muchachos, quienes llegan al lugar en oleadas sucesivas de relevo.

Aguas, terrenos circundantes y diversas especies de animales exhiben estragos adicionales debido a la construcción de una carretera por parte de Costa Rica en las cercanías al torrente fluvial, dictaminan expertos y reconocen funcionarios de organismos multilaterales.

Juan Bautista Arríen, representante aquí de la Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia, la Educación y la Cultura (UNESCO), observa con preocupación la multiplicidad de reportes sobre los estragos en la zona, incluida entre las reservas internacionales de biosfera.

El fin de semana anterior, jóvenes oriundos de las ciudades de León y Chinandega concluyeron su preparación para incorporarse a las labores de limpieza y reforestación en territorios aledaños al río, escenario de históricas desavenencias entre ambos países.

Con este contingente suman más de seis mil los que respondieron a la convocatoria de Guardabarranco desde el inicio del proyecto, indican los organizadores.

Cada grupo recibe previamente un curso de diplomado que imparten distintos especialistas, incluidos profesores universitarios, a fin de ofrecer información sobre la historia del lugar y sus particularidades en cuanto a flora y fauna.

Entre las demarcaciones favorecidas por los brigadistas voluntarios figura la desembocadura del San Juan, donde se ubica Harbour Head, un humedal nicaragüense que Costa Rica reclama como suyo ante la Corte Internacional de Justicia, con sede en La Haya, Holanda.

Para Néstor Pineda, del equipo nacional de Guardabarranco, aspectos teóricos y vivencias en el terreno ayudan a fomentar la cultura ambientalista, algo fundamental para Nicaragua dada la riqueza de su patrimonio.

Esta nación centroamericana posee 71 áreas protegidas, entre las que también sobresalen las reservas de Bosawás e Indio Maíz, con 20 mil y tres mil kilómetros cuadrados, respectivamente, cuenta con abundantes ríos, dos grandes lagos, numerosas lagunas y una masa forestal superior a los 32 mil kilómetros cuadrados.

En 2011 la Organización de las Naciones Unidas (ONU) proclamó la Década sobre la Biodiversidad (2011-2020), con el propósito de promover conciencia internacional sobre los temas en análisis.

Garantizar verdadero desarrollo sostenible para la creciente familia humana depende de la biodiversidad biológica, de los bienes vitales y servicios que ella ofrece, subrayó entonces el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon.

Al decir de los entendidos, las pérdidas contemporáneas en detrimento de la naturaleza carecen de parangón en la historia y muchos ecosistemas están a punto de traspasar los límites más allá de los cuales no podrán recuperarse.

El plan 2011-2020, expuesto por la ONU, contiene objetivos y metas que van desde la incorporación de los asuntos de la biodiversidad a la gestión de los gobiernos y la sociedad hasta medidas para proteger los ecosistemas, las especies y la diversidad genética.

Experiencias como las de Guardabarranco en Nicaragua, a partir del activismo social de la juventud, aportan a ese empeño necesitado de mayores defensores en el planeta. (PL).




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