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Por Yurislenia Pardo Ortega/ Radio Cadena Agramonte.
yurislenia@rcagramonte.icrt.cu
Al sur de la provincia de Matanzas se encuentra la Ciénaga de Zapata, unos cinco mil kilómetros cuadrados de humedal que forman parte de la reserva de la biosfera. Tierra de carboneros, de gente humilde y trabajadora.
A la zona de Santo Tomás, en el mismo corazón del pantano, llegó un día el actor Manuel Porto para filmar la telenovela “Cuando el agua regresa a la tierra”, en la cual asumió el personaje de Venturita. Pero él no se fue más, allí encontró el amor de pareja y la realización profesional. Entonces se dedicó a fundar una familia pequeña y una más grande, el conjunto artístico “Korimakao”.
Un nombre que bien describe las esencias mismas de este proyecto que desanda los pantanos multiplicando la cultura nacional. Dicen que antes los cenagueros eran nómadas, por el crecimiento de las aguas, y los que venían de otras partes del país les decían korimakaos, que significa “hombre con la casa a cuestas”.
La concreción de un sueño
Cuentan los que junto a Porto se aventuraron en aquella empresa en los primeros años, que fue muy difícil. El país pasaba por la etapa más dura de la crisis de los 90 del siglo XX -el llamado periodo especial-, y no había condiciones materiales ningunas, ni siquiera para que vivieran los artistas.
Pero eso no detuvo a aquellos jóvenes, que algunos tildaban de aventureros o locos, y se aferraron a su credo de que a los hombres, además de la barriga, hay que llenarles el alma.
“Todo cambió a partir de un encuentro de Manuel Porto con Fidel Castro, en una visita del líder de la Revolución al poblado de Pálpite en el 2001”, rememora Yander Roche, director artístico general de Korimakao.
Durante el intercambio, el fundador y director del proyecto le comentó al Comandante en Jefe su propósito de fundar el primer Centro Internacional de Arte Comunitario y dos años después comenzaron a llegar los recursos que permitieron construir la sede actual, donde faltan algunas cosas aún, pero nada tiene que ver con las condiciones iniciales.
“Al principio la fuerza artística era de la Ciénaga, pero después eso fue cambiando. Ahora en este lugar hay jóvenes de todas las partes del país, y el 95 % de ellos no tiene una formación académica artística, sino empírica y autodidacta. Ah!, eso sí, pero con mucho talento y encuentran aquí un espacio para realizar sus sueños.
“Esto no es una escuela desde el punto de vista profesional, pero sí tiene una intención en la formación de valores. El arte se convierte en un pretexto para lograr esa obra humanística”, significó Yander.
Realmente, mucho hacen estos jóvenes por los cenagueros y por Cuba.
Cada año -antes en los meses de julio y agosto, y ahora en noviembre y diciembre- los korimakaos recogen luces, escenografías, vestuarios y equipos de audio y salen a recorrer cada poblado del humedal con espectáculos para todos los públicos.
Además de los intercambios con instituciones culturales nacionales y las giras que han realizado por algunos territorios del país, se han presentado también en Venezuela y París.
El resto del año, de lunes a sábados, desde que despierta el día y hasta después que duerme, ellos ensayan una y otra vez para que su arte siga siendo pulcro. Solo van a casa para los festejos de diciembre, y por pocos días.
Allí, en la sede del proyecto en el poblado de Pálpite, nos sorprendió encontrar a tres camagüeyanos miembros del grupo:
De la campiña al pantano
Quién iba a imaginar que aquel mulato de drelos, Gilmer Cowell Guerra, era nacido también en mi tierra, y mucho menos del reparto Florat.
“Lo mío es muy curioso, porque Florat es un barrio marginal. En Camagüey una vez me dio por querer ver los ensayos de grupos de teatro, ni siquiera me interesaba ser actor.
Trabajaba en ese momento en la fábrica de cerveza Tínima; un día llegué a casa y mi mamá me dijo que había salido por la televisión Manuel Porto haciendo una convocatoria para Korimakao y le dije: Ah, sí! voy pa’ allá a presentarme. Yo que soy guajiro, a donde más lejos había llegado es a Ciego de Ávila, pero me mandé para acá.
“Aquí hice los exámenes, aprobé pero me dijeron que no había plazas, y tuve que volver a Camagüey.
Pensé me habían dicho que aprobé para que no perdiera el ánimo y seguí en mi fábrica de cerveza, hasta que un día me llamaron y me dijeron ven para acá, y ya de eso hace casi seis años”.
De Yisel López Cuevas, la primera impresión fue que era santiaguera, por la sandunga con que baila y lo bulliciosa que es. Pero es de esas sorpresas que da la vida, de las que demuestran que a veces los estereotipos engañan. Pues muy camagüeyana, del reparto Inra, salió la Yisel y orgullosa de serlo.
“Trabajaba en una Casa de Cultura, como instructora, dando clases a niños de seis a 16 años de edad, pero mi sueño era bailar. Y un día llegaron Gilmer y su novia a mi centro de trabajo, a hacer convocatorias del conjunto, y yo estaba dando mi taller de las 5:00 de la tarde, y allí me atraparon.
“Yo lo sentí como un cambio, una idea loca, algo para probar, algo que no había vivido y quería experimentar. Y aquí estoy hace un año y seis meses, conviviendo con este grupo de hermanos, en familia”.
La gran revelación de aquella tríada principeña fue Miguel Ángel Sánchez Yanes, Miguelito, un muchacho de 19 años de edad, que mucho tuvo que bregar hasta llegar a la Ciénaga para construir su futuro:
“Fue como si me cayera del cielo. Yo me pasé cinco años en la Escuela Vocacional de Arte de Camagüey, pero cuando fui a La Habana a hacer las pruebas, no logré el pase de nivel. Entonces matriculé Economía, pero al tiempito la dejé, no me gustaba; entonces entré en la compañía teatral La Andariega, mas por edad tuve que irme. Después pasé por el Ballet Folklórico de Camagüey, luego por el Ballet Contemporáneo Endedans, pero como no había aprobado el bachillerato (aquí lo estoy terminando) también tuve que dejar esos colectivos.
“Me desilusioné y salí del baile. Laboré en la campaña antivectorial... y un día, trabajando de custodio frente a la Academia de Arte “Vicentina de la Torre”, vi que venía mi amigo Yaider, a quien conocía de La Andariega.
“Recuerdo que traía un pulóver con un letrero ‘Te regalo la esperanza’ y allí mismo se puso a hablarme de Korimakao y me llevó con él cuando regresó. Aquí me hicieron exámenes y actualmente me encuentro aún en periodo de prueba, solo llevo tres meses.
Korimakao: su brújula
Korimakao es una especie de brújula que ha ayudado a encontrar el camino a cientos de jóvenes a lo largo de sus más 20 años de existencia. De allí que su obra no solo tiene un valor artístico, sino también social.
“Aquí han venido jóvenes con serios problemas de carácter y otros que han estado presos, pero desde que llegas te dejan claro que en Korimakao eso significa nada. Aquí solo te piden que tengas talento, no un pasado impecable, ni un título.
“De madurarte y hacerte crecer se encargan acá adentro, te construyen”, dice con sentida pasión Gilmer.
“Es una oportunidad para jóvenes con inquietudes artísticas que no han tenido la posibilidad de estudiar en una escuela. Muchos vienen con total desconocimiento y esto te engancha”, asegura.
“La Yisel que está aquí ahora no es la misma que llegó hace un año y tanto. Porto siempre me dicen que yo soy una negrita de solar, siempre gritando y ‘dando chucho’ (criticando en buena onda), pero Korimakao me ha moldeado, ha cambiado para bien mucho de mí”.
Miguelito, antes de llegar aquí, “era muy introvertido, y Korimakao me ha ayudado a salir de mis miedos y mis penas. Aquí no se puede ser un ermitaño, la dinámica no te lo permite”
¡Cuántas historias como estas se repetirán a lo largo y ancho de la Isla! Cómo saber cuántos de los korimakaos que por allí pasaron creyeron que antes todo estaba perdido para ellos en el arte.
La familia grande de Porto. Cómo lo ven sus hijos.
Yisel: Aunque sea el actor y maestro inmenso que es, se pone a la par tuya y más que nada, comparte contigo lo que sabe. Es una gente de sentimientos muy buenos, se sienta contigo horas de horas a conversar, y si tú no le dices, mira ya que hay dormir, él se pasa ahí la noche contándote chistes, y risas van y vienen. Eso a mí me encantó desde el principio, porque antes de venir pensé que estar ante él iba a ser enfrentar un muro muy grande, y ha sido todo lo contrario.
Gilmer: Ahora que su enfermedad -la diabetes mellitus- se lo impide, ya él no puede estar todo el tiempo aquí. Entonces, cuándo llega y ve a alguien nuevo le suelta: “¿y-ete-quién-é?”, porque es así de campechano. Yo, que no tengo a nadie en La Habana, cada vez que voy a las clases del Instituto Superior de Arte me quedo en su casa, y él se pasa el día entero bromeando, que si le fuiste a comer la comida y no llevaste nada. Y a la esposa le dice “¿mamá, y por qué tú le echas a este negro más refresco que a mí?”.
Porto es así, una persona natural, jocosa, tiene esa posibilidad -yo que vengo de la fábrica de cerveza y él que viene de instituciones artísticas- de llegarme a mí y llegarle a él. Pero así de jodedor, así de exigente”
Ahora entiendo que Korimakao no es solo Porto, y que este proyecto perdurará aunque él un día no esté, porque ellos ya son una familia. Y familia al fin, aunque el padre esté ausente esos lazos no se pierden nunca.
(Fotos: Leandro A. Pérez).