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Por Tay Toscano Jerez/Radio Cadena Agramonte. 

Mi madre ya no está conmigo. Lamentablemente su corazón dejó de latir en agosto de este año. Es grande el dolor por su pérdida, pero me queda la tranquilidad de que su vida se prolongó más allá de lo que sus dolencias cardiovasculares aconsejaban.

Desde muy joven mi progenitora padeció de hipertensión arterial y no faltaron jamás sus tratamientos.  Varios de ellos le fueron aplicados en busca de la necesaria estabilización de su sistema cardiovascular.

No pocas veces acudí con ella al Cuerpo de Guardia del Policlínico Docente Previsora en el reparto de igual nombre en la capital camagüeyana; jamás nadie nos preguntó por nuestra procedencia, ni el dinero con que contábamos.  Los únicos datos que me requirieron  siempre fueron los personales y los de las medicinas que tomaba habitualmente.

Tampoco nadie dudó en llamar a las ambulancias del sistema de Urgencias Médicas (SIUM) para remitirla al hospital correspondiente.

¿Por qué comparto con miles de personas algo tan personal? Pues esta es una de las vivencias más cercanas que tengo de lo que es respeto por los derechos humanos. En ninguna de las hospitalizaciones de mi madre tuve que pasar por la zozobra de tener a mano dinero para pagar algunas de las pruebas que le hicieron.  Nadie me cobró primero para luego hacerle una ecografía, ni un electrocardiograma; tampoco por mantenerla acoplada a un monitor que indicaba a los especialistas su ritmo y frecuencia cardíacos.

Ninguna de esas atenciones transcurrió en una clínica privada.  Todo tuvo lugar en la sala de Cardiología del Hospital Provincial “Manuel Ascunce Domenech”, de Camagüey, cuyo personal  da muestras de que la preparación recibida  se pone en función del bienestar colectivo.

Este 10 de diciembre es el Día Internacional de los Derechos Humanos y sé que en muchas partes del mundo  la jornada se dedica a reclamar justamente su respeto. 

En Cuba  cada uno de los 365 días del año es un canto al respeto a los derechos humanos para que personas como mi madre puedan prolongar su existencia más allá de lo que sus padecimientos crónicos aconsejan.

Como dice el título de mi trabajo, en Cuba los derechos humanos son un canto para prolongar la vida.



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