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Por Jorge Wejebe Cobo/ ACN

El  25 de marzo de 1895 le faltaba poco por realizar a José Martí en el extranjero después de elaborar, junto a Máximo Gómez, el Manifiesto de Montecristi, en el pueblo de igual nombre en la República Dominicana, que anunciaría al mundo  las razones del inicio de la Guerra Necesaria del pueblo cubano por su independencia.

Por primera vez en nuestra Historia se dirigían las fuerzas revolucionarias gracias  a la concertación de una organización superior, el  Partido Revolucionario Cubano, que aglutinó el liderazgo de los líderes veteranos de anteriores contiendas, en unión de las nuevas hornadas de patriotas.

El Manifiesto de Montecristi precisó que la Guerra Necesaria era continuidad de la contienda iniciada en La Demajagua en 1868 para salvar la Patria desde su raíz y preservarla del lastre del caudillismo, las tiranías y las guerras civiles en que, en ocasiones, terminaron las repúblicas hermanas nacidas de las revoluciones en el primer cuarto de siglo.

Al respecto señala el documento: “Cuba vuelve a la guerra con un pueblo democrático y culto, conocedor celoso de su derecho y del ajeno; o de cultura mucho mayor, en lo más humilde de él, que las masas llaneras o indias con que, a la voz de los héroes primados de la emancipación, se mudaron de hatos en naciones las silenciosas colonias de América...”

Además, denuncia y rechaza  el racismo,  el miedo al negro, factor que contribuyó al Pacto del Zanjón y a la conclusión de la contienda de los Diez Años y alerta: “La Revolución, con su carga de mártires desmiente indignada, como desmiente la larga prueba de la emigración y de la tregua en la isla, la tacha de amenaza de la raza negra con que se quisiese inicuamente levantar por los beneficiarios del régimen de España, el miedo a la Revolución”.

Pocos proyectos e insurrecciones nacionales en el siglo XIX proclamaron con tanta claridad como el Manifiesto de Montecristi principios éticos y progresistas para iniciar una guerra, aunque  solo “terminable por la victoria o el sepulcro” y conducida por dirigentes limpios  de odio y garantía por el respeto al español que no se oponga , ni se humille  “siquiera de un grupo equivocado de cubanos”.

Llegó a prever cómo España lanzaría sobre Cuba a los campesinos reclutados entre los más pobres, sin recursos para pagar y salvarse del servicio militar en la corrupta metrópoli, y serían arrancados de su terruño para venir a enfrentarse a quienes peleaban por la libertad que ellos mismos ansían. Y aclaró: “la Revolución quisiera más que su muerte como enemigo, acogerlos”.

Martí y Gómez  se adelantaron a su tiempo en el histórico documento, sobre todo a los esfuerzos infructuosos que a principios del siglo XX se realizaron por medio de convenciones y tratados internacionales para regular la crueldad de los enfrentamientos bélicos.  

Esboza el texto que el nuevo proyecto libertario no cuenta, ni pretende  ninguna intervención militar extranjera para concluir la guerra que  en aquel contexto solo podría ser la de EE.UU. y  ratifica:” Los cubanos empezamos la guerra, y los cubanos y los españoles la terminaremos. No nos maltraten, y no se les maltratará. Respeten, y se les respetará. Al acero responda el acero”.

Pocas semanas después, Martí, ya en la manigua redentora, le escribe a su amigo Manuel Mercado, horas antes de caer en combate el 19 de mayo de 1895, lo que podemos considerar como un complemento del Manifiesto de Montecristi, al explicar que la independencia cubana se hace para impedir la extensión imperialista de Norteamérica a la región, lo cual mantiene  una renovada importancia en el presente. (Foto: Archivo)



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