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Martes, 11 de Mayo de 2010 - 19:26:50 | 2107 | |

Paradero de Las Minas: Dignidad vs soberbia

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Por Lázaro David Najarro Pujol/Radio Cadena Agramonte.

Aún con los ecos del llamado a los camagüeyanos a empuñar las armas y lanzarse a la manigua, aquel 4 de noviembre de 1868 en el levantamiento de Las Clavellinas, al este-nordeste de la otrora Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, comenzaron a surgir algunas figuras claudicantes dentro del campo revolucionario.



José Martí muy claramente sentenció que había "espíritus blandos que se rizan como la superficie de los mares, a unos y otros vientos, y van donde va el aire".

Estas frases del Apóstol vienen muy bien con lo que se empezó a fraguar en Camagüey tras el levantamiento, amenazado este último por la actitud traidora de Napoleón Arango.

Este individuo convocó a una reunión en el histórico sitio donde se habían levantado en armas los hombres dignos de Puerto Príncipe, y expuso las ventajas que los representantes españoles ofrecían a los cubanos, entre ellas reformas económicas y políticas, pero pronto encontró la resistencia a la idea traidora cuando Ignacio Mora declaró la reunión como ilegal, al no contar con la presencia de la mayoría de los rebeldes.

El 26 de noviembre de ese mismo año 1868, en el Paradero de Las Minas, Ignacio Agramonte Loynaz dejó clara la posición de los camagüeyanos de continuar la lucha, cuando expresó indignado:

"Acaben de una vez los cabildeos, las torpes dilaciones, las demandas que humillan: Cuba no tiene más camino que conquistar su redención, arrancándosela a España por la fuerza de las armas".

Con su firmeza encausaba el curso de la Revolución e imponía la razón y la verdad sobre la traición y la cobardía. Desde ese instante Agramonte demostró sus dotes de dirigente, porque -como apuntó Martí-: "domó de la primera embestida la soberbia natural".

Ese mismo día 26 se constituyó el Comité Revolucionario de Camagüey, organización civil que dirigiría la insurrección en el territorio, y que integraron Ignacio, Eduardo Agramonte y Salvador Cisneros Betancourt, como el árbol que no se arranca, sino rompiendo con su empuje la tierra que oculta".

El Mayor General, dos días después de la brillante intervención en el Paradero de las Minas, se destacó en su primera acción armada: el combate de Bonilla, que culminó con una contundente victoria sobre las fuerzas españolas.

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