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Por Dania Díaz Socarrás/Radio Cadena Agramonte.

Una mujer me defendió una vez, alzó su voz por mí, por lo que podía lograr si estudiaba, si me dejaban ser.

Una mujer se arriesgó a morir una y miles de veces para que yo pudiera hacer lo que quisiera, para que mi carrera universitaria fuera más que un sueño, para que nadie me obligara a quedarme en casa, atendiendo al hijo que ahora cuido sin dejar de trabajar y de aprender.

No, no era mi madre, ni siquiera la vi, me fue imposible, hoy se cumplen 119 años de su muerte y yo tengo apenas 25, pero la siento, como siento a todas esas a las que les debo lo que soy.

Ana Betancourt de Mora, la mujer que convirtió su casa en centro de impresión de pancartas y reuniones, la que marchó a la manigua para luchar por Cuba, después de muchos intentos por hacer valer sus criterios, ignorados por el Gobierno español y por la mayoría de la sociedad de la época, falleció el 7 de febrero de 1901 en el exilio, en Madrid.

Gracias a las gestiones de la heroína Celia Sánchez Manduley, sus restos estaban en La Habana desde  la década del 60, y el 10 de abril de 1982 fueron trasladados a Guáimaro, donde reposan en un mausoleo erigido aledaño al Museo de la primera Constitución de la República de Cuba en Armas.

Por ella, por las grandes que la antecedieron y las que siguieron sus ideales, hoy camagüeyanas y cubanas tenemos el derecho a la equidad de los derechos.

Esa mujer, que un día y muchos otros me defendió, que luchó por lo que tanto yo necesitaba, por lo que necesitamos todas, vuelve al Camagüey donde nació, en esta fecha en que aprovecho para, desde la profesión que hoy también le debo, decirle: Gracias.

 



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