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Por Elianis Cutiño López/ Radio Cadena Agramonte.

En Cuba, el Béisbol parece correr por las venas de la mayoría, de una forma natural. Mis conexiones emocionales con el que aquí en Cuba llamamos “el pasatiempo nacional”, van más allá del disfrute frente a la pantalla o en las gradas de un estadio.

Recuerdo, desde muy pequeña, sentarme junto a mi padre a ver cada partido de pelota que se transmitía. No he logrado nunca olvidar su escandalosa reacción cuando nuestro equipo andaba por el fondo de la tabla de posiciones; y por supuesto, tatuado está en mi memoria aquel día en que una derrota nos llevó de la sala de la casa a la de un hospital, a causa de un pre-infarto.

Con el paso del tiempo, aquellas tardes de televisión permutaron hacia el estadio. Fue allí donde aprendí de verdad a cuestionar cada jugada, aunque ya me hubieran explicado una y otra vez la diferencia entre un pass ball y un wild pitch.

Con 10 años, mi cabecita debía encontrar la lógica a esa maquinaria de nueve inings que a veces me parecía tan compleja, pero a la que me aferraba porque me hacía vivir los mejores momentos de una relación padre-hija que se enfriaba.  

Y aunque no fui yo el descendiente masculino, que, erróneamente, según muchos hace feliz a un hombre porque ya tiene con quien compartir su gusto por el deporte; el Béisbol se me fue metiendo dentro. No podía ser de otra manera cuando en casa había una abuela, una tía y una mamá, que en sus tertulias, durante los meses de Serie Nacional, no paraban de hablar de la “actuación mejorable” de Los Leñadores.     

Otra vez la pelota tuvo un punto álgido en nuestras vidas, cuando en el histórico final del Primer Clásico Mundial, Eduardo Paret abrió inning con un sonadísimo jonrón. Entonces, saltamos todos en Cuba, y en mi casa, hasta mi hermana de apenas ocho meses se estremeció en la barriga de mi madre; a tal punto, que una vez más fuimos a parar al hospital, y días después, llegó a este mundo.

Los años pasaron, y nuestro equipo de leñadores comenzó a dar señales de vida; a meterse poquito a poquito en la lucha; a reavivar las brasas que nunca se apagaron en su leal afición; y a convertirlas en llamaradas cuando en la edición 57 de los campeonatos cubanos de Béisbol, se quedaron a las puertas del soñado, añorado y peleado metal de oro.

Vi a todo un pueblo reventar de emoción, de la forma en la que solo había visto hacerlo a los más fieles moradores del estadio, y a mi padre y a mi abuela, quienes al día de hoy no se pierden un solo partido.

Al año siguiente llegó la máxima alegría: un campeonato para el equipo, al que tanto había seguido, defendido y en el que había confiado ciegamente durante años. Lloré, sí; lloré solita en mi cuarto.

El 2019 representó todo un reto para mi fanatismo deportivo; mi profesión me llevó a reportar sobre todo lo bueno que ocurría con un equipo que no era el mío, pero aprendí, entonces, que más allá de las preferencias, la objetividad también es un arma del amante del deporte.

En apenas unas horas comenzará la edición 60 de la Serie Nacional, y ya se respira la fiebre beisbolera; claro, una fiebre que nada tiene que ver con la terrible pandemia que hoy nos aleja de los estadios.

Por eso, desde cada hogar, ya sea por la televisión, a través de las ondas de la radio, o las transmisiones en vivo por Internet, sintámonos libres de pujar por nuestro favorito, por discutir con el vecino cada jugada, por llenar una vez más los hogares de las pintorescas iniciativas que hacen de la pelota, la pasión de todos los cubanos. (Foto: Archivo)



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