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Editorial

¡Camagüeyanos! Con permanente y radiante luminosidad marca el sendero de la soberanía cubana actual, la clarinada libertaria del 10 de octubre de 1868, que a algo más de siglo y medio mantiene latente el insumiso principio y sentimiento de los cubanos, ya genético, ante la ferocidad del vecino imperio del norte.

No escapó Carlos Manuel de Céspedes a los diversos intereses en cuanto a Cuba, pues la humana y justa liberación de sus esclavos por principio se contrapuso a intereses de norteamericanos con propiedades y dotaciones esclavizadas en la isla, y a la de nacionales de occidente, que no se unieron al levantamiento.

En el momento prevalecieron, igualmente, posiciones de quienes desde los Estados Unidos esperaban la anexión en oportunidad propicia y que, en lo general, se oponían a reconocer la independencia y fueron determinantes en la articulación de la política ante la lucha cubana.

Nace pues, junto con el grito independentista cubano, el sentimiento antiyanqui  y contra el anexionismo, aunque se  fortalece, parejamente, la simpatía entre los pueblos cubano y estadounidense, donde este último, apenas cien años antes, había conquistado su independencia.

Cierto es, también, que a partir del grito libertario en la mayor de las Antillas comienzan los planes gubernamentales de EE.UU. para hacer abortar tan justa aspiración, acciones denunciadas y sufridas en más de una oportunidad por José Martí y los patriotas residentes en ese país.

En la época, dentro de varias posiciones norteamericanas hacia la isla primó la de no reconocer la independencia, ni siquiera la beligerancia cubana, aunque atentos a la situación esperaban el momento propicio para actuar, si este llegaba, como lo demostró la  historia de las intervenciones, tutelas y gobiernos afines, en la nación caribeña.

 Los principios del 10 de octubre alimentaron la epopeya cubana por su independencia desde 1868 hasta el luminoso 1ro de enero de 1959, y continúan como firme sostén de nuestras posiciones soberanas en la actualidad, amenazadas y atacadas constantemente.

Desde la alborada libertaria de principios del año 59 del siglo 20 hasta hoy, 12 mandatarios de la administración estadounidense han incluido en su agenda de política exterior el derrocamiento de la Revolución cubana, para lo cual han apelado en seis décadas a operaciones extremas, una invasión militar -fracasada por cierto-, a la guerra económica e ideológica, y a la coacción con leyes ignominiosas y extraterritoriales que persiguen asfixiar nuestra economía.

¡Camagüeyanos! La hostilidad sin escrúpulos hacia la isla por el actual gobierno norteamericano va mucho más allá de las diferencias ideológicas. Contra Cuba se aplica la estrategia de destruir a un pueblo, el bloqueo no busca cambiar un país y sí devastar una nación, porque no acepta ceder a los intereses económicos de Estados Unidos.

La mayor de las Antillas enfrenta un escenario similar al de una guerra desatada para arrasar a un territorio y luego reconstruirlo y convertirlo en un mercado para las grandes empresas y los más ricos, basamento acrecentado por la ideología de Trump.

Ante ello se  enfrenta una historia escrita con sangre cubana desde el grito de independencia de Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868, inspiración de todo un pueblo, enriquecida por el ideario martiano, la impronta de Fidel y una segura continuidad generacional, que nos hace mantenernos erguidos y prestos a defender lo que tanto ha costado. (Foto: Archivo)



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