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Guatemala, 5 nov.- Una Guatemala devastada por el huracán Mitch convocó en 1998 a los primeros médicos cubanos, quienes abrieron el camino de una colaboración intacta hasta hoy, 22 años después.

Los precursores llegaron un 5 de noviembre de 1998 en respuesta al llamado de auxilio del entonces presidente Álvaro Arzú, y de inmediato se pusieron a disposición del Gobierno para socorrer a la población más sufrida sin importar lo recóndito de los parajes ni las difíciles condiciones de campaña.

La Tinta, en el municipio homónimo del departamento Alta Verapaz, fue uno de los lugares donde los galenos de la Isla dejaron muy pronto su huella, pues el arribo de una segunda brigada de 31 cooperantes permitió en solo 48 horas poner en funcionamiento un hospital bien equipado, pero cubierto por dos metros de lodo.

En medio de condiciones higiénico-sanitarias proclives a posibles brotes de cólera y malaria, los cubanos aplicaron el enfoque de atención primaria de salud validado en su país para atajar las causas de los problemas y no quedarse en la mera sanación.

La experiencia de La Tinta dio las herramientas para defender al especialista en Medicina General Integral como la pieza más valiosa del Programa Integral de Salud que en abril de 1999 selló en La Habana el Acuerdo de Cooperación entre ambas naciones para detener un huracán mucho más silencioso y permanente que el Mitch, la muerte por enfermedades previsibles.

Serían principios inviolables, cubrir las zonas más apartadas del país -donde sus propios profesionales no llegaban ni llegan-, y aportar servicios de calidad sin distinción de raza, credo e ideologías en función del mejoramiento continuo de los indicadores de salud.

Veintidós años después y a pesar de campañas que intentan denigrar esta obra de solidaridad, los más de 400 integrantes de la Brigada Médica de Cuba (BMC) festejan un nuevo aniversario desde cada centro, puesto o área de salud, donde reciben a diario el cariño de una población mayoritariamente indígena, rural, e históricamente discriminada.

Sayaxché, Joyabac, Fray Bartolomé, Huehuetenango, Ixcan y la propia Tinta, son algunos parajes que conocen de sus pasos por recónditas aldeas y comunidades; allí se adaptan a las alturas, al polvo, los temblores, al frío intenso o al calor extremo, así como a lenguas y costumbres diversas.

El alcance de la BMC llega ahora a 16 de los 22 departamentos guatemaltecos, más del 70 por ciento de su geografía, y su impacto se traduce en 47 millones 344 mil 121 consultas, más de 494 mil cirugías y 332 mil 472 vidas salvadas en estos años de cooperación ininterrumpida.

La labor asistencial y preventiva en las zonas que no cubren, la despliegan mediante jornadas médicas fuera del horario de trabajo, un extra que agradecen sobre todo quienes ven por primera vez a un médico preocuparse por sus padecimientos.

Una enfermedad también silenciosa, la ceguera, trajo en 2005 el beneficio de la Operación Milagro y la posterior apertura de cuatro centros oftalmológicos para operar gratuitamente a casi 219 mil personas, incluidas de países vecinos como El Salvador, México y Belice.

Como episodios más recientes en la memoria de los galenos están el apoyo inmediato a los damnificados por la erupción del volcán de Fuego (Escuintla, 3 de junio de 2018) y el enfrentamiento a la Covid-19 en equipos de respuesta rápida, triaje, emergencias, consultas de respiratorio, pesquisas o toma de temperatura en carreteras.

Hoy la BMC tiene más motivos para celebrar; en medio de ataques de políticos y campañas que buscan poner fin a la obra solidaria de Cuba, se alza la voz de cientos de miles de guatemaltecos agradecidos que defienden su continuidad. (Texto y fotos: PL)



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