Papá por encima de todo

Por Arailaisy Rosabal García/ Colaboradora de Radio Cadena Agramonte

No voy a comenzar diciendo que mi papá es el mejor del mundo, porque aunque así lo creyera, correría el riesgo de ser tildada de exagerada, idólatra, y hasta dramática. Y no lo digo en absoluto porque quienes lean estas líneas sea gente petulante, sino porque a pesar de los pesares, no son pocos los que creen que padre es cualquiera.

Lo cierto es que la paternidad en muchas de las sociedades contemporáneas se ha devaluado considerablemente. Los altos índices de divorcio y la emancipación de la mujer justifican que en la mayoría de las familias monoparentales los hijos queden al cuidado de las madres, y los padres pasen a un segundo plano en su crianza.

Así, se alimenta ese falso mito; pero créame, no hay nada más fetichista. Se lo dice alguien que ha vivido sus 25 años a kilómetros de aquel que, según contaba mi mamá, sembró una semillita en su vientre que tras nueve meses de cuidados les dio la más hermosa cosecha. Y sin embargo, he preferido sentir su ausencia carnal de vez en vez, cuando la distancia ha sido irrompible, y salvar nuestro cariño con dulces recuerdos, a pensar en suplantarlo por alguien más, ni siquiera por mi abuelo, que más que eso ha sido padre también.

Es verdad, durante años añoré despertar y descubrir su rostro vigilándome, sonreírle, colgarme de su cuello y balancearme hasta el cansancio. Pero crecí, y entendí que esa sensación me estaba reservada para unos dos meses al año; aunque al inicio me parecía muy poco tiempo, enseguida aprendí a aprovechar los buenos momentos que la vida nos daba a mi papá y a mí. Y sí que eran buenos de verdad.

Por supuesto,  no me engaño a mí misma, y me duele que no haya estado a mi lado, en cuerpo y alma, para celebrar hasta el más simple de mis triunfos o consolarme cada vez que sentí desahucio. Sin embargo, nunca ha estado ausente, ni cuando la vorágine de los días nos consume el tiempo, ni cuando el costo de las llamadas nos obliga a cortar la conversación.   

Y aunque me hubiese encantado que me escribiera poemas de amor, como Martí a su Ismaelillo, me conformo con que me diga que me quiere, así, sin muchas metáforas; que mis hermanos y yo somos, exageradamente, lo único que ha hecho bien en la vida; que nos parecemos tanto, más allá de lo físico, que parece mentira que nos separen unos 500 kilómetros.  

Lo confirmo, no he tenido el mejor papá del mundo, pero el que tengo, es el único que quiero; tal vez si fuera perfecto no tendría sentido escribir estas líneas.

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