Por Arailaisy Rosabal García / Colaboradora de Radio Cadena Agramonte
Todavía muchos norteamericanos no logran borrar de su memoria aquel mar de ataúdes que llegó al país procedente de Vietnam, durante el conflicto bélico entre los del Norte y los del Sur. Dentro venían los cuerpos destrozados de los soldados que habían sido llevados hasta aquella nación asiática, para tumbar de un zarpazo al comunismo. Sin embargo, por segunda ocasión, el ejército estadounidense quedaba mal parado.
Entonces el mundo vivía la Guerra Fría, esos años de tensión que le siguieron a la II Guerra Mundial. El triunfo de la URSS sobre la Alemania nazi en la conflagración supuso también la victoria del naciente Socialismo sobre su opuesto capitalista. A pesar de las promesas de paz, los derrotados buscaban por doquier un acicate que les permitiera ir a la carga otra vez.
Tras el conflicto bélico, Vietnam quedó divido en dos: por una parte estaban los que militaban con el novedoso sistema social; por otra, los que defendían a ultranza el capitalismo. En los años inmediatos al final de la Guerra, el ascenso del Norte -donde se gestaba el nuevo proyecto social- y la cada vez más cerca reunificación del país preocupó sobremanera a Estados Unidos, que se sentía ahogado por los comunistas.
Además de las razones políticas, existían otras de índole económica. Por aquel tiempo Vietnam era algo así como “la joya de Asia”, por sus importantes reservas naturales y producción de arroz.
Así, con el éxito precedente de Indonesia, a quien habían logrado separar del camino al Socialismo, el entonces presidente estadounidense Lyndon Johnson solicitó al Congreso permiso para comenzar a operar en Vietnam como algo más que simples observadores. El pretexto: el ataque con torpedos de dos lanchas vietnamitas a dos buques norteamericanos. Casualmente, aquellos hechos coincidieron con elecciones presidenciales en Estados Unidos.
Tiempo después aquel incidente sería desmentido por el propio Johnson, quien esgrimió que los tripulantes de las naves estadounidenses lo que vieron fue una banda de peces voladores y no precisamente a bombarderos vietnamitas. Pero para entonces era tarde: la invasión había sido aprobada y ya Estados Unidos hacía de las suyas en Vietnam.
Durante los años que duró el conflicto las pérdidas humanas de ambos frentes fueron descomunales. Precisamente, las crecientes bajas del ejército norteamericano, en el que debieron alistarse no pocos jóvenes de muy vaga experiencia, llevaron al Gobierno del país norteño a perder el apoyo mayoritario de la opinión pública nacional.
Pero nada comparado con el escenario de Vietnam del Norte. Al exterminio de millones de civiles por medio de los bombardeos, se unió la masacre con el agente naranja.
Pasando por alto las convenciones internacionales rubricadas después de la II Guerra Mundial, que prohíben el uso de armas químicas y biológicas, Estados Unidos derramó más de 80 millones de litros de ese potente herbicida sobre territorio enemigo para destruir las cosechas y someterlos por hambre, y también para despejar los campos donde se ocultaba la guerrilla.
Los efectos nocivos del agente naranja no han desaparecido aún. Todavía en Vietnam nacen niños con malformaciones congénitas, aumenta el número de enfermos de cáncer y daños cerebrales.
Aún así, los vietnamitas no cedieron, y todo el pueblo -incluido mujeres, niños y ancianos- se movilizó en torno a la guerra; para ellos no era simple placer belicista, sino la decisión de continuar por la senda socialista.
El 30 de abril de 1975, los tanques de las Fuerzas Armadas Populares de Liberación de Vietnam traspasaron los muros exteriores del antiguo Palacio Presidencial de Saigón (hoy Ciudad Ho Chi Minh) y los combatientes izaron en su cúpula las banderas del Gobierno Revolucionario Provisional y del Frente Nacional de Liberación.
Hace hoy 38 años terminaron para siempre la guerra y la ocupación de Estados Unidos.
Vietnam es un ejemplo de que cuando los hombres luchan por sus ideales, ni el más poderoso armamento puede contra ellos.
