Por Arailaisy Rosabal García/ Colaboradora de Radio Cadena Agramonte.
La danza es casi tan antigua como el hombre mismo. Todavía nuestros antecesores no lograban articular palabras, y en sus ceremonias religiosas danzaban a la luz de la luna para suplicarle a “la gran divinidad” el auguro de una buena caza. Claro, entonces el vaivén acompasado de sus cuerpos no era propiamente eso que llamamos arte, un componente de la Cultura que por lo general se asocia a la capacidad creadora del ser humano.
Pero con la evolución misma de la humanidad, tal y como ocurrió con las pinturas primitivas, la danza en sus más diversas formas alcanzó altos niveles de esteticidad, sin renegar de su génesis mágico-religiosa. Así se fortalecía el vínculo ineludible con el hombre, quien ha sabido premiarla con una celebración mundial cada 29 de abril.
Dicen que la idea fue del maestro ruso Piepor Gusev, y que la jornada marca el nacimiento, en 1727, del llamado gran innovador del ballet clásico, el coreógrafo francés Jean Georges Novarre.
Lo cierto es que, desde 1982, durante el penúltimo día del cuarto mes del calendario, la danza se apodera de calles y plazas en todo el mundo, en un intento por trascender sus espacios habituales en teatros, y despertar emociones -como solo ella sabe-, en quienes todavía no han descubierto sus encantos.
En Cuba, con una elevada tradición danzaria, la celebración abarca casi todos los espacios públicos. No podría ser de otra forma en un país donde también la enseñanza artística es gratuita y despojada de prejuicios raciales. Esa fue otra de las grandes obras de la Revolución, de la cual la danza fue cómplice.
Durante la represión social y política de la tiranía batistiana, el entonces Ballet Alicia Alonso, en concomitancia con la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), realizó una función exclusiva para los jóvenes cubanos, bajo el nombre de Homenaje y Desagravio, como protesta contra el Gobierno de turno.
Aquella compañía lleva ahora el nombre de Ballet Nacional de Cuba, y es la quinta más reconocida en el mundo, gracias al empeño de su directora, bailarines, maitres, y a la Escuela Nacional de Ballet, su hija pródiga.
Hoy, el mundo ha despertado oliendo a danza, y cada suspiro humano se conjuga con sus semejantes como para confirmar el mito de la universalidad de su lenguaje. Y es que -como sentencia Lin Hwai-min (coreógrafo taiwanés)- “la danza es única, es una metáfora de la vida misma (…) Exprésate a través de este instrumento elevado y divino que es nuestro cuerpo. Ven a bailar y reúnete con otros en una pulsante oleada. Atrapa ese precioso y pasajero instante. Ven a celebrar la vida por medio de la danza”.
