Que el mundo es cada vez peor, que abunda la falta de empatía y la maldad, es un hecho. Muchas personas, pudiendo hacer el bien, eligen lo contrario por puro placer, por algo muy retorcido en sus adentros que les complace y convierten el impulso en una huella de crueldad.
¿Cómo calificar el comportamiento descrito, eso de tener un poder y usarlo para hacer daño, aun sabiendo que en sus manos está la facultad absoluta de actuar en beneficio del otro?
Nunca lo entenderé. Si es cierto que en ocasiones las personas tienen determinadas conductas porque piensan en su propio privilegio, no está del todo mal priorizar el bienestar personal. La malicia está en esa fina línea que separa un lado del otro con la intención, el empeño y la voluntad de hacer lo posible para perjudicar.
Con seguridad muchos disfrutan la elección de ese abismo cuando se inclinan deliberadamente hacia el mal. Pensemos en tantos casos que vemos, desde el ladrón que se aprovecha de la parsimonia de la viejita, el vecino que ve lo mal hecho y no se inmuta mientras no le pellizque, el directivo que esconde los estímulos asignados, el Donald Trump que asfixia un país por política y diversión. Los ejemplos sobran.
Muchas veces es por avaricia, pero en otras ocasiones —bastantes— no reporta ganancia y es por perversión, por no ayudar, por no mover un músculo por el prójimo. A eso nos referimos, al fenómeno silencioso que desgarra el tejido social cuando no es la maldad impulsiva o patológica, sino decisión fría para dañar cuando se pudiera aliviar.
Tanto dicen que el karma existe, que si la justicia divina y la balanza del universo regresan lo que damos, pero cuesta confiar en que no sea solo palabrería porque ¿cuánta gente mala suelta por ahí, cuántos murieron plácidamente —o sin el tormento suficiente— después de acabar con media humanidad?
Recordemos a Adolf Hitler, sobre quien pesan millones de personas exterminadas. Y como él, muchísimos bajo su orden que luego lograron escapar y continuar sus vidas impunes. De igual forma, y más cercano a nuestro contexto, tenemos al terrorista confeso Luis Posada Carriles, responsable de inmenso dolor para familias cubanas; así como gran cantidad de asesinos en serie y militares protagonistas de tortura, terror y desapariciones forzadas en Latinoamérica. De los más conocidos tenemos las dictaduras en Argentina y Chile con elevado número de víctimas.
Es cuantiosa la lista de incidentes y personas de gran maldad, en menor y gran medida, y múltiples son las motivaciones, ninguna justificada. No sabemos si existe el arrepentimiento sincero, pero de todas formas eso no devuelve vidas y no garantiza consuelo.
Desde la psicología, el comportamiento malicioso habla de un ser desconectado de su propia vulnerabilidad porque quien elige el mal habiendo conocido el bien, en realidad no ignora el sufrimiento de los demás, de alguna manera lo silencia dentro de sí y consigue ser impasible, indiferente, cruel.
Expertos en conducta humana sostienen que cuando una persona normaliza la atrocidad —por muy pequeña que sea, si es posible disminuirla así— no solo logra su objetivo de lastimar, consigue amputarse a sí misma la posibilidad de ser humana en el sentido más amplio, noble y sensible que existe.
El bien no es un acto hacia afuera, es el gesto que nos devuelve la dignidad. Sin embargo, usar el poder para infligir deterioro es lo más bajo que existe, es ser opresor, y en poco se diferencia quien te provoca un traspié en la calle, quien lanza una piedra para romper tu ventana, quien vende a sobreprecio y además te roba al pesar, y quien bloquea una isla para estrangular a su pueblo por todos lados. (Texto y Foto: Yaima Cabezas/ Cubasí)
