Amanda inició otra vez el curso escolar en el preuniversitario, volvió a sentir la ansiedad, las miradas de esos compañeros que siempre se meten con ella, se volvió a sentir sola.
Los padres de Amanda notaron en las vacaciones un cambio en su niña, ya no quería empezar un nuevo curso, se les estaba apagando lentamente y no sabían que hacer.
La ansiedad, la depresión y el miedo están ganado la batalla contra la alegría de Amanda, está en una edad compleja, con muchos cambios y el acoso escolar que recibe la hacen sentir que nada tiene solución. En la escuela no muestra nada, siempre sonríe, saluda y hace como si no le importara y quizás, por eso, nadie nota que está mal.
Pero este no es un caso aislado. En el mundo hay muchas Amandas de distintas edades y género. Hay Amandas que ya se apagaron, que se rindieron, que no tuvieron ayuda. En el mundo hay Amandas que se pueden salvar.
El amarillo es el color de los girasoles, de la alegría y del sol, pero también es el color de la cinta que desde 1994 nos recuerda que la prevención del suicidio es una tarea de todos. Septiembre se tiñe de amarillo no para celebrar, sino para gritar silenciosamente que la salud mental importa, que pedir ayuda no es debilidad y que cada vida cuenta.
El 10 de septiembre de 1994 un joven talentoso, cariñoso y divertido, en un momento de desesperación profunda decidió poner fin a su vida, “no se culpen mamá y papá, los amo” fue la frase de despedida de Mike Eme. Sus amigos, durante el funeral fijaron cintas amarillas en 500 tiras con la frase “por favor no te suicides, busca ayuda” y comenzaron a enviarlos a amigos y seres queridos.
La cinta se convirtió en símbolo cuando los adolescentes comenzaron a atarlos en su cabello y a su ropa el día que Mike murió.
Desde el 2003, la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio, en colaboración con la OMS, ha promovido este día como el Día Mundial para la Prevención del Suicidio con el objetivo de concientizar a nivel mundial que el suicidio puede prevenirse hasta en un 90%.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) indican que cada año, más de 720 mil personas fallecen por suicidio y este es la tercera causa de defunción entre las personas de 15 a 29 años. Especialistas afirman que los trastornos mentales desempeñan un papel importante en el riesgo de suicidio. Calculan que alrededor de 90% de los casos están asociados a trastornos mentales.
El acoso escolar que vive Amanda no es un factor menor. La exposición excesiva a entornos digitales y el ciberacoso figuran entre los factores que contribuyen al incremento de este fenómeno. La tasa de suicidio en jóvenes de 10 a 24 años creció un 38% en poco más de dos décadas, mientras que en la población general el aumento fue del 17%. La soledad de Amanda, amplificada por las redes y las burlas, encuentra ecos en miles de historias similares.
Cuba ocupa el séptimo lugar a nivel regional en tasa de suicidio con 10.2 muertes por cada 100 mil habitantes, según datos de la OPS citados por IPS Cuba. Una estadística particularmente reveladora: alrededor del 70% de los suicidios en el país ocurren en hombres.
El sistema de salud cubano cuenta con una red de atención que incluye 17 hospitales psiquiátricos, 101 centros comunitarios de salud mental y un Programa Nacional de Prevención de la Conducta Suicida vigente desde 1989. Los recursos existen pero el desafío es que las personas lleguen a ellos antes de que sea tarde.
El dolor no es el final de la historia. La prevención del suicidio no es tarea exclusiva de psiquiatras ni de programas gubernamentales. Es tarea de padres que aprenden a escuchar lo que no se dice, de maestros que ven más allá de las sonrisas, de compañeros que deciden no ser parte del acoso y de amigos que se atreven a preguntar.
Septiembre se tiñe de amarillo para recordarnos que hay Amandas que ya se apagaron y que no podemos traer de vuelta pero también hay Amandas que todavía respiran, que todavía están en las aulas, que todavía sonríen por fuera mientras se desmoronan por dentro.
A esas Amandas las podemos salvar, no con grandes gestos, sino con presencia, con paciencia y con la disposición de hablar de lo que duele sin miedo ni juicio. (Texto: Ana Laura Camacho La Rosa/Radio Cadena Agramonte)
