Un mutante de Chernóbyl abriría las puertas a futuros viajes espaciales

Moscú, 28 mar.- Tras el accidente nuclear de Chernóbyl en 1986, la comunidad científica predijo que alrededor del reactor, la llamada zona de exclusión, habría un área muerta donde prácticamente nada podría sobrevivir.

En cambio, allí se hallaron varios animales y otros organismos que habían encontrado la manera de adaptarse y sobrevivir. Un ejemplo clave fue un hongo negro común llamado Cladosporium sphaerospermum que demostró una notable capacidad de adaptación: a pesar de los niveles extremos de radiación, la vida no solo sobrevivió, sino que evolucionó.

Es más, lo hizo de tal manera que no solo tolera la radiación, sino que crece mejor en estas condiciones, según un estudio realizado por la Escuela de Medicina Albert Einstein de Nueva York.

Los experimentos demostraron que la melanina de sus células modifica sus propiedades al ser expuesta a la radiación. Los investigadores plantearon la hipótesis de que es capaz de ‘capturar’ la energía de la radiación, de forma similar a como la clorofila de las plantas convierte la luz durante la fotosíntesis: este mecanismo propuesto se denominó radiosíntesis.

Los experimentos realizados en 2022 en la Estación Espacial Internacional también confirmaron las propiedades inusuales del hongo: los sensores colocados en la superficie exterior de la EEI registraron que la capa fúngica redujo los niveles de radiación ionizante.

¿Un escudo protector que se alimenta de radiación?

Hoy en día, los investigadores confían en que el estudio de estos organismos resistentes a la radiación será clave para futuras misiones espaciales, donde los niveles de radiación ionizante siguen siendo una de las principales amenazas para los astronautas, según el portal especializado Earth.com.

La radiación ionizante tiene la energía suficiente para arrancar electrones de los átomos y desencadenar reacciones químicas dañinas.

De una forma u otra, esta es una gran noticia para los astronautas. Fuera del campo magnético protector de la Tierra, las partículas de alta energía impactan las naves espaciales y a las personas que se encuentran en su interior. Estas partículas pueden dañar el ADN y aumentar los riesgos para la salud a largo plazo. (Texto y foto: RT)

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