
La Habana, 3 ene.- Hace ya diez años, en un panel celebrado en La Habana con el título Martí y Fidel, continuidad de pensamiento y acción, el hermano de Cuba, Frei Betto, expresó: "Ustedes de la FEU, ustedes de la Juventud Comunista, traten de organizar la esperanza, traten de ponerse borrachos de utopía (…) Es hora de que hagamos no solamente en Cuba, en toda América Latina, una gran campaña de alfabetización política, sin eso no tenemos futuro".[1]
Y no es casual que en un espacio donde el ideario y el legado de Fidel fuese el centro, el destacado intelectual y revolucionario brasileño haya hablado justamente de esperanzas y utopías. En el mundo de hace 10 años y en este de hoy, incluso en el de otros tiempos, han sido dos pilares que sostienen la lucha de los hombres. Sin embargo, habla no habla de la esperanza solo como la fe en tiempos mejores, sino de concretarla en hechos que lleven a lograr los sueños o lo que es lo mismo a veces: la utopía. Emborracharse de utopías es dar espacio al horizonte, tener la convicción de que es posible alcanzarlo, de que el camino es difícil pero siempre vale la pena, de concentrarnos en el futuro, aunque parezca imposible. Y Fidel demostró con la Revolución que lo imposible se hace posible.
"A la Generación del Centenario le caben los honores de construir la patria que soñara el Maestro inmortal", escribiría el joven Raúl Gómez García, integrante del grupo de revolucionarios que fue a combatir al Moncada el 26 de julio de 1953. Ellos, con Fidel al frente, juntaron sus esperanzas, las organizaron en un Movimiento y salieron a pelear por lo que entonces fue una utopía y 5 años, 5 meses y 5 días después, el pueblo la logró junto a los rebeldes. Comenzarían, luego, los combates por nuevos y más altos sueños frente a un enemigo poderoso como el imperialismo.
La Generación del Centenario de Fidel, en momentos decisivos como los que vive la Revolución, donde el cerco se nos ha cerrado, debe saber que de los cercos se sale siempre combatiendo, no rindiéndose; que hay que tener bien organizada la esperanza para tener más de una alternativa que permita burlar al enemigo que hasta hoy no ha podido con generaciones de cubanos; y esta generación no será la excepción. En primer lugar, porque nos guían Fidel y Martí, porque tenemos a Raúl, otro joven que sigue marcando el paso en este desafío eterno que es la lucha por los humildes.
El 2026 ha comenzado… Unos pocos creerán que es una meta, pero la mayoría de los jóvenes revolucionarios cubanos sabemos que es un punto de partida, un nuevo empuje, una nueva convocatoria que el Comandante en Jefe, desde su tiempo, nos hace..., como hizo Martí a los jóvenes de 1953. Sin trabajar para fechas, pero siempre inspirados en su simbolismo, avancemos con todo: voluntad, espíritu de lucha, optimismo, resistencia, patriotismo, antimperialismo y unidad… Estudiemos en nuestra historia todos los cercos que hemos vencido, los ejemplos desinteresados de entrega y heroísmo, para aprender a romper este que nos acosa hoy: el cerco externo imperialista y el interno de nuestras propias deficiencias y egos inadmisibles.
Cuando Fidel asumió en febrero 1959 el cargo de Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, expresó, entre muchas valiosas ideas, que el reto de la nueva etapa era que el heroísmo de la guerra no se perdiera en la burocracia o en intereses personales, porque era allí, bajo el fuego, cuando se conocía mejor a los hombres; y entonces había que ver, con el poder en las manos, quiénes no perdían el rumbo. La guerra no ha terminado. Desde 1959 comenzó lo que el propio Fidel llamaría el 5 de junio de 1958 en carta a Celia Sánchez, la guerra más larga y grande: la guerra contra el imperialismo.
Y ese fuego cerrado que sobre nosotros tenemos hoy, deberá servir, como en la Sierra, para saber quién está dispuesto a dar su vida por la patria y quién no; quién alza la mano por la Revolución de los humildes, y quién no.
A esta Generación del Centenario de Fidel también le caben los honores de ser los rebeldes que organicen la esperanza del futuro y del bien común sin perder sus raíces; los que no dejen de creer y soñar, de leer y hacer, de hablar y sentir; los que no dejen de cantar y bailar, o besarse en un parque y luego salir al estudio, al trabajo o al fusil. Los que no pueden olvidar la historia y tienen que conocerla y prepararse para enfrentar los retos de esta guerra en sus nuevos tiempos, donde ganaremos también a pensamiento. Los que saben que el aquí y el ahora llevan… sudor, y sonrisas.
Un fidelista de callada estirpe, formador de hombres del silencio que tanto han cuidado y cuidan a Cuba, su Revolución y a Fidel; un artemiseño joven y activo, aprendió desde los días del Moncada, el presidio, México, el Granma, la Sierra, la invasión y el triunfo revolucionario que el deber exige desvelos. Y justamente, en medio de los desvelos de la guerra, en 1958 cuando se encontraba al frente de la Cuarta Columna del Primer Frente José Martí, su por entonces recién nombrado jefe, comandante Ramiro Valdés escribía en una carta a un compatriota palabras de imperiosa vigencia para los jóvenes de hoy: "Cuba necesita de todos sus hijos. Los que sienten y se preocupan por el futuro de la nación, saben que la Revolución que nuestra generación ha abrazado encarna los mismos ideales que movieron el brazo de Maceo e incendiaron el verbo de Martí".[2]
La Generación de este Centenario, en el rescate de lo colectivo y movida por el verbo encendido también de Fidel y Martí, y el brazo de Maceo, movilizará por toda Cuba el corazón de quienes siempre aman y luchan, de quienes se desalientan, de quienes se sienten solos y de los que en cualquier rincón de la patria esperan por su juventud para revivir marchas, montañas, surcos, luces…esperanzas y utopías. (Texto y foto: Juventud Rebelde Digital)
[1] Frei Betto, Cuba Socialista, mayo-agosto de 2016, p.41.
[2] Ramiro Valdés Menéndez, archivos de la Oficina de Asuntos Histórigcos.