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Radio Cadena Agramonte emisiora de Camagüey

Trump. Invasión a Venezuela, Maduro

Ave Trump, los que vencerán te saludan


La Habana, 4  ene.- Hace algunos años, un video comercial de la conocida tarjeta de crédito Mastercard, utilizaba un recurso ingenioso: una muchacha, un niño y un anciano expresaban el deseo de hacer realidad algún sueño loco, a lo que el narrador respondía: con Mastercard es posible. Pero la última secuencia sellaba el mensaje de forma imprevista (lo que paradójicamente producía el efecto de consolidar las excesivas afirmaciones previas): un niño corría a abrazar a su padre y la voz en off sentenciaba, “no, Mastercard no puede comprar el amor de su hijo”. 

En un sistema donde el valor de un ser humano suele medirse por el dinero que ostenta (su poder de compra) y no por sus virtudes y sus aportes a la Humanidad, siempre hay quien cree que puede comprarlo todo. Donald Trump, un millonario caprichoso y soberbio al frente de una potencia mundial en declive, solo conoce el recurso de la fuerza: la del dinero y la de las armas. ¿Abusaba de otros niños en la escuela, o abusaban de él? Pregunta tentadora para los sicoanalistas. Trump compra y amenaza, dice “hágase mi voluntad”, sentado en el trono de los mercaderes que fueron expulsados del templo por Jesús. Todo parece posible: incitar Golpes de Estado (la novedad: en su propio país); practicar la pedofilia; asesinar a lancheros que presuntamente trasladan drogas en el Mar Caribe (son ya más de cien) para intimidar a un gobierno soberano que se niega a ceder sus recursos naturales; robar barcos petroleros, empresas extranjeras o activos ajenos; imponer sanciones y bloqueos a países y a sus dirigentes rebeldes; sobornar o chantajear a gobernantes débiles; (pretender) anexarse territorios ricos en recursos naturales como Groenlandia o la franja del Orinoco; ser cómplice del genocidio del pueblo palestino y pese a todo, creer que merece recibir el Premio Nobel de la Paz y la devoción de los pueblos sojuzgados. Puede que algún día aparezca en la boda de uno de sus lacayos latinoamericanos y exija el “derecho de pernada” (disponer en la primera noche de la recién casada). Algún trauma de infancia lo ha devuelto a la Antigüedad o a la Edad Media, cuando los reyes o emperadores eran recordados por la extensión de los territorios conquistados, y sus sangrientas victorias bélicas. Pero no se parece al romantizado recuerdo de Carlo Magno; su rostro, su gestualidad vacía, su prepotencia, su incapacidad histórica, se asemejan a las de Hitler y Mussolini. 

Pero me afirmo en la idea de que el imperio occidental que se desmorona es el último de la historia humana. Basta ya de imperios en descenso e imperios en ascenso. Basta ya de imperios. La multilateralidad debe conducirnos hacia otro mundo posible, donde los pueblos intercambien saberes y riquezas, donde la solidaridad establezca las verdaderas jerarquías humanas. Que la hegemonía económica de los más poderosos no se sostenga sobre la explotación de los más débiles. Claro que esto es un asunto de clases, es decir, de lucha de clases, lo mismo a lo interno de cada nación, que a lo externo. Escuché por vía online a un conferencista decir que el uso del término colonialismo ubicaba la causa de las contradicciones sociales en factores externos, y ocultaba la existencia de la lucha de clases en el interior de los países colonizados. 

Absurda idea: las aristocracias neocoloniales, como señalaba el Che Guevara, son viceburguesías al servicio de las burguesías metropolitanas. Y la contradicción fundamental del siglo XX, también al agudo decir del Che, se producía entre pueblos explotados y pueblos explotadores, según un inevitable patrón: la internacionalización de la lucha de clases. Por eso cuando un segmento de las naciones subalternas se rebela e intenta asumir su propio destino, desafía a todo el sistema imperialista. Siempre me ha parecido una gran paradoja o quizás, un propósito ideológico plenamente consciente, el que los filmes de ciencia ficción dibujen mundos futuros tecnológicamente muy avanzados, en los que subsisten de manera “natural” ricos y pobres, explotadores y explotados, conquistadores y conquistados: como si las contradicciones de clase tuviesen un origen genético y no social (histórico).

La fuerza bruta, sin embargo, es hija de la impotencia. El que amenaza y vocifera, carece de otros recursos para hacerse respetar. Nuestra América vuelve a ser, por su posición geográfica, sus riquezas y su historia, el escenario donde el imperialismo occidental, que es la forma actual del capitalismo, se juega su supervivencia. José Martí quería una Cuba y un Puerto Rico libres como muros de contención frente a la expansión imperialista. Acorralado, desplazado de otros mercados, el otrora gigante necesita controlar a la fuerza a lo que siempre llamó su “patio trasero”. 

Las mentiras de Trump carecen de sofisticación, no tiene tiempo para construirlas, y cree que no las necesita: habla de una cruzada contra el narcotráfico y libera a un narcotraficante aliado, expresidente de Honduras, para que lo ayude a sojuzgar a su pueblo; habla de recuperar la “democracia” en Venezuela, y declara con desfachatez que pretende apropiarse de las riquezas naturales de ese país. El Corolario Trump a la Doctrina Monroe no miente. La unión de nuestros pueblos, ya que la de sus gobiernos no siempre será posible, es la única alternativa de salvación, “¡los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete leguas!”, escribía un 10 de enero, pero de 1891, José Martí. 

Sí, la megalomanía de Trump expresa, por contraste, la conciencia que tiene el imperio de su caída. A diferencia de nuestro Fidel, que pidió testamentariamente que ningún centro o calle llevasen su nombre, y que no se levanten estatuas o bustos en su honor, creyente como Martí en la fuerza de las ideas, Trump sigue la larga tradición del conquistador: el nuevo sobre el viejo símbolo, para que recordemos la fuerza del poder. No hay escrúpulos. De las efemérides nacionales que proporcionaban entradas gratuitas a los parques nacionales de su país, Trump ha eliminado dos muy significativas: el Día de Martin Luther King, y el Juneteenth, que conmemora la abolición de la esclavitud. En su lugar ha incorporado su cumpleaños. El magnate-presidente auspicia la construcción de un gigantesco estadio de fútbol americano que llevará su nombre, y ha añadido al Kennedy Center su apellido. “No queremos reyes”, fue la consigna de los manifestantes en varias ciudades estadounidenses. 

El año termina mal, pero no voy a describir lo que todos sabemos o vivimos. Es cierto que el Capital parece indetenible en sus diabólicos “juegos” de muerte —en Gaza, en Ucrania, en el Mar Caribe— que los mecanismos multilaterales tradicionales como Naciones Unidas se muestran inútiles, que ahora, en este mismo instante, mueren niños asesinados, por balas o misiles, por hambre o enfermedades, mientras el mundo festeja el nuevo año. Pero cuidado, son cada día más los inconformes, los que resisten y muestran una inquebrantable voluntad de lucha. El grito de los gladiadores, obligados a pelear, resuena de manera extraña: ¡Ave Trump, los que vamos a vencer te saludan! (Texto y Foto: Enrique Ubieta/ Cubasí)


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