
La Habana, 7 mar.- En un mundo cada vez más digitalizado, la piel, nuestro órgano más extenso, parece quedar relegada a un segundo plano.
Sin embargo, décadas de investigación y recientes estudios científicos corroboran lo que nuestros ancestros ya intuían: el tacto no es solo una forma de sentir, sino una poderosa herramienta para la salud física y emocional.
El contacto físico es la primera forma de comunicación que experimenta un ser humano. Antes de que se desarrolle el lenguaje verbal, un bebé siente el mundo a través de caricias, abrazos y del calor de la piel de su cuidador, lo que contribuye a establecer vínculos de seguridad y apego que duran toda la vida.
Este procesamiento táctil no solo tiene un significado emocional, sino también neurobiológico. Existen fibras nerviosas especializadas que responden al tacto suave percibiéndolo como placentero y activando centros cerebrales implicados en el bienestar y la recompensa.
Estudios han demostrado que este tipo de estimulación puede reducir la frecuencia cardíaca y promover relajación profunda.
Al tocar o ser tocados, ya sea en un abrazo, con un apretón de manos o una caricia, el cerebro libera oxitocina, a menudo llamada la “hormona del afecto”. Esta no solo fortalece los lazos sociales, sino que también tiene efectos concretos sobre la salud: reduce el estrés al disminuir niveles de cortisol -la hormona relacionada con la respuesta al estrés- y potencia sensaciones de bienestar y seguridad.
Una investigación que monitorizó niveles de oxitocina y cortisol en situaciones cotidianas constató que el tacto afectuoso, como una mano sobre el hombro, se asocia con menos ansiedad, menos carga emocional y más felicidad, tanto en términos subjetivos como hormonales.
La evidencia científica ha acumulado pruebas sólidas de que el contacto físico regular favorece múltiples aspectos de la salud:
• Reducción de síntomas de ansiedad y depresión, actuando como una forma natural de modular estados de ánimo y disminuir pensamientos negativos recurrentes.
• Mejor respuesta fisiológica ante el estrés, con disminución de cortisol y reactividad cardiovascular.
• Mejor calidad de sueño y reducción de presión arterial, gracias a mecanismos neuroendocrinos que se activan con el tacto.
• Efectos analgésicos, porque el tacto puede aliviar el dolor físico al activar vías de regulación del sistema nervioso.
Además, indagaciones recientes que abarcan miles de participantes de distintos contextos, concluyen que el tacto beneficia la salud en todas las edades, desde la infancia hasta la adultez, y en personas sanas o en entornos clínicos.
El tacto no solo regula hormonas y funciones fisiológicas, también fortalece relaciones, mejora la empatía y promueve la coordinación social. Estudios han señalado que incluso el contacto físico puede sincronizar ritmos emocionales y fisiológicos entre individuos, potenciando la cooperación y el apoyo mutuo.
Y aunque la evidencia es contundente, también recuerda que el tacto debe ser consentido y respetuoso porque lo que calma a unos puede incomodar a otros, si no hay entendimiento o pacto previo.
Sorprendentemente, incluso ciertos tipos de contacto con objetos , como abrazar una manta determinada o interactuar con robots diseñados para el tacto afectivo, han mostrado beneficios en la regulación del estrés. Esto apunta a la profunda necesidad humana de tacto como un sistema de regulación emocional y física.
En esta era donde las interacciones humanas pueden diluirse tras pantallas y notificaciones, la ciencia nos recuerda que el tacto es biología, comunicación y salud; no un lujo emocional, sino una necesidad fisiológica profundamente arraigada.
El poder curativo de un abrazo, más allá de la poesía, está en la química de los cuerpos y en la forma en que evolucionamos como seres sociales. No olvidarlo: una mano sobre el hombro, una leve caricia pueden ser más que un símbolo y volverse medicina. (Texto y Foto: Cubasí)