Por Yusarys Benito Deliano/Radio Cadena Agramonte.
Sábado por la tarde. Suena el teléfono e inmediatamente identifico el número que insiste. Grito automática: ¡es mi mamá! Contesto y le pregunto cómo está; llevo días sin verla. Me dice que necesita algunos objetos personales. Protesto un poco, como rutina, pero termino buscando compañía para no aburrirme en el camino que me lleva a ella.
Es un recorrido que sé de memoria; tal vez por eso nos fuimos adentrando sin darnos cuenta en zona hospitalaria; desierta por suerte, señal de que la población cumple las medidas de prevención.
Mi mamá trabaja allí. No es médico, pero ahora también cumple una labor importante enfrentando la COVID-19. Me dijo que le llamara cuando estuviera cerca; marqué todos los números de teléfonos conocidos y aun cumpliendo con las indicaciones vía celular, no respondía ella a mi señal.
Por primera vez me pareció un lugar extraño, ajeno. Esperé impaciente hasta que apareció vestida con su uniforme de campaña; ese que luce como si estuviera en casa, con los méritos y alegrías; con los sacrificios de una profesión difícil.
El corazón me saltó de alegría, me dieron deseos de abrazarla, de arreglarle el maquillaje como de costumbre y contarle todo lo que ha pasado en los últimos días. Pero no pude, entre ella y yo había un metro y medio de distancia: las consecuencias de un virus que amenaza al mundo; el rostro de una pandemia.
Tomó su pedido y me miró agradecida con cara de madre satisfecha y me dijo: “usa el nasobuco; cuídate”. Se despidió con un adiós y solo puede devolverle un sí, protégete tú.
Di la espalda y hasta llegar a casa no paré de llorar; intenté calmarme, pero pensaba una y otra vez en ese momento, en el abrazo y el beso que no pudo ser. Sin embargo, sé que mi mamá debe estar ahí para proteger a los camagüeyanos, para que cuando esto pase, pueda decirle lo orgullosa que estoy de ella. (Foto: Tomada de Internet)
