Agramonte: diamante con alma de beso en la gloria de Cuba

Por Lucilo Tejera Díaz/ ACN.

Cuando el jueves 23 de diciembre de 1841 nació Ignacio Agramonte Loynaz en una casona del centro de la ciudad de Puerto Príncipe, hoy Camagüey, llegaba a la vida uno de los más relevantes luchadores por la independencia de Cuba que dieron gloria a la Patria en el siglo XIX.

Le habían antecedido en venir al mundo, próceres de la talla de Carlos Manuel de Céspedes, encomendado por el destino para emprender la lucha por la independencia contra el colonialismo español, quien entonces contaba con 22 años de edad y 13 Salvador Cisneros Betancourt, ilustre camagüeyano que presidió en dos guerras el Gobierno de la República de Cuba en Armas.

Antes, igual había nacido el Generalísimo Máximo Gómez, internacionalista dominicano que llegó a ostentar la mayor jerarquía del Ejército Libertador y tenía 5 años de edad el día que vió la luz primera  Agramonte.

Después del camagüeyano que con los años fuera reconocido como El Mayor, vino al mundo, el 14 de junio de 1845, Antonio Maceo, Lugarteniente General de las guerras independentistas y protagonista de la Protesta de Baraguá,  y el 28 de enero de 1853 vio la luz en la calle de Paula, en La Habana,  José Martí, Héroe Nacional de Cuba y quien en su momento llamó al paladín principeño “Diamante con alma de beso”.

Agramonte fue el primero de los cinco hijos del matrimonio formado por el abogado Ignacio Agramonte Sánchez Pereira y María Filomena Loynaz y Caballero, quienes en aquel momento residían en el segundo piso del inmueble del siglo XVIII ubicado en la esquina de las calles Soledad (hoy Ignacio Agramonte) y Candelaria (Independencia).

Por entonces,  Puerto Príncipe era la tercera ciudad en importancia de Cuba, y fundamentaba su economía en la ganadería extensiva y en el comercio con diversas naciones de la cuenca del Caribe.

Su importancia se realzaba porque allí radicaba la Real Audiencia desde 1800 y también por la animada vida cultural y contar con el segundo ferrocarril de relevancia en el país.

El joven Ignacio tuvo una esmerada educación, primero en su Puerto Príncipe y más tarde, en 1852, en Barcelona, España, donde estudió tres años de Latinidad y Humanidades, y en 1855 inició Filosofía, en busca del título de Bachiller en Artes.

Allí empezó la enseñanza superior, pero poco después regresó a Cuba y en la Universidad de La Habana matriculó en la carrera de Derecho Civil y Canónigo hasta 1865 cuando se graduó.

Primero trabajó en La Habana, pero la atracción por su Puerto Príncipe era muy fuerte, más cuando había conocido a una joven que le había robado el corazón: Amalia Simoni, con quien se casó en 1868 y juntos protagonizaron uno de los amores más famosos y admirados de la Isla.

Aún se encontraba en esa etapa de luna de miel, cuando se fue a la manigua redentora el 11 de noviembre de aquel año, a apenas tres meses de su unión matrimonial.

En el campo insurrecto, Agramonte llegó a ser Mayor General del Ejército Libertador y hasta su muerte en combate —el 11 de mayo de 1873, en el potrero de Jimaguayú—, a unos kilómetros al sur de Puerto Príncipe, era con Céspedes, las dos principales figuras políticas del independentismo cubano.

La mañana de aquel aciago día de su caída, Agramonte contaba con el privilegio de haber sido uno de los redactores de la primera Constitución de la República en Armas (Guáimaro, abril de 1869), organizador de hospitales y talleres de campaña y de la temible caballería camagüeyana, que tantos reveses infligiera a las huestes coloniales.

Tenía entonces 31 años de edad y ya había ascendido a la gloria de la Patria. (Foto: Archivo)

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