Camagüey, orgullo de sus hijos (+Fotos)

Por Arailaisy Rosabal García/ Radio Cadena Agramonte.

Cuando ella se levantó de su pupitre para presentarse al auditorio y dijo su nombre, pocos lo entendieron. Pero cuando dijo ser de Camagüey, él se alzó como un resorte y eufórico gritó: “por fin doy contigo”. Así de agradable era para ambos encontrarse en la distancia. Y es que para quienes habitamos esta suave comarca de pastores y sombreros, estar lejos de ella despierta una nostalgia apasionante.

Desde ese momento, se volvieron inseparables. Mes tras mes se les veía “luchando un transporte” para regresar, al menos por dos días cada vez, a casa. Apenas tocaban suelo camagüeyano, sentían que era otro el aire que respiraban, y lo contemplaban todo, tratando de descubrir si algo había cambiado. Entonces, se volvían sus mayores críticos.

De fanáticos, orgullosos y hasta chovinistas fueron tildados. ¿Qué tanto tiene ese Camagüey que parece el paraíso nacional?

Aquella pregunta los enardecía. Hablaban entonces de su peculiar red de iglesias, de sus tinajones y la leyenda de que quien tome agua de ellos, se enamora de la ciudad y se queda para siempre aquí; de las calles enrevesadas, diseñadas así para que los piratas que intentaran saquearla se perdieran en ellas; de las edificaciones coloniales, las conservadas y las que necesitaban de la voluntad y la mano del hombre porque el tiempo se empecinaba en desaparecerlas.

Hablaban de Agramonte, claro, de ese hijo ilustre que llegó a tener la caballería más temida por los españoles en los albores de la guerra por la independencia. De Amalia, su esposa, que debió compartir a su Mayor con la Patria sin celos ni resentimientos; y de otra mujer impetuosa, Ana Betancourt, la primera en alzar la voz a favor de las féminas. Y así, de otros cubanos ilustres como el pedagogo Enrique José Varona y el científico Carlos J. Finlay, nacidos en esta tierra fértil.

Hablaban de la riqueza de la vida cultural, del orgullo de ser aquí donde se escribió la primera obra literaria cubana, donde además nació La Avellaneda, esa grande de las letras hispanas, y el padre de la radiodifusión en Cuba, Luis Casas Romero.

Todo ese orgullo, le decían, acabará en cinco años, cuando descubran los encantos de La Habana, cuando su malecón y el olor a salitre se les cuelen en el alma. Y sí, el mar era una añoranza para ellos en su Camagüey, y sí que se enamoraron del malecón, pero fue un amor de juventud, de esos para recordar, pero no de los que son para toda la vida, como el que sentían por Camagüey.

Pasó el tiempo, y como se habían prometido, regresaron a echar raíces aquí. Hoy, ella lleva a su pequeña cada tarde a la Plaza del Carmen, el sitio que más la deleita en la ciudad; y cuando se queda sin historias de hadas que contar, le habla de Matao, el aguatero de Bedoya que todos conocían, del amor de un barbero por la mulata Dolores Rondón, o de la hija del cacique que se tiró al río Tínima para evitar que la casaran a la fuerza. Él logró atrapar a una tunera, y con su labia, contagiarla de Camagüey. Ambos, siguen amando esta tierra. (Fotos: Rachel García Aguilera) 

 

 

 

 

 

 

 

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