Crisis de Octubre: hidalguía de un pueblo y sus dirigentes

Por Rosa María González López/AIN

A solo pocos meses del ataque por Bahía de Cochinos en abril de 1961, donde los milicianos defensores del territorio cubano derrotaron en Playa Girón a mercenarios invasores armados por el imperialismo yanqui, el Ggobierno de Estados Unidos decidió incrementar las agresiones contra Cuba.

El entonces presidente estadounidense, John F. Kennedy, dio curso a la llamada Operación Mangosta, plan que proponía maniobras hostiles contra la Isla.

Desde esos momentos se desencadenaron múltiples actos terroristas y se idearon acciones encaminadas a asesinar a los principales líderes de la Revolución, pero el fin principal era, en definitiva, la intervención militar directa de las fuerzas norteamericanas.

Ante la escalada de agresiones, que iban desde violar el espacio aéreo nacional con vuelos de aeronaves piratas y campañas internacionales difamatorias, Cuba comenzó a preparar su defensa, y contó con la decidida participación del pueblo y la colaboración de la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

En mayo de 1962, en momentos de crecientes tensiones, llegó a la Isla una comitiva soviética con la propuesta de emplazar en este territorio cohetes de alcance intermedio con la capacidad de contener cargas nucleares, y con los cuales se pretendía garantizar la defensa del país, además de neutralizar la inminente invasión.

La dirección de la Revolución firmó el acuerdo de colaboración militar con la URSS y, en acto de soberanía, evidenció su decisión de defender no solo el suelo patrio, sino también el derecho de construir el Socialismo.

En los primeros días de agosto de 1962 la presencia de unidades militares soviéticas se hizo efectiva en Cuba, y las operaciones de la inteligencia norteamericana determinaron la existencia de cohetes antiaéreos y aviones de combate Mig-21.

Para octubre, el mando estadounidense ordenó los vuelos espías de aviones U-2, con el objetivo de detectar los emplazamientos coheteriles en San Cristóbal, Pinar del Río.

El día 22, a juicio del Comité Ejecutivo del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, se decidió aplicar con todo rigor el bloqueo naval y económico a la Isla, reforzar con tropas y armamentos la base militar de Guantánamo y evacuar de ella a civiles y familiares.

La demanda del presidente Kennedy de retirar de Cuba los emplazamientos estratégicos no se hizo esperar, como tampoco demoró la respuesta del Comandante en Jefe Fidel Castro de poner en pie de guerra a todas las fuerzas combativas del país.

Los vuelos espías de los U-2 se incrementaron, y el 27 de octubre, al norte de la región oriental, en Holguín, la artillería coheteril que cubría la defensa del espacio aéreo cubano en esa zona, derribó uno de esos aviones, hecho definitorio del momento más peligroso de la crisis.

Caracterizados por las deliberaciones en el seno de las altas esferas gubernamentales de las dos grandes potencias involucradas, y por los arreglos de sus diplomacias entre bastidores, los últimos días del mes de octubre de 1962 fueron para el mundo de absoluta tensión por las consecuencias de la guerra que perfilaba desatarse.

El 28 de octubre, el Kremlin comunicó a Washington que había dado la orden de retirar las armas nucleares emplazadas en la Isla. El Gobierno estadounidense aceptó el ofrecimiento soviético de distensión abrogándose el derecho de inspeccionar las operaciones del desmantelamiento militar.

Al margen de los acuerdos de las superpotencias antagónicas, Cuba mantuvo su postura soberana de no permitir inspeccionar su territorio. Exigió poner fin al bloqueo y a todas las actividades subversivas y agresivas, además de demandar enérgicamente la devolución de Guantánamo, parte del suelo cubano ocupado por Estados Unidos con fines militaristas.

Ante la decisión unilateral del mandatario soviético Nikita Jruschov de retirar los objetivos militares de la Isla, el Comandante en Jefe de la Revolución declaró: “El que venga a inspeccionar en Cuba, tendrá que venir en zafarrancho de combate”. El pueblo entonces dio la respuesta: Comandante en Jefe ¡Ordene!

La crisis de los misiles, que colocó al mundo entero al borde de su desaparición, tuvo repercusión en algunos tratados y acuerdos a favor de la no proliferación, ensayo y prohibición de las armas nucleares, firmados entre potencias y países con disponibilidades de esos armamentos altamente destructivos.

Sin embargo, las cifras en ascenso de artefactos y pertrechos atómicos, y de países que se han sumado a la lista de quienes los poseen, resultan el presagio del viaje sin retorno al cual será arrastrada la humanidad si no cesa la demencial carrera guerrerista.

Mientras algunas naciones apuestan por el uso pacifico de la energía atómica, otros se reservan el derecho de emplearla con fines hegemónicos y de dominación.

Tener presente esta última razón nos lleva a recordar los acontecimientos vividos en este hemisferio hace poco más de 50 años, aquellos episodios que también cantó el trovador Silvio Rodríguez, “(…) octubre terrible del 62, llegaste directo a parar el reloj”.  (Foto: Archivo)

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