¡Fidel, Fidel, dinos que otra cosa tenemos que hacer!

Relato de un brigadista

Por Rolando Sarmiento Ricart/ Colaborador de Radio Cadena Agramonte.

Los ricachones de antes de 1959 en Cuba, cuando no vacacionaban en el exterior miraban con cierto perfil estrecho a su país, muchos practicaban aquello de que para ciudad La Habana, piscina Varadero y lo demás, áreas verdes. Como la mayoría de los cubanos vivíamos en el campo, no fue hasta el triunfo de la Revolución que por primera vez visité la capital y el famoso balneario internacional.

A las pocas semanas de derrotada en tiempo récord la invasión mercenaria de Playa Girón, dirigida y pertrechada por los Estados Unidos, un grupo de adolescentes de Camagüey llegamos al campamento Granma, en Varadero, donde sumergidos entre manuales y cartillas debíamos adquirir en solo una semana, el “abc” imprescindible para, por llanos y montañas, alfabetizar a la familia campesina.

Allí, entre los organizadores de la gesta educacional, estaba el padre del joven  asesinado por bandas contrarrevolucionarias solo por el “delito” de ser maestro voluntario y negro, Conrado Benítez, cuyo nombre honró la Campaña Nacional de Alfabetización de principio a fin.

El grupo de muchachos de Camagüey nos conocíamos de la escuela primaria Rafael María de Mendive  y de  la secundaria básica Esteban Borrero, fortaleza militar convertida en centro escolar.

Los bisoños maestros del cubículo que me tocó nos llevábamos como hermanos; sin embargo, el piquete acordó ponerse nombres de canes según las características físicas y personales. Así nos relacionamos perro chino, negrito, sato, bulldog… perro flaco; por supuesto, ese era yo, que apenas pesaba poco más de ochenta libras, y para colmo, encima de mi litera dormía perro bulldog.

Perro bulldog, de apellido Pavón, era corpulento pero medio entretenido, y el día que una fila de enfermeras ponía dosis de la vacuna antitetánica se distrajo y lo pincharon varias veces, por la noche la reacción febril fue tremenda y en su ayuda acudimos todos los canes de esa camada.

Los siete días —aunque permanecí el doble— transcurrieron vertiginosamente entre enseñanzas pedagógicas y actividades recreativas. Recuerdo que nos llevaron al yate El Criollo, del célebre doctor Luis Humberto Vidaña,  descendiente de un capitán del Ejército colonial español y quien —con su tripulación— ganó la regata transoceánica Newport-España.  Ni en película los inquilinos de las “áreas verdes” habíamos visto una obra marítima tan lujosa como ese yate, construido con madera preciosa por obreros cubanos: solo la quilla se valoraba en aquella fecha en más de medio millón de pesos. La pulida cubierta competía con el eterno sol de Varadero y recuerdo que lo “abordamos” en plantilla de medias o descalzos, para no rayarla.

Ansiosos estábamos todos los camagüeyanos de ese grupo por cumplir la tarea que nos había asignado Fidel, cuando para sorpresa mía dos de nosotros no aparecíamos en el listado: un servidor y Raúl Ortega, amigo con el cual coincidí después en la primera recogida de café de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) en la Sierra Maestra, en el mismo equipo de voleibol de los primeros Juegos Escolares y en el llamado del entonces Ministro de la FAR, Raúl Castro Ruz, a integrar la Defensa Antiaérea de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, antes del Servicio Militar Obligatorio. Ambos hicimos lo imposible para regresar con nuestros compañeros, y nada.

Fueron tantas las veces que insistimos que el responsable del campamento, para salir de nosotros, usó una broma pesada, sobre todo para mí: “Les digo, cuando les tiraron las placas de los pulmones ustedes presentaron problemas y por eso se quedan aquí”. Bueno, pensé, yo, puede ser, pero el gordo Ortega tan rozagante…y  terminada la próxima semana de entrenamiento, que nos sabíamos de memoria, retornamos a Camagüey y seguidamente fuimos ubicados en un intrincado paraje de la geografía avileña, para cumplir el deber de enseñar a otros, como manda el precepto martiano. (Foto: Radio Rebelde)

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