La lucha contra Parkinson: dolencias visibles y amor que fortalece día a día

Hay enfermedades que llegan con estrépito, con fiebres y dolores que no dejan dudas. Otras, en cambio, se instalan sin pedir permiso, a paso de hormiga. Una mano que tiembla sin motivo, la voz que se hace más baja, caminar más lento, arrastrando los pies, como si el suelo de repente pesara más. Nadie quiere pensar en lo peor.

Pero los médicos lo saben, cuando el cuerpo empieza a fallar por dentro, puede que el Parkinson haya llegado para quedarse. El Parkinson es la segunda enfermedad neurodegenerativa más frecuente del mundo, justo detrás del Alzheimer.

Sí, esa que todos nombran. La primera es la del olvido. La segunda, la del movimiento que se apaga. Dos caras de una misma tragedia: el sistema nervioso que se deteriora, las neuronas que mueren sin remedio, y la persona que poco a poco va perdiendo el control de su propio cuerpo.

El Parkinson se anuncia con un temblor en reposo. Ese es su sello de fábrica: la mano que tiembla cuando está quieta, como si tuviera vida propia. Después viene la rigidez, esa sensación de que los músculos se vuelven de alambre, y cuesta doblar el brazo o girar el cuello. Luego, la lentitud. Lo que antes se hacía en un segundo, ahora toma cinco. Los médicos lo llaman bradicinesia, pero en la casa, entre familiares, se llama desesperación.

Porque uno ve a su padre o a su abuela intentar levantarse de una silla y parece que tuvieran cien kilos encima. Eso es el Parkinson. También falla el equilibrio. Con el tiempo, los pasos se hacen cortos, arrastrados, y las caídas se vuelven moneda corriente. La cara se pone como una máscara, sin gestos, sin esa chispa que antes bailaba en los ojos.

Y la voz se apaga, se vuelve un susurro. Sin embargo la mente, al menos al principio, suele estar clara. Eso es lo más cruel. La persona entiende todo, siente todo, pero su cuerpo ya no le obedece. En Cuba, con el bloqueo encima y la escaces de medicamentos, enfrentar el Parkinson es remar contracorriente. Las levodopas, que son el principal tratamiento, escasean.

Los especialistas en neurología hacen malabares con lo que tienen. Y los pacientes, mientras tanto, esperan. Esperan una consulta, esperan una receta, esperan que el temblor les dé una tregua para poder comer solos. Cada año, son más casos en un mundo que envejece. La enfermedad no tiene cura, pero el acompañamiento, la terapia, el amor de los que están cerca es la medicina que no viene en frasco, porque aunque la mano tiemble, el corazón sigue firme.

Y eso, al final, es lo único que nos queda. Saber que mientras haya una familia que entienda, un vecino que ayude, un médico que no se rinda, la enfermedad no gana del todo. Vivir con Parkinson es aprender a moverse más despacio, con más pausa, con más ternura. Y en estos tiempos de todo rápido, quizás eso también sea una lección. (Martha Karla Gutierrez Pacios/Estudiante de Periodismo/Radio Cadena Agramonte) (Foto: Tomada de Internet)

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