Por Adary Rodríguez Pérez/Radio Cadena Agramonte.
Al evocar al rey Midas, rápidamente uno recuerda la leyenda de su toque de oro y la moraleja de la historia; precisamente es esta última la que suscita mi comentario, me refiero a las consecuencias de su ambición desmedida.
No deseo entrar en digresiones sicológicas, ni hablar de su desasosiego cuando descubrió que lo bello de la vida no radica en la acumulación de riquezas; tomo simplemente a ese personaje como referente de un modelo socioeconómico cuyo principal objetivo y motivación es el dinero: el capitalismo.
Midas personifica a muchos de los que viven en ese sistema, principalmente a los grandes empresarios, que buscan día a día aumentar su capital, quizás no con un toque de oro, pero sí fruto del sudor de quienes realmente ponen sus manos en la obra, mas no disfrutan las riquezas de su trabajo.
Poco novedoso parece tratar la cuestión, pero cierto es que por más que desde el archipiélago cubano se motive su estudio, incluso desde los centros educacionales y de investigación, en el mundo tan solo algunos se interesan hoy en el tema a profundidad y encuentran en las obras de Marx, Engels y Lenin una base para interpretar la situación del orbe en la actualidad.
Crisis, según el diccionario, es una coyuntura de cambios en cualquier aspecto de una realidad organizada pero inestable, sujeta a evolución. Abundar quisiera en esos períodos de inestabilidad que ocurren en el sistema capitalista y de los cuales aún estamos sufriendo las consecuencias.
Las crisis, inherentes a ese modelo socioeconómico son, además, cíclicas y recurrentes, y nacen del funcionamiento interno del sistema, tanto a nivel productivo como ficticio.
Así las definen algunos artículos como el trabajo titulado “Entender la crisis y someter a juicio el sistema”, publicado en el sitio Socialist Voice, del Partido Comunista de Irlanda.
Esos cambios surgen de la necesidad de los capitalistas, ante la decreciente tasa de ganancia, producto de la competencia, de invertir cada vez más en tecnología para producir más, y más rápido que sus rivales.
De esa forma, disminuye también el monto de la ganancia, que se diluye en la inyección de capital, producto de la necesidad constante de renovación, y a la vez se reduce la cantidad de trabajo involucrada en el proceso.
En pocas palabras, para competir en el mercado, los empresarios deben lograr mayor y mejor producción, para ello se apoyan en la renovación tecnológica que va sustituyendo al obrero y mermando las ganancias; lo cual trae como resultado períodos de estancamiento, sobreproducción, despidos y crisis, con el fin de que el ciclo continúe su curso.
Válido es señalar que una forma de incrementar las ventas resulta motivar al comprador, de ahí el vertiginoso y hasta escandaloso auge de la publicidad y del consumo excesivo, pero eso es “tela” para otras líneas.
Una solución momentánea para los más fuertes resulta la compra de sus débiles competidores a bajo precio, restaurando temporalmente la ganancia.
La principal secuela de esa maniobra es el aumento de los monopolios, con el consecuente agravamiento de la sobreproducción y la concentración de capital y poder; así lo demuestran en la historia los períodos de crisis, expansión y meseta que ha sufrido el sistema a lo largo de los años.
El mapa económico del mundo en la actualidad es resultado, principalmente, de la evolución del capitalismo y su expansión. El imperativo de la ganancia y de la acumulación –su leitmotiv– exige cada vez más mercados, tanto de materias primas como de productos manufacturados.
De tal forma que ante los ojos capitalistas, unas naciones sirven como fuentes de materia prima y otras son vistas como potenciales consumidores; entretanto, luchan entre sí para apropiarse de esos territorios. Es así cómo se ha ido tejiendo este planeta, integrando los continentes, rotando sus coordenadas y jerarquizando sus espacios.
Vladimir Ilich Lenin, en sus estudios del capitalismo, arribó a conclusiones medulares que permiten comprender fenómenos económicos, políticos y sociales que se presentan en nuestra contemporaneidad.
En su obra “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, enunciaba que esos procesos “…responden a una contradicción más profunda y fundamental del sistema económico vigente: a la contradicción existente entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación”.
Este sencillo acercamiento demuestra que las crisis seguirán ocurriendo, por más que se intente tapar el Sol con un dedo, pero los Midas irán disminuyendo, en tanto las manos que tocan el oro son cada vez menos y se concentran entre los más poderosos. (Imagen: Intenet.)
